Capítulo 14. La antena
Llamó a Sara a las cuatro y diez de la madrugada. Lo hizo con la fotografía todavía en la mano, sujeta por los bordes con las yemas, como se sujeta una placa de rayos, y la voz tan baja que tuvo que repetir el nombre.
—Molina.
—Soy Salas. Ha habido alguien en mi camión.
Se oyó una sábana y una lámpara. Sara no preguntó nada.
Esperó, y eso era lo que hacía mejor: dejar el espacio libre para que el otro lo llenara.
Víctor se lo describió en el orden en que lo habría hecho Lucía.
La goma, la visera, la foto del Volvo viejo, la letra de Elena, la frase.
El guarda, los dos hombres con mono, la farola.
—¿La ha tocado?
—Con dos dedos. Por los bordes.
—Déjela sobre el salpicadero, boca arriba, sin moverla más. No se baje de la cabina. No haga nada que no sea esperar. Estaré en el solar a las siete y media. —Una pausa—. Señor Salas.
—Dígame.
—¿Esa frase significa algo para usted?
—Era de mi mujer.
—Entonces no es un mensaje al azar.
—No.
Colgó. Víctor dejó la foto sobre el cuadro, donde la luz naranja del solar la iluminaba de lado, y se quedó sentado en el asiento del conductor con las manos en las rodillas y los ojos fijos en la mancha de aceite de la esquina.
No volvió a la litera. No volvió a cerrar la cortina.
La noche entera, hasta que el cielo se aclaró detrás del cercado, la pasó mirando una cara que no era la que él recordaba.
Elena, en los últimos años, tenía el pelo gris y la cara más afilada.
Esta mujer de la foto reía con todo el cuerpo, con un diente un poco torcido que se había dejado arreglar después, y estaba sentada al volante de un camión que en veinte años no habría dejado conducir a nadie.
«A mí me dejas, que me sé el cambio», le había dicho, ese día, con el cigarrillo que aún fumaba entonces entre dos dedos.
Y él la había dejado girar la llave en el contacto y fingir que arrancaba, mientras la fotografiaba desde el suelo de grava, con el sol de lado.
Pensó que la tomó él. Pensó que la había tenido nueve años en la visera, que cada mañana de aquellos nueve años la había mirado de reojo al subir, sin mirarla de verdad, como se mira un mueble.
Que la noche del accidente alguien la había descolgado de allí.
Que la había guardado, o la había llevado en el bolsillo, o la había tenido en un cajón junto a otras cosas suyas, y que durante diez años, mientras él borraba tarjetas sin escucharlas, esa persona había sabido dónde estaban.
Se acordó de otra cosa, sin quererlo. Del último año de Elena, en la cama del hospital de Alcalá, con la voz ya delgada y los ojos todavía de ella.
Una tarde le había dicho, mirando el techo: «Hay una noche que no me has contado nunca.
» Y él había cogido un vaso de agua de la mesilla y se lo había ofrecido.
«Víctor.» «Bebe.» «No es sed.» Había dejado el vaso.
Ella había cerrado los ojos y había dicho: «Qué cansada estoy de esperar a que me lo cuentes», sin rencor, como quien enumera lo que le falta para terminar un trabajo.
No volvieron a hablar de ello. Elena murió tres semanas después, un martes, a las 03:41.
Víctor había mirado el reloj de la pared de la habitación y no lo había olvidado desde entonces.
Ahora, con la foto en la mano, se preguntó si lo que ella quería que le contara era lo que él no sabía. Y se dio cuenta de que nunca se lo había planteado así.
Encendió la emisora hacia las cinco, por no quedarse mirando.
Ruido blanco, plano, sin una sola elevación.
Ni siquiera el murmullo lejano de los camioneros del 19, que a esa hora siempre había alguno, un portugués, un viejo, una cisterna que bajaba hacia Valencia.
Pensó que la noche era muy silenciosa. No se le ocurrió preguntarse por qué.
Lucía llamó a las seis y veinte. No había dormido; se le notaba en la voz, que sonaba más pequeña sin el casco.
—Dime que estás despierto.
—Estoy despierto.
—He estado pensando en lo que dijo Julián. El mensaje. «Esa radio la has oído antes.» —Hizo una pausa—. Es una frase rara. No dice «la has visto» ni «la tuviste». Dice «oído». Una radio la oyes cuando está encendida, no cuando la llevas en la guantera. Quiere decir que sonaba cerca de ti.
—En mi cabina.
—O en el taller. O en el bar. O en la cabina de un compañero.
—Se oyó la tapa de un bote—. Estoy comiendo cereales a las seis de la mañana, no me juzgues.
Mira tus papeles de aquellos años, Víctor.
Fotos, albaranes, lo que tengas. Aunque no te acuerdes.
A veces lo que no recordamos está escrito con nuestra propia letra.
—Tengo una caja de Elena en el altillo. No la he abierto nunca.
—Pues ábrela.
—No sé si puedo.
—Yo tampoco sé si puedo entrar en el taller de Julián, y el lunes tendré que hacerlo. —Un silencio—. Anótalo como una cosa que da miedo y que se hace igual.
Colgó. Víctor se quedó con el teléfono en la mano, mirando cómo clareaba detrás del cercado.
Dentro de la caja de zapatos del altillo estaban las treinta y una libretas, con su goma elástica, una por año.
En una caja de cartón más grande, en el fondo, estaba lo de ella, que él había subido en bolsas hacía seis años, un sábado, sin mirar.
Esa caja tenía su nombre escrito en una pegatina con la letra redonda de siempre.
Nunca la había abierto. Lo supo con tanta claridad que le dolió.
El cierzo no soplaba. La noche era clara, de las que dejan helada en los techos. Víctor se frotó la rodilla con la palma, una vez, y no paró hasta que le dolió.
*
A las siete se levantó. Bajó de la cabina con las piernas entumecidas y se quedó en el suelo de grava, entre su camión y la valla, respirando un aire que olía a escarcha y a gasoil.
El guarda no estaba. En su garita, la televisión seguía encendida con el sonido apagado y un hombre con corbata movía los labios sin parar.
Hizo lo que hacía todas las mañanas: rodeó el camión.
Pasó la palma de la mano por el metal frío del remolque, comprobó el cierre de la puerta izquierda, el de la derecha.
Dio la vuelta por detrás. Vino por el lado del acompañante, pasó junto al asiento vacío, y al llegar al retrovisor derecho levantó la cabeza, por costumbre, para mirar la antena.
No estaba.
La antena vertical de la CB, la de fibra de vidrio de metro y medio que llevaba sujeta al retrovisor con una abrazadera desde hacía nueve años, había desaparecido.
En su lugar quedaba el pie, un tocón de metal negro de cinco centímetros, con un muñón de hilo coaxial asomando por la base.
Víctor se acercó. Pasó el pulgar por el corte, sin tocarlo: limpio, plano, perpendicular, sin una rebaba.
Alicates de corte diagonal, de los buenos.
Un solo gesto. Un vándalo habría arrancado la antena a tirones, o la habría doblado, o se la habría llevado entera.
Esto lo había hecho alguien que sabía qué cortaba y por qué lo cortaba.
Y en el soporte, enrollado alrededor del tocón con dos vueltas apretadas, había un alambre.
Era un alambre delgado, de acero galvanizado, del grosor de una lezna. Colgaba de él un disco de plomo del tamaño de una moneda de dos euros, aplastado entre dos caras, con un agujero por donde pasaba el alambre. En una de las caras había una cifra estampada, en relieve, con una punzón: 17 .
Víctor lo miró.
No tocó nada. Se quedó con las manos a los costados.
No sintió nada al principio; después sintió, desde las yemas, una frialdad que le subía por los brazos, que no era de la mañana.
Las manos se le habían puesto a trabajar solas.
Los dedos de la derecha se cerraron en el aire, se juntaron, giraron a un lado, un cuarto de vuelta, otro, un tercero; el índice y el pulgar de la izquierda aprisionaron algo invisible, tiraron, doblaron.
Una vez. Dos. Tres. Era un gesto preciso, que se hacía con una herramienta que no estaba, y él lo ejecutaba como quien ata un cordón.
Retrocedió un paso, y el talón le pisó una piedra.
*
Sara llegó a las siete y media en el Ibiza, con Quintana al volante.
Se bajó con un abrigo largo y gris, la carpeta debajo del brazo, y no saludó.
Fue primero a la cabina, miró la fotografía sin tocarla, la dio la vuelta con un bolígrafo para leer el dorso y se la pasó a Quintana, que la metió en una bolsa de plástico sellada y escribió la hora con un rotulador.
—¿Quién ha estado aquí, aparte de usted?
—El guarda no sabe nada. Dos hombres con mono, ayer por la tarde.
—Quintana, habla con el guarda. Y mira si esa cámara de la entrada graba o es un adorno.
—Es un adorno, sargento. —El joven se subió las gafas—. Lo vi al llegar. No tiene cable.
—Mira igualmente.
Se fue. Sara se acercó al retrovisor derecho por donde Víctor le señalaba, sin decir palabra, con la mano abierta. Se quedó mirando el corte. Después, sin prisa, sacó de un bolsillo un par de guantes de látex azul, se los puso y cogió el disco de plomo entre dos dedos.
—Diecisiete. —Lo dio la vuelta—. No tiene más marcas. Es un precinto de los que se usan para cerrar contadores o remolques, de plomo y alambre. Se estampa con unas tenazas. —Lo levantó a la luz—. ¿Lo ha visto alguna vez?
—No sé.
—Mírelo.
Se lo ofreció en la palma de la mano enguantada. Víctor lo cogió.
El plomo estaba frío, un frío pesado y suave, de metal que ha pasado la noche al relente.
Tenía el tacto exacto que esperaba y no sabía por qué.
Pasó el pulgar por la cifra en relieve, dos pequeñas columnas de metal que se le quedaron en la yema, y al hacerlo notó el olor.
No venía del precinto, que no olía a nada: venía de dentro.
Olor a plomo, a aceite de eje, a lluvia sobre chapa, a una noche cerrada en un patio con una sola farola.
Las manos se movieron.