Capítulo 17. Puertas cerradas #2
Concha trajo el café, lo dejó sobre la mesa baja y se fue. Víctor lo cogió con las dos manos, como para calentarse, aunque no hacía frío. Martín cruzó los dedos sobre la rodilla.
—Te cuento lo que recuerdo, si te sirve. Tú estuviste en Arce unas semanas, cuando pasabas mala racha. Hacías algunos portes de Zaragoza, de los que nadie quería. Un tipo serio, de los que no hablan. Recuerdo que me gustaba tu manera de trabajar. Después, el accidente. Fue un golpe muy duro.
—Unas semanas.
—Un par de meses, tres como mucho. No me hagas decir una cifra.
—Los papeles dicen seis.
—Pues serán seis. Yo ya sabes que con las cifras soy un desastre. —Sonrió—. Lo importante es que estuviste con nosotros, que lo hiciste bien, y que ahora nos reencontramos.
—Tomás Vela —dijo Víctor.
El nombre salió solo. Lo había traído en la boca desde el sueño, desde las 03:41, y no lo pensó. Martín no cambió de postura. Pero la taza que iba a levantar se quedó un instante a medio camino de los labios, un instante tan breve que Víctor no estuvo seguro de haberlo visto.
—Tomás. —Dejó la taza—. Claro, hombre. Tomás trabajaba con nosotros.
Un gran tipo. De los de gorra y bigote, de los que se saben todos los bares de la A-2.
Tú y él erais uña y carne. —Hizo una pausa, y su voz bajó—.
Una lástima. Se fue a trabajar a Francia, poco después del accidente.
Lo pilló un camión en una autopista de Lyon, una noche de niebla.
Me enteré tarde. Lo sentí mucho. Era un hombre bueno.
Lo dijo despacio, con una pena sin sombra. Víctor sintió que le caía en el pecho algo pesado. Había oído esa historia diez años antes, de otra boca, y la había creído. La creía ahora. Lo único que había cambiado era el eco.
—Era mi amigo.
—Lo sé. —Martín le puso una mano en el brazo—. Y se lo dije a su hermana, cuando la llamé. Que había sido un buen compañero.
Se quedaron callados. Fuera, en el aparcamiento, un camión arrancó con un bramido lento.
—Víctor. —Había una suavidad nueva en la voz, la de quien se asoma a una habitación en penumbra—. Una cosa más, y si no quieres no me contestes. ¿Recuerdas algo? Del accidente. De aquella noche. Nunca me contaste nada. Tú, tan callado.
La pregunta quedó entre los dos. En la pared de cristal, el sol de noviembre dibujaba un rectángulo pálido sobre el suelo, y en medio, inmóvil, la sombra de la cucharilla de plata.
Víctor sostuvo la mirada de aquel hombre.
Pensó en el plomo, en el 17, en la palabra «Arce» en su boca, en un sobre de papel de estraza.
Pensó en el grabador con la luz tapada. Pensó que el hombre que tenía delante estaba, de verdad, esperando su respuesta con una atención que no era de cortesía.
—No —dijo—. Nada.
Y le salió bien. Fue una mentira limpia, plana, sin fisuras, que no se parecía a ninguna de las que había dicho en su vida.
Lo notó mientras la decía: no mentía por mentir, mentía por defender algo.
Martín sonrió, y soltó un suspiro corto, y en ese suspiro había alivio, o algo muy parecido al alivio, bien escondido.
—Mejor así. A veces es una bendición.
*
Sara lo esperaba apoyada en el capó del Ibiza, con los brazos cruzados y las gafas de sol, aunque no hacía sol. No lo saludó. Cuando él se acercó, abrió la puerta del acompañante sin decir nada y le hizo señas de que subiera.
—Dos cosas —dijo, cuando cerraron las puertas—. Una: le dije que no hiciera nada. Dos: hágame el favor de darme eso que lleva en el bolsillo.
Víctor sacó el grabador y se lo tendió. Ella lo giró, retiró la cinta de la luz roja, pulsó una tecla y escuchó con los ojos cerrados la conversación de cuarenta minutos.
«Unas semanas.» «Un par de meses, tres como mucho.
» «Tomás. Claro, hombre.» «¿Recuerdas algo?
» «No. Nada.» Al final, un suspiro. Cuando acabó, abrió los ojos.
—Lo ha hecho bien.
—No le he preguntado nada.
—Por eso lo ha hecho bien. —Se quitó las gafas.
Tenía las ojeras más hondas de lo normal—.
Anoche me quedé hasta las tres con el vídeo de la fiesta.
La inspiración, sí. Se parece, pero no vale para un juez, y la jueza me lo dejó claro con tres frases educadas.
Vale para mí. Me dice dónde mirar. Y cuando tiene uno una voz y un sitio donde mirar, lo demás es cuestión de papeles.
—Hizo una pausa—. Y de que el hombre que escucha no se meta en el despacho del que habla.
Que sepa que lo he visto entrar y que me ha dado un buen susto.
—Lo siento.
—No lo siente. Pero está bien que lo diga. —Volvió a ponerse las gafas—. Le diré lo que me fastidia. Que nada de lo que dice este hombre es una mentira que pueda demostrar. «Unas semanas», «tres como mucho», «las cifras me van fatal». Es el tipo de embustero que no miente: se equivoca con encanto.
—Los papeles dicen seis meses.
—Los papeles de un concurso. Y lo que le traigo es mejor que los papeles. —Se inclinó hacia el asiento trasero, cogió una carpeta de gomas y la dejó sobre las rodillas de Víctor—. Ábrala.
Dentro había fotocopias. Unas cincuenta hojas, impresas en un papel gris, con el membrete borroso de una empresa que ya no existía.
Transportes Arce S.L. Albarán de transporte.
Casillas para la fecha, la hora de salida, la matrícula, el número de remolque, el número de precinto.
Al pie, una línea para la firma del conductor, y en esa línea, repetida hoja tras hoja, con una letra cuadrada y apretada que no necesitaba mirar para reconocer, un nombre. V. Salas.
—La jueza Roldán firmó anoche un requerimiento al administrador concursal —dijo Sara—.
Guardaba cajas de documentación de la liquidación en un trastero de Alcalá.
Hoy a las nueve me abrieron la puerta. Ahí hay cuarenta y ocho.
Cuarenta y ocho albaranes con su firma, entre abril y octubre, todos nocturnos.
Salida entre las once y las doce de la noche, de lunes a jueves.
Origen: «Almacén 3.» Destino: «Según instrucciones.
» Sin cliente. Sin nombre de destinatario.
Sin descripción de la mercancía. Mire la casilla de «carga».
Víctor miró. En la casilla, en vez de la descripción, un solo código: PE. Y un número manuscrito, en la misma letra de todos los albaranes, la de él, la que escribía en las libretas, con la cifra pegada a la siguiente: Carga 3. Carga 4. Carga 11. Carga 12.
—«Portes especiales» —dijo Sara—. Es lo que me ha dicho el administrador que se llamaba el código. Nadie sabía qué eran. Eran lo que firmaba usted.
—Yo no recuerdo haber firmado nada.
—La letra es suya. —Lo dijo sin acusar, con una cautela de ambulancia—. «Unas semanas», le ha dicho a usted este hombre. Cuarenta y ocho noches, señor Salas. En seis meses. Casi dos por semana.
Siguió pasando hojas. Los números no seguían ningún orden.
Carga 21. Carga 4. Carga 30. Carga 9. Eran identificadores, no una cuenta, y detrás de cada uno había una noche.
La última hoja tenía la fecha del 25 de octubre, jueves, 23:00, matrícula del Volvo viejo.
Y en la casilla de «carga», junto al código PE, la letra de él había dejado el hueco en blanco, como si esa noche alguien le hubiera dicho el número de palabra y él no se hubiera molestado en copiarlo.
En el rincón, escrito a lápiz, pequeño, apretado, había otro trazo, con una letra que no era la suya: más inclinada, más rápida, de quien anota deprisa.
17.
Víctor se quedó con el dedo sobre la cifra. El mismo que le había dejado una marca en la yema, hacía dos días, sobre un disco de plomo.
—Yo no he escrito eso —dijo.