Capítulo 18. El accidente
—Tengo otra cosa. —Señaló con la barbilla la guantera—. Ábrala.
—Lo pedí el viernes por cauces normales —dijo Sara—. Al archivo de Tráfico. Tardó veinticuatro horas, que para un expediente de hace diez años es un milagro de oficina. Es la copia completa. Al menos, lo que queda de completo.
—¿Qué falta?
Lo primero que había visto al despertar, diez años atrás, había sido un techo blanco con una grieta en forma de río, y luego la cara de Elena, inclinada sobre la suya, sin lágrimas, con las ojeras de cuatro noches.
«No hables», le había dicho, y le había cogido la mano.
Él había preguntado, con una lengua que no sabía ser lengua: «¿Qué ha pasado?
» Y ella había contestado, despacio: «Un accidente.
Perdiste los frenos.» Lo había dicho mirándolo con una expresión que él nunca había sabido clasificar, y que ahora, con el atestado en las rodillas y la autovía pasando a ciento diez, se parecía a la de alguien que espera un segundo antes de decir lo que de verdad quiere decir. No se lo había dicho nunca.
—Aquí no hay nombres de agentes —dijo.
—Hay un número. El TIP. El instructor firma con el número de carnet profesional, no con el nombre. Lo he apuntado. —Tocó el volante con el dedo—. Lo miraré el lunes.
El informe pericial estaba al final, cuatro folios con membrete de un laboratorio de Zaragoza.
Víctor lo leyó con el dedo bajo la línea, a la manera de ella.
Se aprecian huellas de frenada continuas desde el pk 227,6, sin bloqueo de ruedas, con trayectoria rectilínea y entrada en el lecho de frenado por su eje, lo que indica una reacción adecuada del conductor ante una pérdida de eficacia del sistema.
Un párrafo más abajo: Se constata pérdida progresiva de presión en el circuito de frenos delantero, atribuible al aflojamiento de un racor en el latiguillo del eje delantero izquierdo.
Se descarta rotura por fatiga. Se estima compatible con mantenimiento deficiente.
Lo leyó otra vez.
—«Mantenimiento deficiente.»
—Lo que dicen cuando no quieren decir más. —Sara no apartaba los ojos de la carretera—. ¿Alguna vez ha tocado usted los frenos de su camión?
—Nunca. Llevaba los camiones a taller. Siempre al mismo, en Alcalá, uno que cerró hace años. Soy bueno con el motor, con los neumáticos, con las cinchas, con una manguera de aire si hace falta. Los frenos son cosa de otro.
—Entonces un racor no se afloja solo. No en un taller de confianza. No sin una llave.
—¿Qué quiere decir?
—Todavía nada. Quiero que lea lo que dice el perito y lo que no dice. «Compatible con mantenimiento deficiente» es una frase hecha para el seguro. No es un hecho. Es una manera de cerrar. —Se frotó el cuello con la mano libre—. Y usted nunca se preguntó cómo se le aflojaba un racor.
—Nunca me pregunté nada. —Lo dijo mirando por la ventanilla—. Firmé lo que me dieron.
Pasaron Alcolea, la primera subida. Sara habló después de veinte kilómetros, sin que nadie le hubiera pedido nada, con los ojos en la línea discontinua.
—Hace ocho años cerré cinco expedientes de chicas que se habían ido de centros de menores.
Cinco, en tres años. Todas en otoño, todas de noche.
Yo estaba sola con cuarenta casos a la vez, y las cinco tenían un historial de escapadas.
«Ya la conocemos», decían las educadoras.
Las archivé por plazo. —Se pasó la lengua por el labio—.
En una de las carpetas hay una nota a lápiz de un testigo de catorce años.
Vio un camión largo parado delante del centro.
Nadie lo identificó. No sé quién la escribió. Yo no.
—¿Por qué me lo cuenta?
—Porque usted me ha dicho «firmé lo que me dieron» y yo he pensado: yo también. —Cambió de carril—. No es una confesión. Es una coincidencia que no me gusta.
Víctor la miró de reojo. Tenía el perfil limpio, sin maquillaje, con las ojeras de quien no pasa de las cuatro horas de sueño desde hace semanas. No dijo nada. A veces la mejor respuesta es dejar que la frase se quede en el coche como se quedan los olores.
*
Pasado el kilómetro 205, Víctor se puso las gafas de sol, aunque no había sol, y dejó de hablar. Sara no preguntó. Había aprendido en una semana que ese tramo de la autovía le quitaba la voz.
La A-2 corría llana por una meseta de rastrojos, bajo un cielo de un blanco sin matices.
A los lados, el campo se cuarteaba en parcelas rectangulares, rojas y grises.
Lejos, a la derecha, una torre de hormigón con una cabina en lo alto brillaba un segundo entre los cerros y volvía a esconderse.
No lo miró. Pasó la 214 sin que Sara cambiara el ritmo de las manos, y Víctor sintió que alguien, sentado a su espalda, le apretaba las sienes con dos dedos fríos. Cerró los ojos y contó hasta cuatro.
A las tres y veinte, un panel verde anunció: PELIGRO. DESCENSO PRONUNCIADO. 6%. 4 KM. USE MARCHA CORTA. Más abajo, un rótulo más pequeño: RAMPA DE FRENADO A 2 KM.
Era el tramo que Víctor conocía mejor que su cocina.
Lo recorría dos veces por semana, de ida y de vuelta, desde hacía tres años, y no había pensado en él ni una sola vez.
Bajaba siempre con el freno motor puesto, en cuarta, sin tocar el pedal, con las manos a las diez y las dos y el pie derecho flotando sobre el acelerador como sobre un charco.
Cuarto kilómetro de bajada. Cuando se acababa la pendiente, un alivio le subía por las piernas y no se preguntaba de dónde.
Sara tomó la salida del 226, un ramal corto que moría en un apartadero de grava junto a la vía de servicio.
Aparcó detrás de un coche patrulla de Tráfico, de los blancos y verdes, con las luces apagadas.
Apoyado en el capó, con los brazos cruzados, un guardia de hombros anchos y cabeza rapada los miraba acercarse con una calma estudiada.
—Cabo Lasheras —dijo, sin tender la mano—. Sargento Molina, supongo.
—Gracias por venir en sábado.
—No me lo agradezca todavía.
Tenía treinta y ocho años, la voz de Zaragoza, unas gafas de sol colgadas del cuello de la camisa y un tic en la comisura izquierda de la boca, un pellizco rápido, que le aparecía cuando miraba demasiado tiempo una cosa. Miró a Víctor. El tic apareció.
—Señor Salas.
—Cabo.
—Me alegro de verlo en pie. —Dijo la frase con un tono raro, de verdad, con una gravedad que no cuadraba con un saludo—. La última vez, no estábamos muy seguros.
—No me acuerdo de usted.
—Mejor.
Sara abrió la carpeta azul sobre el capó del coche patrulla y la giró hacia él. Lasheras no la tocó. Recorrió con los ojos el primer folio, y el segundo, con el pulgar apoyado en el borde, como quien comprueba que una puerta sigue en su sitio. Al llegar al índice, el tic se acentuó.
—Esto no lo he visto nunca.
—Es la copia del archivo.
—Ya. —Pasó una hoja—. Yo hice la primera llamada, mi sargento, y acordoné la zona.
Éramos dos: Gutiérrez, que se jubiló, y yo, que era guardia.
Llegamos a las 3:48. El camión estaba ahí, en el lecho de frenado, volcado sobre el lado derecho.
Olía a zapatas quemadas. Se oía el silbido del aire que se escapaba.
El conductor estaba dentro, con el cinturón puesto, inconsciente, con una brecha en la cabeza.
—Miró a Víctor, y apartó los ojos—. Lo sacamos entre Gutiérrez y yo.
El aviso lo había dado un camionero que colgó sin dar el nombre y que, cuando llegamos, ya no estaba.
Luego vinieron la ambulancia, la grúa y el sargento.
—¿Qué sargento?
—El instructor. Llegó a las cinco y media. Se hizo cargo.
—¿Cómo se llamaba?
El tic. El pellizco. Un segundo.
—No recuerdo.
—¿Después de diez años?
—Después de diez años, no, mi sargento. Es que no era de mi unidad. Venía de Zaragoza. Lo vi una vez. —Se pasó la lengua por el labio—. Lo único que recuerdo es que era muy amable. Trajo un termo de café para cada uno y me dijo: ve a descansar, Mario, que has hecho tu parte.
—¿Y la declaración?
El tic.
—Esa tarde me llamaron a Zaragoza para rehacerla. Me dijeron que me había equivocado en un detalle.
—¿En cuál?
—Eso lo sabría si tuviera el papel. —Cerró la carpeta con la palma—. Yo no hice el atestado. Yo estuve allí y me fui. Lo que haya en el papel, lo hizo otro.
—Le pregunto lo que vio usted, no lo que dice el papel.
—Ya. —Se quitó las gafas del cuello, las miró, y se las puso—.
Mire, mi sargento. Yo tengo veinticinco años de servicio por delante.
Tengo mujer, dos hijos, una hipoteca. Si usted me pregunta qué vi la noche del 26 de octubre, le contestaré lo que le contestaría un testigo en el juzgado: que vi un camión volcado y a un hombre inconsciente.
Si quiere saber más, pídalo por escrito, con la firma de una jueza.
—Hizo una pausa. Miró de nuevo el camino, la rampa, las lomas—.
Y si lo que usted busca no está en esos anexos, me temo que tampoco lo va a encontrar donde yo no sé.
—¿Qué quiere decir?
—Que he dicho todo lo que puedo decir sin ver el papel. Eso es todo.
Lo repitió dos veces, casi igual, con una cadencia pastosa, de frase que se ha ensayado en la ducha. Sara le sostuvo la mirada. Después hizo un gesto leve con la cabeza.
—Gracias, cabo.
—Les acompaño hasta la rampa —dijo él—. Por si acaso.
*
El lecho de frenado empezaba a dos kilómetros de la salida, a la derecha de la calzada, como un cauce seco.
Una pista ancha de grava gris, de unos doscientos metros, con una ligera pendiente ascendente, flanqueada por dos muros bajos de hormigón.
Al fondo, una barrera de neumáticos apilados y un muro más alto, pintado de amarillo y negro, con un cartel de chapa que decía PELIGRO . Víctor se detuvo en la entrada.