Capítulo 11. La huella #2
Cruzó la calle antes de que pudiera impedírselo.
Caminó derecha hasta la ventanilla del conductor y golpeó el cristal con los nudillos, dos veces, con la seguridad de quien llama a una puerta propia.
El cristal bajó. Víctor no oyó lo que se dijeron.
Vio al hombre de la gorra inclinarse, decir algo corto, levantar un vaso de plástico; vio a Lucía asentir, volver la espalda y regresar con las manos metidas en la parka y la barbilla muy alta.
—¿Qué ha dicho?
—Que espera a un amigo. —Le temblaba un poco la voz—. Que lleva dos días esperándole.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que ojalá llegue pronto, porque hace frío. —Se puso el casco—. Me ha sonreído, Víctor. Con una sonrisa muy educada. No me ha gustado nada.
Arrancó la moto con un golpe de pie y se perdió calle abajo, y Víctor se quedó mirando cómo el piloto trasero se hacía pequeño. Detrás, en la furgoneta, la luz de dentro se encendió y se apagó.
*
Sara Molina había pasado la mañana del lunes en la planta baja de la Comandancia, entre estanterías de archivo que olían a humedad y a papel de oficina, buscando cinco carpetas con las que llevaba ocho años sin cruzar la mirada.
Las encontró en el tercer pasillo, en una balda baja, con los lomos escritos a mano: Fugas voluntarias.
Menores. Centros. Corredor del Henares. Las sacó de una en una.
Cinco nombres de chicas de catorce a dieciséis años, de centros de menores de Alcalá, Guadalajara y Azuqueca.
Yasmina. Carolina. Estefanía. Lidia. Rocío.
Cinco desapariciones entre septiembre y noviembre, a lo largo de tres años.
Todas con un historial de escapadas previas, con una educadora que decía «ya la conocemos», con un informe policial que decía «sin indicios de delito».
Todas cerradas por ella, con su firma, al cumplirse los plazos.
Se sentó en el suelo, entre dos estanterías, con la espalda contra el hierro.
Leyó con el dedo bajando por el margen, como hacía con todo.
Le dolía una cosa muy precisa y muy vieja, que no era culpa, porque la culpa se arregla.
Era una incomodidad de cuando se firma un papel sabiendo que no se está convencida.
Había abierto aquellas cinco carpetas un martes de hace ocho años, con un montón de expedientes de adultos esperando detrás, y las había cerrado una a una, por plazo, por saturación, por una educadora que decía «ya la conocemos» con el cansancio de quien ha visto muchas veces el mismo final.
En la de Lidia había una nota a lápiz, de otra mano: «Camión.
Portal 2. Testigo, 14 años, vio un camión largo parado frente al centro a las 23:00.
No identificado.» Ella no la había escrito.
No recordaba haberla leído. Sacó el móvil y fotografió la hoja.
Hizo después algo que no sabía por qué hacía: abrió una hoja en blanco de su libreta y escribió, de memoria, cinco nombres en columna.
Yasmina. Carolina. Estefanía. Lidia. Rocío.
Al lado, tres palabras que se repetían en todas.
Otoño. Centro. Noche. Y debajo, tras mirar el vacío del pasillo, una cuarta: Camión.
La subrayó dos veces y tachó el subrayado con vergüenza.
—Sara. —La voz venía del pasillo, cálida—. Sabía que te encontraría aquí.
El capitán Barroso llevaba la taza del perro y una carpeta bajo el brazo. Se asomó entre las baldas y sonrió, con las patas de gallo de los hombres que han sonreído mucho a otros.
—He pasado la mañana al teléfono —dijo, y se acuclilló a su lado sin tocar nada—. Con Zaragoza, con Calatayud. Me cuentan que tuviste un domingo movido. Un silo, un detenido, un remolque con sangre. Y que Guadalajara no había pedido nada.
—Fui a comprobar una denuncia.
—Ya. Y yo les he dicho eso mismo. —Le puso la mano en el hombro un segundo.
Era un gesto amistoso—. Te cubro esta vez.
Pero tienes que prometerme una cosa. No te dispersas.
Tienes un caso, que es la niña. No tienes cinco más.
Las cosas se cierran porque deben cerrarse, Sara.
No siempre queda bien lo que se cierra; ahí no está el fallo, está en la vida.
—Una de ellas vio un camión.
—Una de ellas vio un camión. Nunca se llegó a nada. Había miles de camiones, hija. —Se levantó con un crujido de rodillas—. Hazme caso. Descansa. Ve a casa. Mañana lo miramos con calma.
Se fue por el pasillo con la taza en la mano, saludando a alguien invisible con la cabeza.
Sara se quedó un rato más en el suelo, con las carpetas abiertas sobre las rodillas.
La nota a lápiz le miraba desde la hoja.
Pensó que Barroso había dicho «hija» como se dice a un compañero, y no a un subordinado, y que ese «hija» le había sonado, por un instante muy corto, a una orden.
Cerró la carpeta y guardó el móvil. No fue a casa.
Fue, a las diez menos veinte de la noche, a Los Tilos.
Aparcó el coche particular a cien metros de la escuela de música, bajó, y echó a andar hasta la parada de autobús sin marquesina de la calle Hornos.
Era un polígono vacío: rotondas sin coches, farolas naranjas en las que zumbaba la luz, un olor a cartón mojado que venía de un contenedor abierto.
Se detuvo bajo el poste de la parada y miró la hora.
Eran las 21:55. Se quedó allí cinco minutos, sin moverse, con las manos en los bolsillos, escuchando.
Se oían las pisadas de un perro, el motor de un camión muy lejos, el tic de una farola.
A su espalda, la escuela, cerrada, con un rótulo apagado, Pulso , y una ventana del primer piso con un cartel de la Guardia Civil.
Enfrente, al otro lado de la calle, una nave de portón metálico bajado, sin luz, con una rampa de carga y, sobre la puerta, el óxido pálido de un rótulo del que solo se leían tres letras.
Pensó que a esa hora, un lunes, una chica con una mochila negra y un portabaquetas de tela habría esperado el autobús aquí, de cara a esa nave, con los auriculares puestos, sin mirar atrás.
Cuatro minutos y medio. Eso era lo que se tarda en que una furgoneta pare, se abra una puerta y alguien desaparezca.
Lo había contado una vez, hacía ocho años, en una calle parecida.
Se dio la vuelta. En lo alto de un poste, a diez metros, una cámara de vigilancia apuntaba a la parada con su lucecita roja apagada.
La anotó. Era la cuarta cosa que anotaba aquel día, y todavía no sabía de qué le servirían.
*
Esa noche, Víctor no durmió y no hizo nada para dormir.
Cenó en la cocina un plato de lentejas del día anterior, sin calentarlas.
A las nueve llamó a Julián. El teléfono sonó seis veces y saltó el buzón.
Dejó un mensaje de cinco palabras, «avisa si necesitas algo», y al colgar se dio cuenta de que le había salido el tono de quien se despide de alguien que va a hacer un viaje.
Dejó la ventana del balcón entornada y la persiana a medias, y de vez en cuando, sin acercarse, miraba la calle de abajo.
La furgoneta estaba en su sitio. A las diez se encendió la luz de dentro y se apagó.
A las diez y media, el hombre de la gorra y otro, que había llegado a pie sin que Víctor lo viera venir, hicieron el relevo con la naturalidad de dos camioneros que cambian de turno.
Se saludaron con un gesto. El nuevo se subió a la furgoneta y cerró la puerta sin ruido.
Se acostó a las once menos veinte, vestido. El teléfono vibró encima de la mesilla a las once y doce.
Era un mensaje de Julián, el primero que le mandaba en la vida con la letra torcida de quien teclea con un solo dedo y no se atreve a corregir. Víctor lo leyó con la cabeza apoyada en la almohada. Tardó en comprenderlo. Después lo leyó otra vez, sentado, con los pies en el suelo frío.
Esa radio la has oído antes. Mañana te lo cuento.