27.185 Capítulo 15. El vehículo gris
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Capítulo 15. El vehículo gris

*

Paró en El Mirador a las nueve y veinte, con el remolque vacío, el cuerpo hecho de arena y la intención de tomarse un café con leche antes de que se le cerraran los ojos. Mari le puso el vaso sin decir nada, lo miró un instante, y se llevó la mano a la boca con un gesto que no acabó.

—He visto lo de tu amigo, cariño. En el periódico. Lo siento mucho.

—Gracias.

—Eso de las pastillas. Qué pena. —Bajó la voz—. Aquí ha estado un hombre desde ayer preguntando por ti. Con gorra. Se ha tomado tres cafés en la barra y nunca se bebe el último. Yo le he dicho que no eras de aquí, pero él ya lo sabía.

Víctor no se giró. Dejó la cucharilla en el platillo, sin ruido.

—¿Dónde está?

—Se ha ido hace un rato. Pero me parece que ha dejado el coche. —Señaló con la barbilla la ventana—. Aquello gris del fondo.

Lo vio entonces. El Trafic estaba aparcado en el extremo del aparcamiento, entre un camión de cerdos y un contenedor, con el morro a la carretera y la antena de látigo en el techo. Dentro no se veía a nadie. Víctor dejó un billete sobre la barra, cogió el termo y salió.

Cruzó el aparcamiento sin prisa. Sabía que no iba a hacer nada inteligente.

Llevaba tres días recibiendo mensajes con letra de su mujer, notas dentro de su cabina, precintos de plomo, voces falsas en un receptor muerto, y cada vez que levantaba la mano para tocar algo, el algo se hacía humo.

Esta vez quería poner la palma sobre la chapa de un coche, sentirla, golpear el cristal. A veinte metros, la furgoneta arrancó.

El motor tosió, las luces de posición se encendieron, y salió marcha atrás, despacio, con un giro que dejaba a la vista el costado liso y gris.

Víctor aceleró el paso. La furgoneta se detuvo, metió primera, y enfiló hacia la salida con la parsimonia de quien tiene todo el día.

Cuando Víctor llegó a donde había estado, solo quedaba el rastro de gasoil de dos gotas oscuras.

No lo decidió. Subió al camión. Giró la llave. Arrancó con un tirón que sacudió el remolque vacío y salió del aparcamiento por la misma salida, detrás de la furgoneta, que ya entraba en la autovía con el intermitente puesto.

*

Era una locura. Lo supo en el primer kilómetro, cuando el velocímetro marcaba ochenta y cinco y el Trafic se mantenía a doscientos metros por delante, como si el conductor midiera la distancia con un metro.

Un camión de dieciocho metros no sigue a una furgoneta.

La furgoneta decide. Pero Víctor tenía las dos manos clavadas al volante y los ojos fijos en el cuadrado gris que se alejaba, y detrás de la frente se le había encendido algo que no sabía apagar.

La furgoneta cambió al carril izquierdo.

Él la siguió. Un coche que venía por detrás dio un bocinazo largo, de aviso, y Víctor lo vio por el retrovisor aproximarse a ciento treinta con las luces largas.

No cedió. La furgoneta aceleró. Él pisó a fondo.

El remolque vacío empezó a bailar detrás, a darle tirones de lado, cada vez más fuertes, porque iba descargado y a ciento diez, y el cierzo de la mañana daba de costado.

Un cartel anunció la entrada a una rotonda de enlace.

La furgoneta no frenó. Entró a toda velocidad por el carril de salida, giró bruscamente a la derecha, atravesó el cambio de sentido y reapareció al otro lado.

Víctor intentó seguirla. No era un coche; era un camión de cuarenta toneladas con un semirremolque vacío.

Metió el pie en el freno a fondo, y el aire de los frenos silbó, y la tractora se clavó, y detrás el remolque, que no obedecía, empezó a girar sobre sí mismo.

Todo ocurrió en tres segundos. El volante se le fue de las manos.

Un Opel pequeño, que venía por el carril de aceleración, frenó con un chirrido y se paró en seco a un metro del parachoques; la cara de la mujer que lo conducía se le quedó abierta en un grito sin voz.

El semirremolque dio un bandazo, la cabina se inclinó, y Víctor, con los brazos clavados y el cuerpo entero hecho a la memoria de un golpe antiguo, corrigió, soltó el freno, volvió a pisarlo a golpes cortos, y el camión, con un quejido de hierro, se enderezó y fue a morir contra el arcén, a pocos centímetros del guardarraíl.

Silencio. Un motor al ralentí. El tictac del intermitente de emergencia que había pulsado sin saber cómo.

Lo que había hecho con los pedales no lo había aprendido en ninguna escuela.

Había bajado dos marchas de golpe, soltado el pie, dado golpes cortos al freno para no bloquear las ruedas del remolque, dejado que el motor comiera velocidad: era la técnica de un camión que se va, la de quien ha tenido que domar una masa que no obedece.

Sus manos y sus pies lo hicieron antes que su cabeza, con una calma de hierro.

Nunca le había ocurrido un descontrol así en treinta años.

Y sin embargo su cuerpo había sabido qué hacer.

Lo apuntó para más tarde, como quien guarda en un cajón una llave sin cerradura.

Respiró. Tenía la camisa pegada a la espalda, el pulso en las sienes, las manos tan apretadas que no sabía cómo soltarlas.

Notó un sabor a hierro en la lengua, y se dio cuenta de que se había mordido.

El Opel pasó despacio a su lado, y la mujer, con la ventanilla bajada, le gritó una cosa que no entendió y que sonaba bien a todas luces.

Cien metros más adelante, la furgoneta gris estaba parada en el arcén, con las luces de emergencia puestas.

Víctor tardó medio minuto en bajarse. Las piernas no le respondían.

Se quedó de pie junto a la rueda delantera, con la mano en el guardabarros, mirando cómo la puerta lateral de la furgoneta se deslizaba hacia atrás, despacio, y de ella bajaba una mujer con un abrigo largo y gris y los labios apretados en una raya.

Sara Molina cruzó los cien metros caminando por la hierba del talud, sin prisa, con una carpeta bajo el brazo, y se plantó delante de él.

—¿Está usted loco?

Su voz era baja, pero había cambiado. Había perdido el acta. Estaba pálida de una manera que Víctor no le había visto nunca, con las aletas de la nariz blancas y los ojos muy abiertos, y ese fue el primer momento en que la creyó capaz de pegarle.

—Era suya —dijo él.

—Claro que era mía.

—La furgoneta.

—Es de la Guardia Civil, señor Salas, y la conduce un cabo con dieciocho años de servicio que estaba a punto de ver cómo un hombre de cincuenta y dos años se mataba contra un guardarraíl por perseguirle.

—Respiró hondo, y sin darse cuenta se llevó una mano al estómago—.

Ha estado a un metro de matar a una mujer en un Opel.

Ha estado a un metro de matarse. Y a mí me ha estado a punto de dar un infarto, que lo sepa.

—Me ha seguido durante una semana sin decírmelo.

—Le he protegido durante una semana sin decírselo. Es distinto.

—¿Desde cuándo?

—Desde el viernes. El día en que me contó lo de los cuatro puestos de escucha.

—Se pasó la mano por la cara—. Tenía a un hombre de cincuenta y dos años metido en el centro de algo que no entiendo, con una radio y la mala costumbre de no avisar.

Pedí dos agentes y una furgoneta por turnos, a título de protección de testigo, y mi capitán me dio la autorización con una sonrisa.

Quería que usted la viera. Si alguien se acerca a un hombre y ve una furgoneta de la Guardia Civil debajo de su ventana, se lo piensa.

—Y lo del hombre de la gorra.

—El cabo Zubiri. Le dije que le dijera a la ingeniera que esperaba a un amigo. Ha sido una estupidez. —Calló un momento—. Y la furgoneta que se fue del área del 205 la mañana del silo la retiré yo por radio en cuanto salí hacia allí. Iba a estar yo. No la necesitaba.

—No cubrieron el solar.

La mirada de ella cayó. No fue mucho, solo un instante, una caída de pestañas.

—No. Eso no lo cubrimos. Fue un error mío. No va a volver a pasar. —Alzó otra vez los ojos—. Pero tampoco se lo digo para que se sienta bien. Se lo digo para que entienda que cuando le pido que no haga una cosa, es porque cada cosa que usted hace, la tengo que cubrir con tres.

Víctor se sentó en el estribo de la cabina.

Le temblaban los muslos. Cerca, en el arcén, el cabo Zubiri, un hombre de cuarenta años con gorra y cara de funcionario, se había bajado de la furgoneta y esperaba con las manos a la espalda y una expresión que decía que no tenía nada que añadir.

Le levantó una ceja a Víctor, lo justo para que se entendiera que le perdonaba.

*

—Suba —dijo Sara—. Un compañero de Tráfico llevará su camión hasta el área más cercana. Ya viene. Usted no conduce hoy.

—Es mi camión.

—Y es mi accidente evitado. Suba.

Por dentro, la furgoneta era más estrecha de lo que parecía.

Dos asientos delante, un banco corrido detrás con un tablero plegable, una emisora de mando de la que salía un murmullo de voces cortas, una cafetera eléctrica enchufada al mechero y un archivador de lona.

Olía a café viejo, a plástico y a hombre.

En el tablero, abierto, había un cuaderno de tapas azules, y Víctor, que había aprendido a leer lo que otros dejaban abierto, lo leyó sin que nadie se lo impidiera.

Era un registro, página por página, con la letra apretada y cuadrada de alguien que escribe a diario con una mala silla.

Vie. 11. 22.00. Obj. en domicilio. Luz cocina hasta 22.

00. Sin novedad. Sáb. 12. 07.41. Obj. en balcón cocina, vigila vehículo.

Toma nota en libreta. Sáb. 12. 22.40. Obj.

sale con equipo portátil. Dir. A-2. Se reúne con testigo L.O.

en área km 205. Así seis días, con cada hora y cada kilómetro.

Lo leyó entero. Cuando terminó, vio que en el margen alguien había escrito, a lápiz, con otra letra, una línea suelta: Lleva una libreta como la nuestra.

Lo miró dos veces.

—Es Zubiri —dijo Sara, sentándose enfrente—. Lo ha escrito el sábado, a las ocho de la mañana, cuando usted nos apuntó la matrícula con el bolígrafo atado. Le hizo gracia.

—Me ha vigilado con mi misma costumbre.