Capítulo 16. La respiración #2
—Es él en el 19 la noche del martes. —Lucía levantó el dedo—.
Y es solo él ahí. Escúchame, Víctor, porque es lo importante.
Esta voz no es la del primer día. No es la del catarro.
Mira el espectro de la primera, la de «chica» y la de «puerta»: formantes bajos, ronquera grave, un tipo de fonación con aire.
Esta es voz de cabeza, de pecho limpio, de proyección.
Son dos hombres distintos. Y dos equipos distintos: el viejo con la firma de Julián, y el nuevo, sin zumbido, estable como una roca. Dos manos, ¿entiendes?
—Dos.
—Quizá más. —Se mordió el labio—. La del domingo, la del bucle, es el hombre enfermo copiado, pero salió de un equipo moderno que no es el de ninguno de los dos.
Alguien emite el 19 con la voz de un hombre enfermo, y alguien lo hace con la de un empresario de brindis.
No son la misma persona. Eso para mí es lo más importante de esta noche, más que el nombre.
—¿Por qué?
—Porque si hubiera una sola mano, sería una banda. Con dos, o más, hay una pelea.
Víctor volvió a mirar la pantalla. El hombre de la tarima seguía congelado en el último fotograma, con la copa en alto y la sonrisa a medias, el pelo plateado y la cara abierta de quien nunca ha hecho nada de lo que avergonzarse.
Detrás de él, borroso, desenfocado, había un grupo de camisas de domingo. Ninguna cara.
Lucía abrió otra ventana. Escribió Martín Ledesma y pulsó.
Salió en dos segundos. Una página con una foto de estudio: el mismo hombre, diez años después, con la barba cuidada, un traje gris y las manos entrelazadas sobre una mesa limpia.
Martín Ledesma Aranda, 58 años. Presidente de Ledesma Logística S.A.
, Guadalajara. Fundador de la Fundación Camino Seguro, centro de descanso para conductores profesionales.
Premio al Transportista Solidario. Había una nota de prensa de hacía tres semanas: Un grupo europeo cerrará la compra de Ledesma Logística el próximo viernes 25 de noviembre.
—El viernes que viene —dijo Lucía.
—Una semana. —Víctor leyó la fecha otra vez—. Un hombre con un negocio así no quiere ruido.
—Eso es una hipótesis.
—Ya lo sé. Pero me gusta poco.
Lucía copió el enlace del vídeo, la comparación de las ondas y la ficha de Ledesma en un solo mensaje, y se lo mandó a Sara a las diez y veinte, sin preguntarle. La respuesta llegó en cuatro minutos. Víctor la leyó por encima de su hombro.
Recibido. Lo miro esta noche. No hagan nada. Ni llamar, ni escribir, ni acercarse. M.
—«No hagan nada» —murmuró Lucía.
—Lo ha escrito con mayúscula en la «n».
—No es mayúscula. Es el teclado.
Se quedaron mirando la pantalla. Después Lucía apagó el móvil, lo dejó boca abajo sobre la mesa y no dijo lo que los dos estaban pensando.
*
Llamó a la Fundación a las once menos diez.
Nadie contestó, claro; era viernes por la noche.
Dejó un mensaje en un contestador, con voz plana, sin haberlo ensayado: «Buenas noches.
Soy Víctor Salas, conductor. Trabajé hace años con el señor Ledesma, en Transportes Arce.
Quisiera hablar con él, si es posible. Mi teléfono es este.
» Colgó. Lucía le miraba con las gafas torcidas.
—¿No habrías debido preguntarle a Sara?
—Me ha dicho que me quede en casa. Estoy en casa.
—Víctor.
—Mañana se lo cuento.
El teléfono sonó a las once y media.
Lucía se levantó de golpe. Víctor la miró. En la pantalla ponía un número fijo, de Guadalajara. Pulsó el altavoz con el pulgar, y Lucía, sin que nadie se lo pidiera, sacó su móvil y activó la grabadora.
—¿Diga?
—¡Víctor! ¡Víctor Salas! Pero qué alegría.
Era la voz de la tarima. Más grave, más pausada, un poco más humana por la hora. Venía con un fondo de platos y de risas lejanas, de gente que cena tarde.
—Perdona la hora, hombre. Estaba en una cena de la fundación, y me han pasado tu mensaje del contestador, y he dicho: ¿qué Salas?
Y me han dicho: el camionero. Y yo: ¡hombre, mi Víctor!
No me lo podía creer. —Una risa baja y sincera—.
Pero qué bien que hayas llamado. Llevaba años queriendo preguntar por ti.
Me enteré de lo de Elena, de verdad que lo sentí muchísimo.
Nunca te escribí. Soy un cobarde para esas cosas.
—Gracias.
—¿Cómo estás? ¿Estás bien?
—Estoy bien. Señor Ledesma...
—Martín, por favor. Que somos compañeros.
—Martín. —Víctor se frotó la rodilla con la palma—. Me han dicho que trabajé con vosotros unos meses. En Arce. Y yo no me acuerdo. Desde el accidente tengo la cabeza como un queso, y me ha salido el nombre hace poco y no sé de dónde.
Hubo una pausa muy corta. Después, un suspiro. No era fingido; tenía el peso de un suspiro de verdad.
—Normal, hombre. Lo de aquel accidente fue una cosa muy fuerte.
Nos dejó helados a todos. Yo fui a verte al hospital, ¿sabes?
Primero estabas dormido y volví cuando despertaste, con unas flores y lo del seguro de la empresa.
Le dije a Elena que lo que hiciera falta.
—Un vaso se posó en una mesa—. Es lógico que se te haya quedado la memoria revuelta. Eso pasa. No te preocupes.
—Me gustaría hablar contigo. Si puedes.
—Claro que puedo. Ven mañana. A la Fundación, en Guadalajara, a las once. Tenemos un centro de descanso para conductores, con duchas, comedor, una salita con tele. Te lo enseño. Tomamos un café con calma, sin teléfonos de por medio. Nos ponemos al día. ¿Te va bien?
—Me va bien.
—Estupendo. Y no te comas la cabeza con papeles ni con fechas.
Eso se arregla. Lo importante es que estés bien.
—Una pausa, y su voz, que había sonado cálida, sonó un grado más cercana, de hombre que se inclina sobre una mesa—.
Ya sabes lo que decíamos en Arce. Hombre, tú que has estado en el sector toda la vida.
Las puertas no se abren en ruta, que luego se cae la carga.
Se rio, un poco, con una ternura de abuelo.
—Pues con el pasado igual. Hasta mañana, Víctor. Un abrazo.
El teléfono emitió el pitido de la llamada cortada. Y Víctor no se movió.
Había dejado de oír la cocina, y la nevera, y el tictac del reloj de la pared.
Oía solo la frase, que no estaba allí, que ya no sonaba, que se había quedado dentro de la habitación como se queda un olor.
Tenía los dedos de la mano derecha doblados contra la palma, tan fuertes que le dolían las uñas.
El sabor de la llave le llenaba la boca.
Una puerta, un patio, una luz amarilla desde arriba, una barra de hierro fría bajo la palma, y una voz tranquila que decía eso mismo, esas palabras exactas, sin levantarse, en el mismo tono con que se dice buenos días.
Lucía detuvo la grabación. Se quedó mirando su propio móvil con la cara blanca.
—Ha tomado aire antes de «salud» en el vídeo —dijo, en un hilo de voz—. Y antes de «recibido». Y ahora, antes de «las puertas no se abren en ruta».
—Sí.
—Siempre ahí. Siempre en el mismo sitio.
Víctor se levantó. Fue hasta el balcón de la cocina y miró la calle de abajo, donde la furgoneta gris tenía las luces de posición apagadas.
Un hombre dormitaba con la cabeza apoyada en el cristal.
Pensó en una frase que llevaba años dentro sin saber de quién era, y que acababa de oír salir de una boca amable, como un chiste, en el tono con que se dice buenos días.
Se la sabía hasta el último acento. La había oído de noche, en un patio, bajo una luz amarilla, de pie junto a un remolque, dicha por la misma voz. No le hacía falta ninguna prueba.