27.185 Capítulo 16. La respiración
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Capítulo 16. La respiración

Lucía llegó a las nueve de la noche con un portátil bajo un brazo y una tortilla de patatas envuelta en papel de aluminio bajo el otro, y se quedó un segundo en el umbral, con el casco colgado de la mano, mirando el recibidor como quien entra en una iglesia ajena.

—Treinta y ocho escalones —dijo—. Me los han contado todos.

—Pasa.

—No quiero molestar.

—Ya has molestado. Pasa.

El piso de la calle de la Imagen olía a cerrado y a detergente.

Lucía dejó el portátil sobre la mesa de la cocina, apartó con el antebrazo la lata de atún que seguía sin abrir y se quedó mirando la nevera, el imán de Santa Pola, la fotografía de la mujer del sombrero de paja.

No dijo nada. Sacó dos platos de un armario que acertó a la primera, porque en todas las cocinas del mundo los platos están en el mismo sitio, y partió la tortilla con el filo de un cuchillo sin sierra.

Cenaron en silencio. Abajo, en la acera de enfrente, la furgoneta gris esperaba el relevo de las diez y media y la luz de dentro se encendía y se apagaba como un animal que respira.

Víctor había pasado la tarde en el área de servicio del 45, esperando a que un compañero de Tráfico le devolviera la tractora y a que el pulso dejara de latirle en las sienes.

Le había contado a Lucía por teléfono lo de la persecución, lo de Sara, lo de Arce Rutas.

Ella había escuchado con un silencio de hielo y había dicho al final: «Voy esta noche. »

—Cuéntame lo del concursal —dijo ahora, limpiándose los dedos con una servilleta.

Se lo contó otra vez, con la cifra, la fila treinta y una, los casi cinco mil euros. Ella tomó nota en el portátil.

—Anótalo como la cosa más rara que me has dicho —murmuró—. Un hombre al que le deben casi cinco mil euros y que durante nueve años no los reclama ni los recuerda.

—Elena firmó los papeles del seguro. Yo no leí nada.

—Ya. —Se limpió las gafas con el dobladillo del jersey—.

El lunes tengo que entrar en el taller de Julián.

A recoger sus cosas, a cerrar. El juzgado levanta el precinto ese día.

¿Sabes lo que me da miedo? No el sillón.

El sillón no. El soldador. Que lo vea ahí, en su soporte, apagado, y me eche a llorar y no pare.

—Puedo ir contigo.

—No hace falta.

—Puedo ir igual.

Lucía se quedó callada, rascando con la uña un resto de lo que habría sido grasa de la tortilla en el borde del plato. Luego sonrió sin ganas.

—Hoy vamos a hacer otra cosa. Vamos a escuchar todo lo que tenemos. De principio a fin, con cascos, por orden. Todas las que están grabadas. Y tú me vas a decir qué te dice el cuerpo, que a mí me dice el espectrograma, y entre los dos igual conseguimos una persona.

*

La habitación del fondo era el estudio, donde estaba el ordenador viejo, el equipo de radioaficionado grande y una silla de oficina con la tela desgastada por los codos.

Víctor encendió la lámpara. Lucía conectó dos auriculares a un divisor y le puso uno en la cabeza sin preguntar, con una mano seca y rápida que le recordó, un instante, a Elena atándole la bufanda.

Pusieron la primera.

El martes de hace dos semanas. Él lo había escuchado cien veces, y aun así lo oyó nuevo.

El soplo, la respiración húmeda, la voz cansada que decía «...

chica...», el golpe de hierro. Lucía señalaba el espectrograma con la punta del bolígrafo, sin hablar, y Víctor se concentró en el hombre.

No en lo que decía. En cómo respiraba. Era una respiración ancha, con un ligero silbido al final de la inspiración, de pecho cargado.

Un catarro viejo. Ese silbido tenía algo de tubería oxidada.

—Dime qué sientes —dijo Lucía, bajito.

—Que lo conozco.

—No: que te suena. Es distinto.

—Que me suena. Pero muy lejos.

Pasaron a la segunda, la del jueves. El mismo hombre.

«Puerta. Cada veinte minutos. Sin luz. La chica sigue respirando.

» Víctor escuchó la voz con los ojos cerrados.

Le pareció que, esta vez, había algo conocido pero de otra textura, como una canción oída en la radio de un taxi, cantada por alguien que no era el cantante.

Tercera: la voz de base. Seis segundos y medio.

—Mochuelo.

La voz entró en sus oídos con la limpieza de un cuchillo nuevo. Grave, templada, cálida. La pausa elegante antes de la «r». La respiración corta. «Aquí base. Recibido.»

—Otra vez —dijo Víctor.

Lucía la repitió. Y otra. A la cuarta vez, él abrió los ojos.

—Para.

—¿Qué?

—Antes de «recibido». Mira. —Se quitó el auricular, se inclinó hacia la pantalla—.

Esa respiración. Dura menos de medio segundo.

Entra por la nariz, rápida, dura, sin ruido.

No es de nervios. Es de oficio. De quien lleva toda la vida diciendo la misma frase y toma aire ahí porque sabe que tiene que tomar aire ahí.

Lucía lo miró. Después miró la pantalla y amplió la onda con dos golpes de teclado. Una pequeña colina de cuatrocientos milisegundos, a media altura, sobre un suelo de ruido, entre «base» y «recibido».

—Cuatrocientos milisegundos —murmuró—. Una inspiración retórica. Son frecuentes en gente que habla en público. En locutores. En profesores. En jefes. —Se quitó las gafas—. ¿Dónde la has oído?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No lo sé, Lucía. Es como cuando oyes una canción en un bar y sabes cómo sigue, pero no sabes de dónde. —Le temblaba un poco la mano sobre el ratón—. Es la voz de alguien que daba órdenes sin levantar la voz. Alguien a quien yo respondía.

—Alguien a quien respondías por radio.

—Y en persona. En un sitio con luz fuerte. Con vasos. —Se pasó la lengua por el paladar—. Y gente riéndose.

Lucía se quedó muy quieta.

—Una fiesta —dijo.

*

Tardó cuarenta minutos en encontrarlo. Lo hizo con una paciencia y una ferocidad que Víctor no le conocía: abrió tres buscadores a la vez, escribió Transportes Arce S.L.

Alcalá de Henares con comillas, sin comillas, con la palabra «fiesta», con la palabra «verano», con «antiguos empleados».

Descartó un anuncio de una empresa de mudanzas de Sevilla, la página de un ayuntamiento, una esquela.

Se detuvo en un grupo de una red social con treinta y ocho miembros que se llamaba Antiguos de Arce .

Privado. Entró con una cuenta que, dijo, usaba para curiosear.

—Si me preguntas cómo, no te lo cuento. —Giró la cabeza—. Mira.

Era una publicación de hacía nueve años.

Alguien llamado Alfredo G. había subido un vídeo de dos minutos con una descripción escrita a mano: Fiesta de verano de Arce.

El brindis de Martín. Qué tiempos, muchachos.

Debajo había once comentarios, casi todos corazones y caritas.

Martín siempre tan elegante. El mejor jefe de rutas que tuve.

Ese hombre sí que sabía tratar a su gente.

Otro, más corto: Dónde andará ahora, que no se ha vuelto a saber.

Pues andará bien, que éste no cae. Un tercero daba el apellido, con una complicidad de sobremesa: Ledesma, claro.

Ahora tiene su propia empresa, y le va de maravilla.

—Martín Ledesma —dijo Lucía.

El nombre no le dijo nada. Lo repitió dos veces por dentro, mirando la pantalla, como se prueba una llave en una cerradura, y no giró. Pero algo en el costado se le contrajo.

—Dale —dijo.

Lucía pulsó. La imagen apareció temblorosa, tomada con un móvil de los de entonces.

Un jardín de bar de carretera, con farolillos de papel y tres mesas largas cubiertas de manteles blancos.

Se veían de espaldas cabezas, camisas de domingo, una mano que sostenía una cerveza.

En una tarima baja, de madera, de pie, un hombre de unos cuarenta y ocho años con una chaqueta de lino clara, el pelo cano peinado hacia atrás y una copa de vino en la mano.

Parecía un notario simpático. Cuando la cámara le enfocó la cara, ya estaba sonriendo.

—Buenas noches, familia —dijo.

Y Víctor dejó de sentir la silla.

La voz era más joven, algo menos grave, pero era la voz. Tenía la misma cadencia de quien agradece sin esfuerzo, el mismo ritmo, la misma elegancia en la boca. No hablaba alto. No lo necesitaba. El jardín entero se había callado para oírlo.

—Quería deciros unas palabras, que luego me llamáis pesado.

—Risas—. Este año ha sido bueno, y no ha sido bueno por mí.

Ha sido bueno por vosotros. Por cada uno de vosotros, con vuestro camión, con vuestra radio, en vuestra carretera.

Aquí cada uno hace su tramo. Y eso, que algunos pensáis que es repartir, es organizarse.

Es lo que hace que lleguemos todos juntos.

Hizo una pausa. Alzó la copa. Y, antes de decir la última palabra, tomó aire por la nariz, corto, seco, sin ruido, igual que un hombre que ha dicho esa frase cientos de veces y sabe dónde respirar.

—Salud.

Los vasos se levantaron. El vídeo se cortó.

Lucía no dijo nada durante veinte segundos.

Después puso el vídeo otra vez y fue arrastrando la barra hasta el segundo exacto.

Pegó la imagen de la onda a la del archivo de la radio, la superpuso.

La inspiración de la fiesta y la inspiración de la noche del martes se encimaron.

No eran idénticas. Pero tenían la misma forma, la misma duración, la misma pendiente.

—Coincide —dijo, despacio—. No es una prueba.

Es un parecido. Cualquier perito de voz te diría que esto no se sostiene ante un juez, y tendría razón.

Una inspiración se parece a otra. No tengo patrones de comparación.

Estoy usando un oído y un osciloscopio. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos—. Pero me da escalofríos.

—Es él.