Capítulo 14. La antena #2
Esta vez no fueron los dedos en el aire.
Fueron sus dos manos, enteras, con una pericia dormida durante años, y Sara dio un paso atrás porque el movimiento le salió con una rapidez de máquina.
El alambre entre el índice y el pulgar, la lazada al pasador, el giro, el tirón, el disco en medio. Tres vueltas. Cerrar.
Y vio.
No fue un recuerdo, no con aquella nitidez de película que la gente cuenta.
Fue una sucesión de piezas sueltas, sin orden, como los trozos de una cuenta que se hacen visibles de golpe.
Una barra de hierro frío bajo su palma. El borde de una puerta de remolque, blanca, desconchada en la esquina.
Las bisagras gritando. Una luz amarilla desde arriba, de sodio, que le teñía las manos de naranja.
Unas tenazas largas en su mano derecha, con el mango de goma gastado por el uso.
El sonido que hacían al apretar: un crujido corto, seco, como el de una nuez.
La sensación de que alguien estaba a su lado, esperando, con las manos en los bolsillos, y que eso no le inquietaba porque lo hacía así cada noche.
Una voz que decía una cifra. Y él, al apretar, estampaba la cifra.
Diecisiete.
Después, la mano abierta de Sara debajo de su codo, y el sol bajo del solar, y el ruido lejano de un camión de basura.
—Señor Salas.
—Estoy bien.
—No lo parece. —Le tenía agarrado el brazo. Su voz había perdido el tono de acta—. Siéntese.
—Estoy bien. Es que...
Se pasó el dorso de la mano por la boca.
La tenía seca. Notó el sabor, el de la llave, subiendo desde la garganta hasta las muelas, más intenso que nunca, y se oyó decir algo con una voz que no sabía que tenía.
Una voz baja, ronca, sin intención, la de quien nombra un lugar donde ha estado cientos de veces y que se le escapa a medio camino entre la lengua y los dientes.
—Arce.
Sara no se movió.
—¿Cómo ha dicho?
—No sé. —Lo miró, a ella, al disco de plomo que aún tenía en la palma, otra vez—. No sé de dónde ha salido. Lo he dicho sin pensar.
—Ha dicho «Arce».
—Sí.
—¿Sabe qué es?
—No. —Y era verdad, y le dio miedo que lo fuera—. No sé qué es. Un nombre. Una palabra.
Sara sacó su libreta de tapas negras. Escribió.
No dijo nada. Anotó la hora, 7:43, el nombre, el precinto, el 17, y debajo, con la letra pequeña que se le encogía cuando algo le importaba, dos signos de interrogación.
Le quitó con cuidado el disco de plomo de la mano y lo metió en una bolsa.
Luego se quedó un momento mirando el tocón del retrovisor.
—Esto no es para asustarle —dijo, al fin.
—¿No?
—Si quisieran asustarle, le habrían roto el cristal o cortado un neumático.
Han cortado la antena para que esta noche no oiga nada.
Y le han dejado un precinto con un número, el mismo gesto que usted acaba de hacer con las manos.
—Cerró la libreta—. Esto es un mensaje, señor Salas. Y está escrito para usted.
—¿Qué dice?
—Todavía no lo sé. —Lo miró—. Pero usted sí, un poco. Y yo he oído la palabra.
—Es una palabra. Puede ser cualquier cosa.
—Puede. En Madrid hay una compañera mirando todas las empresas que empiezan por A y por R en el registro, por la hoja de Ferrer.
Sale una lista de tres folios. Ninguna significa nada.
—Se guardó los guantes en el bolsillo—. Acaba de decirme una más.
Le prometo que no la voy a dejar en la lista de tres folios.
—Una pregunta —dijo ella, cuando se quedaron solos con el rumor lejano de la autovía—. Esta foto estaba en el camión que se perdió. ¿Quién recogió los efectos personales después del accidente?
—El seguro me dio una bolsa con la documentación. Papeles, el permiso, la cartera. Lo demás no sé. Se lo llevaron la grúa y el depósito.
—¿Y la foto no estaba en la bolsa?
—No. Pensé que se había quemado. O perdido en el vuelco.
—O que alguien la guardó. —Escribió—. Dígame quién puede tener acceso a los efectos de un camión siniestrado, diez años atrás.
—La grúa. El depósito de Calatayud. Tráfico, que hizo el atestado. El seguro. Los que lo desguazaron.
—Todo eso se puede mirar. —Cerró la libreta—. Es una lista que me gusta bastante más que la anterior.
Quintana volvió con las manos vacías y una expresión de disculpa. El guarda, dijo, no había visto nada; había visto a los del mono y se había quedado con la tele. La cámara era un adorno. El único testigo posible era una gata, que dormía en un contenedor y no hablaba.
Se detuvo ante Víctor al despedirse. Se subió las gafas, con una timidez de la que no parecía darse cuenta.
—Quería decirle una cosa, señor Salas. Lo del silo. —Tragó saliva—. Gracias.
—No tiene que dármelas.
—Sí tengo. Yo... iba a disparar. No quería, pero me temblaba el dedo y la verdad es que no sé qué habría hecho. —Miró al suelo—. Usted se puso en medio, y yo no se lo he podido decir a nadie. Así que gracias.
—Fermín no iba a hacerle nada.
—Ya. Pero yo no lo sabía.
Se dio la vuelta, ruborizado, y se metió en el Ibiza.
*
Sara se quedó un rato más. Se apoyó en el costado del coche, con el abrigo abierto y el aliento en vaho, y miró cómo Víctor se sentaba en el parachoques de su tractora y se frotaba la cara con las manos. Esperó. No habló hasta que él levantó la vista.
—¿Va a hacer la ruta esta noche?
—Es jueves.
—Sin antena.
—Compraré otra. Hay un taller en Torrejón que las tiene.
—Le voy a pedir una cosa. —Habló despacio, con la voz del primer día—. No vaya a ese tramo. Ni esta noche ni la siguiente. Quédese en casa y deje que miremos lo que han dejado en su camión. Es un favor, no una orden. Se lo pido porque no sé cuánto tiempo tengo.
—No puedo quedarme en casa.
—Ya lo sé.
—Tengo que pasar por el 209.
—Ya lo sé —repitió—. Por eso se lo pido.
Víctor no contestó. Sara lo estudió un segundo más y asintió, como quien registra una derrota que había previsto.
Se subió al coche. Cuando el Ibiza arrancó, se quedó sentado con el cielo ya claro encima de él, la grava, las tractoras alineadas con el morro contra la valla.
Pensó en la palabra. La había dicho una vez y le había sonado extraña, y a la vez le había sonado a lo que dicen los niños cuando juegan al escondite.
«Arce.» Una palabra sin significado, un golpe de lengua contra el paladar, una boca que se abre y se cierra.
La repitió en voz baja.
—Arce.
Y sintió en las manos, una vez más, el frío del plomo.