Capítulo 15. El vehículo gris #2
—Es la costumbre de todo el que trabaja de noche. —Casi sonrió—. No se lo tome a mal.
Zubiri subió por la puerta delantera, saludó con un gesto de la gorra y arrancó.
Detrás, por el cristal trasero, Víctor vio cómo otro guardia que había llegado en un coche patrulla se subía a la cabina de su tractora, ajustaba el asiento y la ponía en marcha con una delicadeza que le dolió.
Se quedó mirándola hasta que doblaron la curva.
Sara abrió entonces la carpeta sobre el tablero. Había una tablet, un par de folios impresos y una libreta. Esperó a que el pulso de Víctor se serenara, cosa que hizo sin mirarlo, con los ojos fijos en la carpeta.
—Ayer, a las 7:43, me dijo una palabra. Anoche, mi compañera de Madrid terminó la lista de empresas con las iniciales A y R que figuraban en el registro mercantil de Madrid, Guadalajara y Toledo.
Fue una lista de tres folios y ninguna me decía nada.
Esta mañana, a las seis y media, me llamó otra vez.
Ha encontrado una que sí. —Deslizó un dedo por la tablet—.
Transportes Arce, Sociedad Limitada. Domicilio en Alcalá de Henares.
Constituida hace veintiún años. Declarada en concurso de acreedores hace nueve años y medio, y liquidada pocos meses después, con deudas.
Víctor no dijo nada.
—En el Registro Público Concursal figura la lista de acreedores. Cuarenta y tres. Proveedores de gasoil, talleres, una gestoría, un señor de Zaragoza, otro de Calatayud. Y esta. —Giró la tablet.
Era una tabla. Letra pequeña, gris sobre blanco, con columnas. En la fila treinta y una, entre una gasolinera y un taller de neumáticos, había un nombre.
Salas Moreno, Víctor. NIF. Crédito ordinario. 4.870,12 €. Facturas de transporte, abril a octubre.
Lo leyó. Lo leyó otra vez. No sintió nada al principio, igual que cuando se pasa la mano sobre una superficie fría y el cuerpo tarda en dar la señal.
Después sintió el frío. Era él. Su nombre, su segundo apellido, el NIF que se sabía de memoria.
Una cifra. Una factura tras otra, en la letra impasible de un registro.
—Yo no recuerdo esto.
—Está escrito en un documento público.
—No recuerdo haber reclamado nada. No me acuerdo de que me debieran dinero.
—Me lo creo. —Lo dijo con una seriedad que no admitía ironía—.
Pero mire la fecha. Las facturas son de seis meses, desde abril hasta octubre del año del accidente.
Seis meses, exactamente lo que usted escribió en la lista del jueves, la que me dio en mano: «Unos seis meses, para una empresa de transporte, antes del accidente.
No recuerdo cómo se llamaba.» —Alzó la mirada—. Y ayer, delante de mí, dijo «Arce».
—No sabía que se llamaba así.
—Hace veinticuatro horas dijo el nombre sin saber por qué. Hoy lo veo en un registro con su firma al lado. ¿Me está diciendo que no recordaba el nombre de la empresa para la que trabajó seis meses, facturó cuatro mil ochocientos setenta euros que no le pagaron y nunca reclamó?
—Se lo estoy diciendo.
—Y yo le creo. —Cerró la tablet con un clic suave—. Es lo que me preocupa.
Se echó hacia atrás en el banco. Fuera pasó un camión a ochenta con un bramido, y la furgoneta entera vibró con su estela. Cuando pasó, siguió hablando, más bajo.
—Hay más. Arce Rutas, Sociedad Limitada.
Constituida un mes después de que se liquidara Transportes Arce.
Mismo domicilio fiscal, en una asesoría de Guadalajara.
Administradora única: una señora de ochenta y nueve años, Amparo Ginés, que vive en una residencia de Azuqueca y que, según el director, no sabe en qué año vive.
—Alzó la vista—. A.R., señor Salas. Arce Rutas.
Es lo que escribió Ferrer antes de morir.
Cuarenta equipos de radio. Una flota. Y usted trabajó seis meses en la anterior.
—No lo recuerdo.
—Eso ya me lo ha dicho.
—Tampoco sé por qué iba Julián...
—Julián reformó cuarenta equipos para esta gente.
Los mismos que Lucía oyó en el 205, los mismos que usted oyó en su cabina hace diez años.
Esa radio, señor Salas. «La has oído antes.
» —Le sostuvo la mirada—. No sé si su amigo lo dijo por una cabina o por un taller.
Pero ahora tengo un nombre donde antes tenía una inicial.
Víctor miró la hierba del talud. Las gotas de escarcha que no se habían derretido todavía brillaban en las puntas. Detrás, la tractora seguía parada de través, y las ruedas aún humeaban.
—¿Por qué no me dijo que trabajó para Transportes Arce? —preguntó Sara, sin dureza, con la voz del que mide una distancia.
—No sabía que se llamaba así.
Lo dijo despacio, mirándola. Era verdad. Cada palabra era verdad, y aun así, mientras la decía, tuvo la certeza de que sonaba a mentira. Sara no apartó los ojos. Se quedó mirándolo con una atención cortés, cansada, de hospital, de quien sopesa un dato que le llega por una puerta que no es la suya.
No dijo que no le creía. Tampoco dijo que sí.
Cerró la carpeta y se la puso bajo el brazo.
Zubiri ya había metido la furgoneta en la calzada, y durante los diez kilómetros hasta el área no volvió a decir nada, y Víctor tampoco, mirando por el cristal trasero cómo el semirremolque vacío de su tractora los seguía a lo lejos, cada vez más pequeño, con las luces de emergencia dando destellos de naranja.