Capítulo 12. Silencio de portadora #2
—No lo sé. —Y miró alrededor, de golpe, la mesa, el estante, el suelo—. Falta su móvil. El teléfono de Julián no está. Y falta su libreta. La de hule, la negra, que llevaba en el bolsillo de la camisa y en la que apuntaba todo.
El cabo, que se había acercado, escuchó esto último sin hablar. Fotografió el taco de notas con la hoja sombreada. Quedó un momento mirando el soporte frío del soldador.
—Lo digo ya —murmuró al fin—. Voy a pedir que venga alguien de Madrid.
*
En el portal de al lado había una mujer de unos setenta y cinco años, con una bata de guatiné y un pañuelo en el pelo, que llevaba toda la mañana asomándose y retirándose como una tortuga.
Se llamaba Remedios. Se acercó a Lucía cuando salió a por aire y le agarró la manga con una mano pequeña y fuerte.
—Hija, era un hombre bueno. Se lo digo yo, que le llevo las cosas del butano.
—Gracias, doña Remedios.
—Pues a lo que iba. Que yo no sé si esto sirve, pero a mí me quedó la espina.
Anoche, a las doce pasadas, estaba yo en la cocina con el vaso de leche.
Y paró un coche ahí, delante de la casa, de esos grandes, oscuros, con las luces apagadas.
No lo oí llegar, lo oí parar. Se abrió una puerta y se cerró.
Y pensé: es el amigo del camión, que viene a verle.
—Se santiguó sin darse cuenta—. A la media hora oí el coche irse.
Sin prisa, ¿eh? Con el motor muy bajo. Y luego ya nada.
—¿Vio a alguien?
—Un bulto. Un hombre. Joven, por cómo andaba. Con gorra.
Lucía le dio las gracias con una voz que no le salía, y volvió adentro con la espalda recta. Se lo contó al cabo en el pasillo, y el cabo lo apuntó sin cambiar de cara, con ese cuidado de quien anota una cosa que le gustaría no tener que anotar. Pero lo apuntó.
Se sentaron luego en la cocina otra vez, sin hablar.
En el fregadero seguía la taza de Julián.
Víctor sacó el móvil y leyó el mensaje de las once y doce una vez más, con el pulgar sobre la pantalla.
Esa radio la has oído antes. Pensó en la llamada de la noche anterior y en que, a las once y doce, estaba despierto y tumbado en la cama con el teléfono en la mano, y que no había contestado.
«Mañana te lo cuento», había dicho Julián.
Y él se había quedado esperando el mañana como se espera un autobús.
—No fue culpa tuya —dijo Lucía, sin mirarlo.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de pensarlo con esa cara.
—Tú también.
Lucía soltó una risa corta y rota, y se tapó la cara con las manos. Le temblaban los hombros. Víctor le puso la mano en el codo y la dejó hasta que acabó.
*
Sara llamó a las tres menos cuarto. Había visto el parte de la Guardia Civil de Madrid, que entraba en su pantalla porque el nombre de Ferrer figuraba en su expediente, y llevaba una hora hablando con el juzgado de guardia.
Víctor oyó su voz a través de una puerta cerrada, en el pasillo del taller, donde se había ido a apoyar la frente contra la pared.
—Dígame lo que ha visto.
Se lo dijo. El soldador, la nota impresa, el altillo, la hoja sombreada, el mensaje, el whisky y la huella que Julián había encontrado en la señal.
Y que la tarde anterior Julián había llamado delante de ellos a un tal Chema, antiguo ayudante suyo y hoy encargado del parque de vehículos de una empresa de Guadalajara.
Sara escuchó sin interrumpir, y al oír el nombre anotó algo, y cuando él terminó hubo un silencio en el que se oyó una puerta de coche.
—Voy para allá. Llegaré a las cinco. No haga ni diga nada que no hayan dicho ya. Y, señor Salas.
—Dígame.
—Lo siento. Era su amigo.
Colgó. Víctor se quedó con el teléfono y no pensó en nada durante un minuto entero. Después recordó una taza con un asa al revés, y se dio cuenta de que tenía los ojos secos y duros, como cuando se frena en hielo.
El cuerpo salió a las cuatro menos veinte.
Lo sacaron por la puerta del taller en una camilla cubierta, entre dos técnicos, y Lucía, desde el umbral del pasillo, hizo el gesto de levantar una mano y la dejó caer.
El cabo les dijo que la casa quedaba precintada hasta el lunes; que podían coger lo imprescindible, nada de equipos; que Carmen sería avisada por la trabajadora social de la residencia, con tacto.
Lucía pidió con voz muy baja que le dejaran hacerlo a ella. Se lo concedieron.
Se quedaron un rato más, después de que el último coche se fuera, porque ninguno de los dos sabía cómo salir de una casa en la que acababa de morir alguien.
La luz del flexo seguía encendida. Lucía lo apagó.
Fue a la cocina, enjuagó dos vasos, volvió con un vaso de agua, y se lo dio a Víctor sin mirarlo.
En el taller, el silencio tenía una textura rara.
No era el de una habitación vacía; era el de una habitación en la que todo está esperando.
El osciloscopio. Las cajas de cartón. El banco con sus tornillos.
En una balda, entre un transformador y una bobina, sobre un trapo doblado, un receptor de sobremesa de los años ochenta que Julián usaba para escuchar el CB sin escucharlo, en barrido, saltando de canal en canal con un clic de relé cada dos segundos.
Lo había dejado encendido. Con el volumen bajo.
Dentro del taller vacío se oía su respiración.
Clic. Un murmullo. Clic. Un silbido lejano. Clic.
Y se detuvo.
El receptor había quedado clavado en una posición.
El dial marcaba 27.185. Por el altavoz, a un volumen mínimo, entró primero un ruido de portadora, el soplo de un transmisor al abrirse, y después una voz que Víctor no había oído nunca y que sin embargo reconoció, porque tenía la dicción de las voces que se han ensayado delante de un espejo: joven, plana, sin un solo matiz.
De hombre de veinticinco años que lee en voz alta.
—Mochuelo.
Lucía se quedó rígida junto al banco, con el vaso en la mano.
—Ya no queda nadie que te ayude.
El clic del relé. El dial de nuevo en movimiento, saltando al canal siguiente, y al siguiente, como si no hubiera pasado nada.
Víctor salió corriendo. Cruzó el recibidor, abrió de un tirón y se plantó en medio de la calle sin acera, en el frío, entre las antenas, con la respiración rota.
No había nadie. Un perro cruzó el fondo de la calle.
A veinte metros, bajo el esqueleto de la antena de televisión, la furgoneta gris tenía el motor apagado y el cristal del conductor medio bajado, y el hombre de la gorra lo miraba con la cara de quien no ha oído nada.