27.185 Capítulo 13. La llamada
38%

Capítulo 13. La llamada

La primera llamada silenciosa del miércoles fue a las siete y cuarto de la mañana, cuando Víctor estaba de pie en la cocina con una taza de café frío en la mano y la persiana subida hasta la mitad. Número oculto. Contestó a la tercera señal.

—¿Sí?

Nada. Esta vez no era el silencio de línea cortada. Era un silencio con aire, con un fondo muy fino que podía ser una habitación grande o un coche parado. Esperó. Contó hasta cuatro, sin querer, y volvió a contar hasta cuatro.

—Dime algo —dijo.

Entonces oyó la respiración. Corta, medida, la de alguien que toma aire una sola vez antes de decir una cosa que ya sabe cómo termina. Duró un segundo. Después, un clic, y el tono.

Se quedó mirando el teléfono. La segunda llamada llegó a las ocho y diez, y la tercera a las nueve, y en las dos pasó lo mismo, el aire, la respiración corta, el clic.

A la tercera no preguntó nada. Dejó el aparato sobre la encimera boca arriba y lo miró hasta que se apagó la pantalla.

Pensó que había oído esa respiración antes.

No la identificó, y la sensación no se le fue como se van las sensaciones cuando uno las mira: se quedó, una piedra pequeña debajo de la lengua.

A las nueve y media llamó Sara.

—Tengo dos cosas, y no son buenas ni malas.

—Su voz tenía la frialdad atenta de quien lleva dos noches sin dormir—.

La primera: el laboratorio ha adelantado el cruce de la sangre del silo.

No es de Alba. Es de un varón, y coincide con una muestra de referencia del cuñado de Cuesta, que dio la muestra de buen grado.

Víctor cerró los ojos. Notó cómo el aire le salía de los pulmones como si se lo hubieran sacado con las dos manos, y se dio cuenta de lo que había estado conteniendo durante tres días.

—Gracias —dijo.

—No hay de qué. Fermín Cuesta sigue siendo un receptador, pero no es nuestro hombre.

La segunda: el forense de Ferrer. Dice que la dosis de ansiolíticos es compatible con un suicidio y que no hay lesiones de defensa.

Pero la toxicología completa tardará. Y no puede descartar que alguien le hubiera dado de beber algo con las pastillas disueltas, porque en el whisky encontró restos de una cosa que no es lo que había en los frascos.

—Hizo una pausa—. No es una prueba. Es una grieta.

—¿Qué va a hacer?

—Pedir que el caso de Ferrer se vincule al de la niña. Se lo he pedido a mi capitán. —Otra pausa, más larga—. Dice que no hay nada que los una. Que una nota impresa y un soldador apagado no son un nexo.

—¿Y usted qué dice?

—Que tengo una vecina que vio un coche. Que tengo una hoja sombreada con tres letras y una cifra.

Y que a un hombre de sesenta y cuatro años, sin enemigos, con una esposa enferma, la noche en que acababa de reconocer su propia huella en la señal, le pasó lo que le pasó.

—Calló—. Lo estoy mirando. Usted no se acerque a nada.

—No me acerco a nada.

—Sí, claro.

Colgó antes de que él pudiera responder. En el balcón de la cocina entraba una luz plana de noviembre, sin sombras. Abajo, la furgoneta gris seguía en su sitio.

*

Fue con Lucía a la residencia a las cuatro de la tarde.

Lo había pedido ella, por teléfono, con la voz rota de quien lleva toda la mañana sin comer: «No quiero ir sola, y tampoco quiero ir con nadie que no lo haya conocido.

» La residencia de Carmen era un edificio de ladrillo claro con jardín interior, en las afueras de Alcalá, y olía a lejía y a comida de cuchara.

Una trabajadora social con ojos azules y las manos entrelazadas los llevó hasta una salita con una televisión apagada, un sillón de orejas y una ventana al patio.

Carmen estaba sentada junto a la ventana, con una manta de cuadros sobre las rodillas y el pelo corto, muy blanco, recién peinado.

Tenía la mirada clara y sin fondo de las fotografías.

Cuando Lucía se acercó y se puso en cuclillas delante de ella, le sonrió con una cortesía exquisita, como a una visita que no se espera.

—Buenas tardes, hija.

—Carmen. Soy Lucía. La de las antenas.

—Ah, la de las antenas. —Asintió, complacida—. Julián habla mucho de ti. Dice que eres lista.

Lucía tragó saliva. No habló durante unos segundos.

Después le cogió las dos manos, que eran pequeñas y calientes, y le dijo despacio, con una dulzura que Víctor no le conocía, que Julián había tenido un accidente, que no iba a poder venir más, que había muerto el lunes por la noche.

Carmen escuchó con los ojos fijos en su cara.

Asintió. Dijo que qué pena, que era un hombre tan bueno, que tenía que avisar a Julián para que fuera a ver a la familia.

—Carmen —dijo Lucía.

—¿Sí, hija?

—Julián ha muerto.

—Ay, qué cosa más triste. —Se llevó una mano al pecho—. ¿Y cómo ha sido? ¿Ha sufrido?

Lucía respiró hacia dentro.

—No lo creo.

—Menos mal. —La mujer miró por la ventana—. Hoy me ha venido a ver. Estaba muy callado. Me ha dicho que tenía que arreglar una radio de un señor.

Hubo un silencio. Víctor, de pie junto a la puerta, se acercó un paso.

—¿De qué señor, Carmen?

—No sé, hijo. Dijo que era de un hombre al que le hacía falta. —Frunció el ceño, y sonrió de pronto con la cara de quien recuerda algo agradable—. Me trajo bombones. ¿Quieres un bombón?

No había bombones. Lucía lloró con la frente apoyada en las rodillas de Carmen, y la mujer, sin entender nada, le acarició el pelo corto con una mano que sabía lo que hacía.

«Ya está, hija. Ya está.» Víctor miró la ventana.

En el patio, un anciano con andador daba la vuelta a una fuente seca a un paso por minuto, concentrado en sus pies.

En el coche, Lucía no dijo nada hasta la rotonda. Después apoyó la cabeza contra la ventanilla.

—Hoy no ha venido, Víctor.

—Lo sé.

—Se lo ha inventado. O se lo ha inventado el cerebro para que no duela. Mañana se habrá olvidado. Y pasado volverá a preguntar por él. —Se limpió la cara con la manga—. Hay que ser muy fuerte para morirse de olvido.

*

El golpe de la máquina había cambiado de textura.

Alba lo notó a la hora del pan. Hacía tiempo que no necesitaba ver para saber a qué hora era; tenía una cuenta interior hecha de cosas pequeñas.

La raya de luz bajo la puerta, que se encendía cada vez que alguien pasaba y se apagaba cuando se alejaba.

Los pasos, primero en grava, luego en cemento.

Una ronda cada siete minutos, a la derecha, a la izquierda, sin variar.

Cada tres rondas, uno se paraba un momento delante de su puerta y golpeaba la chapa con la yema del dedo, tac, para comprobar que seguía en su sitio: veintiuno, no veinte.

La primera noche había contado veinte porque solo contaba las paradas; ahora tenía la estructura entera. Siete, siete, siete y tac.

Las voces cambiaban a las diez y a las seis.

Eso lo sabía por la forma de las pisadas: un par de botas pesadas que se iban y otro par, más ligero, que llegaba.

El de las botas pesadas fumaba. El otro hablaba solo bajito, en una lengua que no era la suya.

Alba los llamaba el Pesado y el Cantor, en voz muy baja, para no olvidar que seguía teniendo derecho a ponerles nombre.

Hoy, además, el golpe sonaba distinto. No más fuerte ni más lento: más ronco, como si la máquina estuviera cansada.

Y el cierzo. Había aprendido la palabra por el hombre del bigote, que una vez, al dejarle el pan, había dicho sin mirarla: «Menudo cierzo.

» Fuera, a través de las paredes, el viento entraba en cualquier rendija con un silbo agudo y sostenido que se mezclaba con la noria y con la campana, y entre las tres cosas se hacía una música rara, sin compás, que ella ordenaba a su manera.

Noria, golpe. Viento, glissando. Campana, sol bajo.

El de la voz seca vino a las siete.

Reconoció los pasos antes de que se detuvieran: rápidos, secos, sin una pausa.

La llave sí se usó, esta vez. La puerta se abrió y la luz de una linterna le dio en la cara, y Alba entornó los ojos y se obligó a no levantar una mano.

Gonzalo, que así lo oía llamar, se plantó delante de ella con las botas separadas y la linterna apuntando a su cara.

—Vamos a repetirlo.

—Ya lo he dicho.

—Dilo otra vez.

Alba lo dijo otra vez. Lo dijo con el tono con que repetía un ejercicio de memoria: que había grabado un audio con el móvil, de pie detrás de la escuela, de un remolque que daba golpes y se abrió una puerta.

Que lo había grabado para su colección de sonidos, la de la clase de percusión de campo, que tenía en una carpeta.

Que la carpeta se sincronizaba sola con una nube compartida con su profesor, Rober, que la revisaba los jueves.

Que la contraseña estaba solo en el móvil, el que ellos habían destrozado.

Que el archivo estaba allí, esperando, en una carpeta que se llamaba Pulso_campo , y que si le pasaba algo, Rober lo vería un jueves cualquiera.

Era mentira de principio a fin. El audio estaba en el móvil y en ningún otro sitio.

No había nube, ni Rober había mirado jamás su carpeta, ni la carpeta se llamaba así.

Lo había improvisado el primer día, cuando ese hombre le puso el cañón de la linterna en la mejilla y preguntó con una voz tranquila quién más lo tenía, y las palabras le salieron antes que el miedo.

Desde entonces las había repetido siempre igual, como un compás grabado en el cuerpo. Era lo único que sabía hacer bien.

—Una nube —dijo Gonzalo.

—Una nube.

—Y tu profesor mira la nube los jueves.

—Sí.

—Hoy es miércoles. —Se agachó, hasta quedar a su altura—. Si el jueves tu profesor no ve nada, lo vigilamos. Si ve algo, tampoco lo vamos a dejar vivir mucho. Y tú te quedas sin utilidad. ¿Me entiendes?

—Entiendo.

—Esta noche piensas la contraseña. Y mañana la dices.

—Ya le he dicho que la contraseña está solo en el móvil.

—Pues piensa otra cosa.