27.185 Capítulo 17. Puertas cerradas
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Capítulo 17. Puertas cerradas

Soñó con una puerta.

No era la de su casa ni la de la cabina.

Era una puerta de chapa blanca, desconchada en la esquina, y estaba cerrada con una barra de hierro que él no veía pero sentía bajo la palma, fría, gruesa, gastada por el uso de otras manos.

Estaba de pie en un patio de grava bajo una sola farola de sodio, y la luz le caía desde arriba sobre los hombros como un abrigo húmedo.

No hacía frío. Olía a plomo y a aceite de eje.

Antes de la puerta había una mesa. Eso lo supo después, como se sabe en los sueños lo que ha ocurrido antes de lo que ocurre.

Una mesa de bar, de formica, en un local sin ventanas.

Y delante de él un hombre sin cara, con una gorra, que empujaba un sobre grueso, de papel de estraza, cerrado con una goma.

«Esto es tuyo, Mochuelo.» Una voz baja, seca, familiar, con un humor de carretera.

Víctor miraba el sobre. Miraba el sobre y no miraba la mano que lo traía ni el rostro que había detrás, y era una decisión, cada vez que bajaba los ojos, una decisión pequeña y exacta que tomaba con el cuerpo entero.

«Tú no mires. Cuanto menos sepas, mejor cobras.

» Y él cogía el sobre. El peso del dinero era tibio.

Pensaba: ya lo sabré mañana. Pensaba: no es asunto mío.

Después estaba otra vez en el patio, con la mano en la barra de hierro, y la puerta cerrada.

Y detrás del metal, muy cerca, había alguien.

Lo sabía por la manera en que el aire de la chapa vibraba, como cuando se apoya la oreja en un tambor.

Un golpe. Otro. Después, una voz. Una voz de chica, aplastada por el hierro, que decía algo con las vocales redondas y las consonantes borradas, una palabra, dos, un ruego sin sentido.

Él apretaba la barra con las dos manos. Quería abrir y quería no abrir.

Tiraba y la barra no se movía. Y en el sueño comprendía, sin que nadie se lo dijera, que la puerta no estaba cerrada por fuera, sino por dentro, que el cerrojo era él.

Despertó a las 03:41.

Con la boca llena de metal y las manos apretadas sobre la sábana en dos puños tan duros que tardó en abrirlas.

Se quedó mirando el techo, la mancha de humedad con forma de país.

El piso crujía en el silencio. Fuera, el motor de la furgoneta gris tosió una vez y se calló.

Se incorporó. En la mesilla, el despertador digital lo miraba con sus números verdes, y pensó que si no fuera por esos números, su cuerpo habría seguido viniendo a esa hora para siempre sin que nadie le explicara qué estaba esperando.

Mochuelo. En el sueño le habían llamado así. El hombre del sobre le había llamado así. Y en toda su vida solo había habido un hombre que lo llamara con esa voz, entre sorna y cariño, y llevaba diez años muerto en una autopista francesa.

Se quedó sentado en el borde de la cama hasta que la ventana se aclaró.

*

La Fundación Camino Seguro estaba al final de un polígono pequeño y limpio, a las afueras de Guadalajara, junto al enlace con la A-2.

Un edificio largo y bajo, de ladrillo claro, con un porche corrido de madera, un letrero amarillo con una flecha, y un aparcamiento amplio, asfaltado de nuevo, donde se alineaban una docena de camiones con las cortinillas echadas.

Un macetero con geranios, en noviembre. Un cartel pintado a mano: Aquí se descansa. Entra, lávate, come. Nadie te pregunta.

Víctor llegó en el coche a las once menos diez, y se quedó un minuto con las manos en el volante.

Había visto el Ibiza de Sara aparcado al otro lado de la calle, junto a una cafetería con las persianas bajadas, y había visto, dentro, su silueta, con un termo en las manos.

No le había hecho ninguna señal. Bajó. Llevaba el grabador de bolsillo encendido en la chaqueta, el que usaba para grabar las notas de ruta, con la luz roja tapada con cinta.

La puerta de cristal se abrió sola. Dentro olía a café recién hecho, a jabón y a sopa.

Un vestíbulo luminoso, con un mostrador de madera clara donde una mujer de unos cincuenta años le sonrió con la cara de quien atiende a mil y recuerda a todos.

Más allá, un comedor largo con mesas de formica, una pizarra con el menú del día en tiza («Lentejas.

Pollo con pimientos. 7 €, bebida incluida»), una tele colgada de la pared con el sonido bajo y unos veinte hombres y alguna mujer sentados con platos delante.

Camioneros. Se les conocía por la manera de mover los brazos, por la espalda, por esa mirada que no descansa nunca del todo.

—¡Mochuelo!

La voz salió de la mesa del fondo. Se volvió.

Era un hombre flaco, de pelo ralo y bigote fino, con una cazadora de forro polar y un tenedor en la mano.

Víctor tardó en ubicarlo. Lo vio de espaldas en El Mirador, hablando bajo, con los otros dos.

El Seco. El gallego que apenas decía una palabra por comida.

—Seco.

—¡Hombre, qué raro verte por aquí! ¿Cómo te va?

—Bien.

—Tú no vienes nunca. Yo vengo cada jueves. Aquí se come bien y no te miran mal si no pagas. —Se limpió el bigote con la servilleta—. Don Martín hace mucho por nosotros. Mucho. Eso de las duchas, y de dejar a los chavales dormir en la sala de la tele si les ha cogido la hora. Hay pocos como él.

—Eso me han dicho.

—Pues es verdad.

Otros dos camioneros le levantaron la mano desde mesas distintas. «Mochuelo, ¿qué pasa?» «Cuánto tiempo, hombre.» Se le hizo raro. Sin antena, sin canal, sin la radio de por medio, les costaba reconocer la voz, y sin embargo todos sabían quién era. En aquel comedor su mote era una moneda corriente.

—Don Martín te espera —dijo la mujer del mostrador, con una sonrisa—. Sube por la escalera. Es el despacho del fondo.

*

El despacho tenía una pared de cristal que daba al aparcamiento y otra, entera, cubierta de fotografías enmarcadas.

Camiones de todas las épocas, flotas alineadas, hombres con casco dándose la mano ante un cartel de inauguración, Martín con un ministro, Martín con un obispo, Martín con una niña que sostenía un gran cheque de cartón.

En una vitrina había una placa. Premio al Transportista Solidario.

Sobre la mesa, una taza de café con una cucharilla de plata y un cuaderno de cuero cerrado.

—¡Víctor!

Se levantó. Rodeó la mesa. Era más alto de lo que parecía en el vídeo, y más joven, a pesar del pelo plateado y de la barba cuidada; llevaba un traje gris oscuro sin corbata, una camisa blanca abierta en el cuello y un reloj fino.

Le tendió los brazos y Víctor, antes de poder evitarlo, estaba dentro de un abrazo cálido, seco, de palmadas en la espalda, con un olor suave a colonia de limón y a papel.

—Pero cómo estás. Estás igual. Un poco más gris, pero igual. —Lo apartó para mirarlo, con las manos en sus hombros—. No sabes la alegría que me dio ayer tu llamada.

—Gracias por recibirme.

—Por favor. Esta es tu casa. —Lo guio a un sofá bajo, junto a la ventana, y se sentó frente a él en un sillón de piel—. ¿Café? ¿Un agua? Concha, un café para Víctor. Con leche, ¿no? Me acuerdo.

La mujer asintió desde la puerta y desapareció.

Martín se echó hacia atrás con una pierna cruzada, y durante un rato hablaron de nada.

De las duchas. De cuántos hombres pasaban por semana, de la tele nueva, de un chaval de Burgos que se había dormido una noche en la sala y se había ido por la mañana con la promesa de volver.

Víctor escuchaba, con las manos en las rodillas.

Martín hablaba en plural, siempre. «Hemos montado esto.

» «Intentamos que nadie se sienta solo.» «Aquí cada uno hace su tramo, y entre todos lo sacamos adelante.

» Lo decía con una sinceridad que no parecía fingida.

—Tú no sabes la de gente que ha pasado por aquí que me ha dicho: Martín, me has salvado la vida. Y yo les digo: yo no he hecho nada. Lo habéis hecho vosotros. —Se sonrió—. Pero en fin. Cuéntame qué te trae. Me dijiste por teléfono que no te acordabas de Arce.

Víctor sacó el aire por la nariz.

—No me acuerdo de casi nada de esos meses. Solo del nombre, hace unos días. Y de que me deben dinero.

—Ay, hombre. —Martín negó con la cabeza, con una tristeza cordial—.

De eso nos deben a todos. Arce cerró por un fraude fiscal, ¿sabes?

El dueño, el viejo Arce, tenía una contabilidad que daba miedo.

Hacienda se lo llevó por delante, y dejó a media Castilla a deber.

Gasoil, talleres, autónomos como tú. A mí me debía tres meses de nómina.

—Se encogió de hombros—. Los que éramos empleados lo pasamos mal, pero los que éramos colaboradores, como tú, peor.

—Casi cinco mil euros.

—Pues mira, yo te lo pago.

Lo dijo con ligereza. Víctor no entendió bien.

—¿Perdón?

—Que te lo pago. Ahora mismo. No es cuestión de que me los debas tú o me los deba el concurso.

Es un asunto de justicia. Eres un buen profesional y no me gusta que alguien como tú se quede con una deuda que no es suya.

—Alargó la mano hacia el cuaderno de cuero, sacó un talonario—.

Te hago un cheque. Mejor, te lo transfiero esta tarde. Y a otra cosa.

Víctor miró el talonario. Miró la mano que lo sostenía.

Una mano cuidada, de dedos largos, con un anillo sencillo y la piel limpia de quien jamás ha tocado una barra de hierro.

Notó que le sudaba la palma. Notó, con una claridad súbita, que ya había hecho esto.

Que había estado sentado delante de una mano que le empujaba algo, y que cogerlo era más fácil que dejarlo.

—No —dijo.

—¿No?

—Prefiero cobrarlo del concurso. Si me corresponde. —Se oyó hablar con una voz que no era la de siempre, más firme, más lenta—. No quiero que me lo pagues tú.

Hubo un silencio que duró dos segundos. Martín lo estudió con las cejas ligeramente levantadas, y después soltó una risa corta y afectuosa.

—Tan testarudo como siempre. —Cerró el talonario—. Como quieras. La oferta queda en pie.

*