Capítulo 11. La huella
Sara llamó a las nueve y cuarto de la mañana, cuando Víctor llevaba cuatro horas despierto y dos mirando la furgoneta a través de la persiana.
—Fermín Cuesta ha declarado ante el juez de Calatayud. Libertad provisional con cargos por receptación. Dice lo mismo que ayer: el cobre es de un chatarrero de Épila y la sangre es de su cuñado.
—¿Y usted le cree?
—Creo lo que me diga el laboratorio, señor Salas. Que tardará días. —Se oyó una taza dejándose sobre una mesa—. Una cosa más. Ayer, en el silo, se puso delante de mi compañero. No le pedí que lo hiciera y no vuelva a hacerlo. Pero lo hizo, y yo lo vi. Quiero que lo sepa.
—Gracias.
—No son gracias. Es un dato. —Una pausa—. Dígame una cosa. ¿Ha dormido?
—Un poco.
—Mienta mejor. Y ni un solo paso fuera de casa que yo no sepa. Esta vez en serio.
Colgó. Víctor se quedó con el teléfono en la mano, mirando la calle.
El hombre de la gorra se había bajado de la furgoneta y estiraba la espalda junto al contenedor con las manos en los riñones, como cualquiera.
Vio que le miraba. Levantó una mano en un saludo.
Víctor la levantó también, un segundo, por reflejo.
Después se vistió y bajó a por el coche.
*
La furgoneta gris lo siguió hasta Meco y se quedó en la esquina de la calle sin acera, con el motor apagado, a la sombra de una antena de televisión que llevaba treinta años sin recibir nada.
Víctor la miró por el retrovisor al apagar el coche.
Ya no se molestaba en fingir que no la veía.
El hombre de la gorra tampoco se molestaba en fingir que no lo miraba.
Eran las cuatro y media del lunes. Julián había pasado la mañana en la residencia, con Carmen y sus pruebas, y había vuelto con los resultados prometidos para el jueves y un humor de cuchilla. Abrió la puerta del taller con las gafas de soldar subidas a la frente y no dijo buenas tardes.
—Pasad. Lucía ya está. No toquéis nada, que desde ayer a las seis todo está en equilibrio más precario que de costumbre.
Lucía estaba sentada en la silla que cojeaba, con las piernas cruzadas y una taza de café sin tocar. Llevaba la parka puesta y no se la había quitado. Saludó a Víctor con una inclinación de cabeza. No habían hablado a solas desde el silo, y se notaba.
Sobre el banco de trabajo, entre un osciloscopio y una caja de cartón con la palabra PROVISIONAL , Julián había montado un aparato que Víctor no le conocía. Era gris, del tamaño de un microondas, con un panel de botones de goma y una pantalla verde donde una línea temblaba.
—Analizador de espectro —dijo Julián—. De los de antes. Me lo prestó un compañero de la universidad hace veinte años y todavía no me lo ha pedido. Esto no es un espectrograma de portátil. Esto es una radiografía.
—Dijiste que el bucle de ayer no llevaba tu zumbido —dijo Lucía.
—Y no lo lleva. El del domingo es un aparato moderno, limpio como una patena. Quería ver otra cosa. —Pulsó una tecla—. Me he pasado la noche con las dos primeras, las del catarro. La del martes y la del jueves, las de Víctor. Y me ha dado por mirar el zumbido con la lupa. Sentaos.
No se sentaron. Julián puso el audio. Un ronroneo grave con un rizado que subía y bajaba. En la pantalla verde, la línea de la portadora se desplazaba hacia arriba cada cuatro segundos, despacio, y volvía a caer.
—Esto lo habíamos visto. Una deriva, el cristal que se calienta.
Lo que no habíamos visto es esto. —Señaló, con la uña del meñique, dos pinchos diminutos a ambos lados de la línea, casi pegados al ruido—.
Bandas laterales. Pegadas a la portadora, a doscientos y cuatrocientos hercios, una más débil que la otra.
Un equipo normal no las tiene. Las tiene uno que lleve, en el paso de audio, una malla de tres componentes, una resistencia y dos condensadores, soldada sobre la propia placa para quitar el siseo.
Yo la puse. No está en ningún esquema, nadie más la pondría así, y no hay manera de encontrarla si no sabes dónde mirar.
Hubo un silencio en el que el analizador zumbó solo.
—Y el cristal —continuó Julián—. El de veintisiete uno ochenta y cinco.
Lo cambié por otro de un fabricante que ya no existe, porque el original se me escapaba con el calor.
El nuevo se escapa de otra manera. Sube trescientos hercios, en cuatro segundos, y cae.
Es como una firma. Cuando lo vimos el martes, Lucía, yo dije «de los míos», y me quedé a medias, porque pensé en una tirada de seis, de ocho equipos, hace mucho.
Lo que tengo en la pantalla no es una tirada de seis.
Es la manera exacta en que lo hacía yo durante años.
—¿Cuántos? —preguntó Lucía.
—No sé.
—¿Cuántos, Julián?
—Cuarenta. Quizá más, quizá menos. —Se quitó las gafas del todo—. Una flota entera. Les arreglé las radios durante años. Les puse el filtro porque se quejaban de que el siseo no les dejaba oír. Cobraba en mano. No hacía preguntas.
—¿Quién era?
—Una empresa de transporte. —Dijo la frase con una exactitud cuidadosa—. De Alcalá, o de Guadalajara. De la zona. No me acuerdo del nombre ahora mismo, y no quiero decir uno que luego no sea.
—Julián.
—Déjame contarlo a mi manera, jovencita.
—Se apoyó en el banco—. Fue hace doce años.
Un hombre me trajo una caja con ocho equipos, de los que ya nadie quería, y me pidió que los dejara «como Dios manda».
Pagó el doble de lo que le dije. Volvió a los dos meses con otros ocho.
Yo les ponía la malla y cambiaba el cristal, porque era mi manera de firmar: un técnico que se precie deja una cosa suya dentro de lo que toca.
Fue la mejor época. Carmen estaba bien y la residencia no existía ni en broma.
Me creía el rey de la banda ciudadana. —Se rio un poco, sin ganas—.
Nunca me pregunté de qué flota eran. Ni por qué una flota de tantos camiones necesitaba radios de segunda mano.
Pagaban a tocateja, hijo. Hay preguntas que cuestan más que lo que te dan por no hacerlas.
Víctor no dijo nada. Pensó que la frase tenía un eco, y no supo de dónde le venía.
Víctor lo miraba. Había visto a Julián hacerse el vago muchas veces para quedar mejor. Esta no era una de ellas. Julián tenía una mano sobre el borde del banco y la otra cerrada, y la cara de un hombre al que acaban de enseñar una factura con su firma que no recuerda haber firmado.
—Tienes los libros —dijo Lucía.
—Los tengo en el altillo, en cajas, de cuando llevaba el negocio. Me llevará la tarde y parte de la noche. Y he dicho «negocio» con mucha generosidad.
—Voy contigo.
—No. Esto es cosa mía. —Intentó sonreír—. Además, tengo que llamar a una persona. Un chaval que trabajó conmigo en el taller hace años, Chema. Ahora lleva el parque de vehículos de una empresa por Guadalajara. Si alguien sabe qué ha sido de esos equipos, es él. Preguntaré sin decir nada.
Se fue a la cocina y cerró la puerta. Del otro lado se oyó el timbre de un teléfono marcando, la voz de Julián dos tonos más alta de lo natural, con esa jovialidad que se pone a las llamadas que pesan.
«Chema, hijo, soy Julián, el de las radios.
Sí, el viejo. Te llamo por una tontería... » Se perdió el resto.
Víctor y Lucía se quedaron solos con el analizador.
*
—No pensaba decírtelo —dijo ella al fin—, pero lo voy a decir. Esto se nos está yendo de las manos.
—Lo sé.
—No lo sabes. Si lo supieras, no habrías pasado la noche del sábado en un coche en una explanada con un portátil y un aro.
—Cogió la taza, la miró, la dejó—. Nos han movido, Víctor.
Alguien me ha visto con una antena en un coche.
Alguien sabe que tengo una moto con matrícula de Madrid. Dormí mal anoche. No duermo mal nunca.
—Si quieres dejarlo...
—No digo que quiera dejarlo. Digo que tú no sabes parar. —Se enderezó—. Insististe ayer. Con una seguridad que no tenías. Yo te dije «es demasiado limpia», te lo dije dos veces, y tú seguiste porque necesitabas que fuera ella. Y casi matan a un hombre en un silo.
—Nadie ha matado a nadie.
—Un chico de veinticuatro años con una pistola temblando. Y tú delante, sin chaleco, sin nada. Como si no tuvieras nada que perder.
—Y tú tienes un método para todo menos para esto —dijo Víctor, bajo—. «Anótalo como hipótesis.» Hay una cría que cuenta los segundos sin reloj en una nave y tú la apuntas en una libreta con una raya al margen.
—Lo hago para no volverme loca.
Dijo la frase sin levantar la voz y con una crudeza que le cerró la boca.
Se miraron. La cara de Lucía había perdido toda la ironía, y debajo había una chica de treinta y un años a la que le había muerto un padre sin morirse.
Víctor se frotó la rodilla con la palma de la mano y se dio cuenta, y paró.
—Es verdad —dijo—. Yo no sé hacerlo de otra manera.
—Ya lo sé. —Se pasó el dorso de la muñeca por las gafas—. Y a mí me hace falta que lo hagas con método. No quiero que te maten por insistir. ¿Puedes hacerlo con método?
—Puedo intentarlo.
—Eso es una hipótesis.
Sonrió, por fin, a medias. Fue lo más parecido a una tregua que tenían, y la guardaron los dos sin ponerle nombre.
Julián salió de la cocina a las seis, con la cara lavada y la jovialidad intacta.
Dijo que Chema no sabía nada, que se acordaba vagamente de las radios, que llevaba tanto tiempo en otra cosa que no tenía ni idea de dónde habían ido a parar.
Dijo que subía al altillo a revolver cajas, y que se fueran a casa, que parecían dos huérfanos.
Los acompañó hasta la puerta con la mano en el hombro de Víctor, apretándolo más de lo habitual, y la cerró sin despedirse con la ironía de siempre.
En la calle sin acera hacía un frío limpio. Lucía se detuvo con el casco en la mano y miró la furgoneta gris, aparcada a veinte metros bajo la antena de televisión muerta.
—Llevo dos días mirándola —dijo.
—Lucía.
—Anótalo como una cosa que voy a hacer.