27.185 Capítulo 12. Silencio de portadora
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Capítulo 12. Silencio de portadora

A las ocho de la mañana Víctor llamó a Julián y el teléfono sonó hasta saltar el buzón.

A las ocho y veinte volvió a llamar. A las nueve menos diez dejó un mensaje de voz que le salió más largo de lo que pensaba, con la frase «dime algo cuando veas esto» dicha dos veces, y se quedó de pie en la cocina con el aparato en la mano, mirando el atún que no se había comido el viernes.

Julián no contestaba nunca a la primera, pero contestaba. Era un hombre que se despertaba a las seis, que a las siete ya tenía el café hecho y a las ocho había soldado dos cosas. Lo de «mañana te lo cuento» lo había dicho él, y Julián cumplía lo que prometía, aunque fuese por vanidad.

A las nueve y veinte sonó el móvil de Víctor. Era Lucía.

—¿Sabes algo de Julián?

—No contesta.

—A mí tampoco. Lo he llamado cuatro veces. Ni un mensaje. —Se oía el viento en el micrófono; iba en la moto—. Tengo llave. Me la dio cuando empezó lo de Carmen, por si le pasaba algo. Voy para allá.

—Voy contigo.

—Víctor. —Una pausa—. Seguramente se ha quedado dormido en el sillón. Dime que se ha quedado dormido en el sillón.

—Se ha quedado dormido en el sillón.

La furgoneta gris arrancó detrás de él en cuanto salió del portal.

Esta vez no la miró por el retrovisor. Condujo a ciento diez por una autovía que se le hizo larguísima, con los dos puños en el volante, a las diez y las dos, y la certeza de que cada kilómetro que pasaba le daba la razón a una parte de él que habría preferido callada.

*

La calle sin acera estaba igual que la tarde anterior: el cobertizo de uralita, las antenas con su aire de banderas de puerto, el Seat de Julián aparcado de lado frente a la puerta.

Lucía había llegado antes. Dejó la moto sobre el bordillo y estaba de pie en el umbral con el casco aún puesto y la llave en la mano, sin meterla.

—No ha salido el coche —dijo.

—No.

—Las persianas del taller están subidas. Y hay luz dentro. Desde las diez de la noche, Julián apaga todo. Lo apaga siempre. —Se quitó el casco. Tenía la cara blanca y sin gafas; las llevaba colgadas al cuello, de la cinta—. Abre tú. A mí me tiemblan las manos.

La puerta estaba cerrada con llave pero sin echar el pasador.

Víctor giró la cerradura y empujó. En el recibidor olía a café frío, a estaño y a un olor suave y raro, dulzón, que no era de la casa.

El pasillo daba al taller. La puerta de cristal esmerilado estaba entornada y por la rendija entraba la luz amarilla del flexo.

—¡Julián! —gritó Lucía.

Nada. La radio de válvulas con el dial roto, en el estante, emitía un chasquido cada cierto tiempo, como un animal que respira en sueños.

Víctor empujó el cristal.

Julián estaba sentado en su sillón de trabajo, de cara al banco, con la cabeza caída hacia delante y apoyada en el antebrazo derecho, que descansaba sobre la mesa entre el osciloscopio y una caja de cartón con la palabra PROVISIONAL .

Llevaba la camisa de cuadros y el jersey que no era suyo.

Las gafas de soldar, subidas a la frente.

A su lado había un vaso corto con un dedo de whisky, un frasco de pastillas vacío, otro caído, y un papel doblado por la mitad apoyado contra la lámpara.

Víctor supo que estaba muerto antes de acercarse. No por la inmovilidad, que podía engañar, sino por el color de las manos, y por esa quietud sin peso que tienen los cuerpos cuando ya no se sostienen a sí mismos. Se detuvo a un paso. No tocó nada.

Detrás de él, Lucía hizo un ruido que no fue una palabra. Se la oyó sentarse en el suelo del pasillo, de golpe, con la espalda contra la pared, y quedarse allí con las rodillas contra el pecho y los dedos clavados en el pelo muy corto.

—No —dijo—. No, no, no.

Víctor se arrodilló a su lado y no supo qué hacer con las manos. Le puso una en el hombro, que temblaba, y la dejó allí. Estuvieron así un tiempo que no medía el reloj de la pared, que adelantaba. Cuando Lucía levantó la cara, estaba llorando sin ruido, con los ojos abiertos.

—Anótalo —dijo, con una voz que no era la suya—. Anótalo como lo que es. Dilo.

—Julián ha muerto.

—Sí. —Se tapó la boca con la muñeca—. Sí. Ya.

*

El cabo Ibáñez llegó a las once y diez, con un guardia joven y un médico del servicio de urgencias que no tuvo prisa.

Tenía unos cuarenta y cinco años, la cara cansada de los que han visto muchas veces la misma escena y quieren seguir viéndola con respeto, y trataba a Julián con la deferencia de quien entra en una casa ajena.

El forense llegó una hora después, con un maletín y una opinión que guardó para sí.

Víctor y Lucía esperaron en la cocina, en dos sillas de formica.

La taza de Julián estaba en el fregadero, enjuagada, con el asa al revés.

En la nevera, bajo un imán, había una factura de la residencia de Carmen con el recargo de enero rodeado a bolígrafo, y una nota a mano con la letra pequeña y vertical de Julián: «Hablar con Antonio, banco. Jueves.»

—Las deudas son reales —dijo Lucía, mirándola—. Se las he visto yo. Estaba ahogado, Víctor.

—Lo sé.

—No quiero que sea lo que parece.

El cabo vino a la cocina a las doce y media. Se sentó con ellos y les habló despacio.

—Les pido que me disculpen la pregunta. ¿Estaba el señor Ferrer en un mal momento?

—Estaba mal —dijo Lucía—. Pero no así.

—Su esposa está ingresada en una residencia, ¿no?

Alzhéimer. Hay recargos, un atraso con el banco.

—Miró la nevera sin mirarla—. Hay una nota.

Está impresa. Dice: «Perdón, no puedo más.

» No tiene firma. Y los frascos son medicación de su esposa, de cuando vivía en casa.

Hay un vaso de whisky. No les digo que sea lo que parece. Les digo que es lo que parece.

—Julián no escribía a máquina —dijo Víctor.

—Hay gente que cambia.

—Escribía a mano todos los días de su vida. Hasta las facturas. Tiene una impresora ahí detrás, y no tiene tinta. Se lo dijo a Lucía hace un mes. —Se oyó hablar con una voz que no era la que usaba—. Y no bebía. Tenía una botella en el estante para las visitas desde hace tres años y nunca la abrió.

—Y el soldador —dijo Lucía.

El cabo la miró.

—¿Qué soldador?

—El que está en el soporte. Está apagado. Julián no lo apagaba nunca, ni para dormir, ni para ir a comer. Lo dejaba caliente en el soporte para no esperar. Se lo reprochaba yo cada semana. «Un día te quemas la casa.» «Un día me ahorro cuatro minutos.» —Su voz se quebró en el medio—. Se lo apagaron.

El cabo tardó un segundo en responder, y cuando lo hizo fue sin dureza.

—Señorita. Todo eso puede ser verdad y puede ser que un hombre, el último día, haya cambiado todo lo que hacía. Pasa más de lo que se cree. La gente deja su casa en orden. Lo he visto cuatro veces.

—Tenemos un mensaje —dijo Víctor, y sacó el teléfono. Lo puso sobre la mesa con la pantalla hacia arriba—. De las once y doce de anoche. «Esa radio la has oído antes. Mañana te lo cuento.» Un hombre que va a quitarse la vida a las doce no escribe «mañana te lo cuento».

El cabo leyó. Lo leyó dos veces, y se frotó la nuca.

—Lo anoto. De verdad que lo anoto. —Se levantó—.

Pero no es una prueba, es una frase. Y yo tengo una nota, unos frascos y un cuadro clínico de depresión, probablemente, de un hombre en situación económica terminal.

Si el forense encuentra algo, se abrirá la investigación.

Y mientras tanto les pido que no toquen nada, ni se lleven nada, ni digan nada que pueda enredar lo que hay.

*

Lucía se puso de pie a la una menos veinte y no dijo adónde iba. Subió la escalera del altillo, la de madera, con peldaños de cuarenta años, y Víctor, que no se atrevía a dejarla sola, subió detrás.

El altillo era un desván bajo con vigas de madera y un tragaluz sucio.

Había cajas de cartón por todas partes, llenas de papel: albaranes, recibos, cuadernos de tapas negras, cables, manuales.

Las habían abierto. No con violencia; con prisa.

Varias estaban volcadas y tenían las solapas dobladas hacia fuera, y los papeles se derramaban por el suelo en abanico, como baraja que alguien ha esparcido buscando una carta.

—Ayer a las seis estaba todo en su sitio —murmuró Lucía—. Y él, cuando abría una caja, la dejaba como la había encontrado; no así. Los tenía por años, en esta balda.

En la tabla más alta de una estantería había un hueco.

Una franja de madera limpia, más clara que el resto, de unos veinte centímetros de ancho y treinta de largo, en un polvo que llevaba años intacto.

Alrededor, los cuadernos de otros años apilados con su goma.

En el medio, el rectángulo exacto de un libro de cuentas que ya no estaba.

—Lo han cogido —dijo Víctor.

—Alguien ha cogido el libro de cuentas de los años en que hacía las radios. Y ha dejado todos los demás. —Lucía se pasó el antebrazo por los ojos—. No es un robo, Víctor. Es una selección.

Bajaron. En el taller seguía el cuerpo, ahora cubierto, y los técnicos con sus bolsas de plástico.

Lucía se acercó al banco y no miró el sillón.

Había junto al teclado un taco de notas amarillas, de los que Julián usaba para apuntar números de teléfono.

Lo observó un rato. Después cogió un lápiz del bote, lo afiló con la uña, y pasó la mina de lado, muy suave, sobre la hoja de arriba, que estaba en blanco.

Del gris fue saliendo una escritura hundida, en blanco sobre negro. Letras de molde, apretadas, con la fuerza de quien ha escrito sobre otra hoja que ya no estaba.

A.R. – 40 eq.

Debajo, muy débil, algo más: una cifra a medias, un guion, y un subrayado doble.

—No se lleva nunca. —Lucía respiraba por la boca—. La hoja que escribes se la llevas, pero la de debajo se queda. Mira. Escribió «A.R., cuarenta equipos», hizo una raya debajo, arrancó la hoja y se la llevó o se la llevaron. No las quemó, no la rompió. Tenía prisa. Y alguien tuvo más prisa que él.

—¿Qué es A.R.?