27.185 Capítulo 13. La llamada #2
39%

Capítulo 13. La llamada #2

Se levantó. Se fue. No cerró la puerta del todo, y por un instante Alba vio más allá una nave larga con una bombilla colgada de un cable y, al fondo, una cosa grande y metálica que subía hacia el techo.

La puerta se cerró. No contó el tiempo, porque tenía el corazón a doscientos por minuto y era inútil.

El hombre del bigote llegó a las ocho con el pan.

Venía cojeando un poco. Llevaba la linterna baja y la gorra calada, y al agacharse a dejar la botella ella vio que tenía un lado de la cara hinchado, un moratón violáceo que le subía desde la mandíbula hasta el pómulo, con el ojo medio cerrado. No era antiguo. Tendría seis días.

Seis días. Desde la radio.

Había encontrado el aparato en el bolsillo de un abrigo colgado de un clavo junto a la puerta, el día que se le olvidó cerrar con llave, y lo había cogido sin pensar.

Una portátil pequeña, de plástico negro.

Había pulsado el botón y había hablado hacia la oscuridad con la esperanza de que alguien, lejos, quisiera oírla.

Después había oído pasos, un grito, la puerta, un golpe.

Esa noche había escuchado, por el ruido, cómo le hacían algo a alguien en el pasillo, un golpe sordo, otro.

Y una voz que no era la del hombre de la linterna, más joven, que decía: «Le has dejado una radio, viejo. A ver cómo se lo explicas a Gonzalo.»

Y la otra voz, cansada, que contestaba: «Se la ha cogido ella del abrigo. Yo qué sé. Se la ha cogido.»

Alba se incorporó sobre el codo.

—Lo siento —dijo.

El hombre se detuvo. No se volvió.

—No preguntes —dijo, en un hilo de voz—. Así duras más.

—No era para que le pegaran.

—No preguntes.

—¿La oyó alguien?

Silencio. Un silencio largo, que ella midió sin querer: seis segundos, siete.

Por fin el hombre, muy despacio, giró la cabeza lo justo para que la linterna le diera en la mitad buena de la cara, y no contestó.

Dejó el pan en el suelo. Dejó, junto al pan, un segundo trozo, más pequeño, envuelto en una servilleta de papel. Y se fue.

Alba se quedó mirando la rendija de luz hasta que se apagó.

Dio un bocado al pan. Estaba duro. Lo masticó con cuidado, despacio, y mientras masticaba movió los nudillos contra el suelo, a contratiempo, en el hueco entre un golpe de noria y el siguiente.

Fuera el cierzo seguía. La campana dio las ocho y cuarto con su sol caído.

Pensó que alguien, quizá, había oído una campana, y que eso bastaba para contar un día más.

*

Esa noche durmió en la cabina.

Fue una decisión que tomó en el coche, camino del solar, sin saber por qué, pero con la seguridad de quien sigue una señal.

En el piso había tres llamadas, una furgoneta bajo la ventana y la sensación de ser un animal en una vitrina.

En la tractora, al menos, el ruido lo conocía.

Le dijo buenas noches al guarda, que le devolvió el saludo sin apartar los ojos de la tele.

—Hoy han venido a mirar una farola —añadió el hombre, al cabo de un rato, como quien recuerda un detalle sin importancia—. Dos tíos con mono, de la empresa del alumbrado, decían. Han estado media hora por el fondo. Yo no he mirado mucho; me estaba dando el partido.

—¿Tenían papeles?

—Tenían mono. —El guarda se encogió de hombros con una expresión de disculpa que no llegaba a ser vergüenza—. Con el mono ya no te dicen nada, Víctor. Es lo que pasa.

Víctor asintió. No añadió nada. Rodeó el camión, comprobó el cierre del remolque dos veces. Subió a la cabina, encendió la luz del techo, dejó la libreta en el salpicadero y abrió la cortina de la litera.

La cama estaba hecha. La manta gris, las esquinas a escuadra. Corrió la cortina.

Pasó cinco minutos sentado, con las manos en las rodillas.

Se quitó los zapatos. Se tumbó en la litera, vestido, con la cabeza hacia la parte de atrás y la cortina corrida.

Cerró los ojos. No podía dormir. Se incorporó, abrió la cortina, miró la cama deshecha, volvió a cerrarla.

Se tumbó. Se incorporó. Abrió, miró, cerró.

Cuatro veces. A la cuarta, sin darse cuenta, ya estaba hablando bajito, para sí mismo, como cuando era niño: «Está todo bien.

No hay nadie.» No sabía a quién se lo decía.

Se durmió a las doce y media.

Despertó a las 03:41, con la boca llena de metal y el corazón a la altura de la garganta.

Estaba oscuro. La cabina tenía el olor de siempre, gasoil frío, cuero de asiento, café viejo.

Se sentó. La luz de sodio del solar dibujaba una raya naranja en el parabrisas.

En el salpicadero, la libreta, el bolígrafo atado con su cuerda, el termo.

Y arriba, sobre el parasol del lado del conductor, algo blanco que antes no estaba.

Era una fotografía. Estaba sujeta con una goma elástica, de las que se usan para atar facturas, enrollada dos veces alrededor de la visera de cartón. Víctor no se movió. Respiró despacio por la nariz. Se quedó mirándola, con la luz del techo apagada, diez segundos. Veinte.

Alargó el brazo. Soltó la goma con dos dedos. Cogió la foto por los bordes y la acercó a la luz naranja.

Era Elena. Elena al volante de una tractora, joven, de cuando tenía el pelo largo y no le dolía la espalda, riéndose con la cabeza echada hacia atrás y una mano tapando el sol.

Él reconoció la cabina, reconoció la visera, reconoció la mancha de aceite en la esquina inferior izquierda.

Era la del Volvo viejo. La del camión que se perdió.

La foto que había tenido sujeta en la visera durante nueve años, hasta una noche de octubre, y que había dado por quemada o rota o perdida con todo lo demás.

Le dio la vuelta.

En el dorso, con tinta azul, en la letra inclinada y redonda de ella, la de las facturas y las notas para el frigorífico, ocho palabras:

Ven a casa, que el cierzo no perdona.

Era la frase de Elena. La que decía siempre que soplaba el viento del noroeste, cuando él salía a cargar y ella le abría la puerta del piso con el abrigo ya puesto, las llaves de él en una mano y un bocadillo envuelto en la otra.

Se la había escrito en el reverso de aquella foto un día de otoño, hacía más de veinte años, para que la llevara consigo.

No la había vuelto a ver desde la noche del accidente.

Alguien la tenía desde entonces. Alguien había estado esos diez años con ella en un cajón, o en un bolsillo, y la había traído esta tarde, entre un partido y una farola, y la había atado con una goma a la visera para que él la encontrara a las tres y cuarenta y uno de la madrugada.