27.185 Capítulo 10. El margen de error #2
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Capítulo 10. El margen de error #2

Quintana había dado un paso, con la pistola levantada a la altura del pecho.

Víctor lo vio por el rabillo del ojo y sin pensarlo se echó hacia atrás hasta quedar entre los dos, con la espalda de Fermín enfrente y la boca del arma en algún lugar detrás de su oreja.

No sentía miedo. Sentía un frío limpio, como cuando se frena en hielo.

Entonces la barra se le cayó a Fermín de las manos, con un tañido largo de hierro en el cemento que a Víctor le subió por las piernas.

—Esposas —dijo Sara.

—Mochuelo —repitió Fermín, mientras Quintana le doblaba los brazos—. Me has jodido.

—Te he evitado un tiro.

—Me has jodido igual.

*

Hasta mediodía, el sol trepó por el silo sin hacer nada por nadie.

Llegaron una patrulla de Calatayud, dos agentes que trataban a Sara con una deferencia desconfiada, y luego una furgoneta con tres técnicos de criminalística y unas bolsas blancas.

Acordonaron el cobertizo. Fermín, esposado en el asiento trasero de un coche, miraba la vista por la ventanilla con la mandíbula apretada.

Víctor se había sentado en el parachoques del Ibiza.

No se había movido desde que se apartó de la caja del remolque.

Lucía, a su lado, en el suelo, tenía el móvil en las dos manos y miraba la pantalla apagada.

A las once, Sara se le acercó. Se lo llevó con la cabeza a la casa de peones sin tejado, a cincuenta metros, donde nadie podía oírlos, y se plantó delante de él con los brazos cruzados.

—Me dijo que estaba en casa.

—Y lo estaba. El viernes.

—No me tome por tonta. —Bajó la voz hasta el nivel en que se vuelve más peligrosa—.

Me ha puesto en un silo de otra provincia, sin orden, con un civil y una ingeniera, delante de un hombre con una barra de hierro y de un compañero que con veinticuatro años y una pistola en la mano estaba a punto de pegar un tiro.

Si sale mal, no pierdo solo yo. Pierde la chica.

—No sabía que iba a estar allí.

—No sabía nada. Eso es lo que me pone enferma.

—Respiró—. Y hay algo más. Si ese silo es lo que usted cree, acaba de decirle a quien esté detrás que sabemos dónde mirar.

Porque esta tropa de coches y furgonetas no pasa desapercibida.

Y si no lo es, habré gastado una mañana y un crédito que no tengo en Zaragoza.

—Me llamó una voz.

—Una voz que usted quería oír. —Lo dijo sin crueldad, como se dice la hora—. Pero había sangre. Y ahora no puedo dejar de pensar si es de ella.

Cerró los ojos un momento.

—Voy a mandar las muestras a Madrid —dijo—. El cuñado de ese hombre existe: lo han localizado en el hospital de Calatayud, tiene un vendaje y un parte de accidente laboral de hace dos semanas. Pero un parte no es un laboratorio. Hasta que lo diga el laboratorio, la sangre puede ser de quien sea.

No sonrió ni lo consoló. Se limitó a mirar la torre del silo, que se alzaba sobre ellos con su cartel descolorido, y añadió, casi para sí:

—El margen de error de esto es una niña de diecisiete años.

Se fue sin esperar respuesta. Víctor volvió al coche. Lucía no había levantado la vista.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No.

—Ni yo.

Aguantaron así hasta que Quintana los llevó de vuelta al 205.

Pasaron la tarde en sus casas, sin hablarse.

A las cuatro, Fermín Cuesta declaraba en Calatayud, con un abogado de oficio, que el cobre lo había comprado a un chatarrero de Épila y que la sangre era de su cuñado. A las cinco llamó Julián.

*

La casa de Meco olía a estaño y a café recalentado, como siempre, y a otra cosa, esta vez, que Víctor no supo nombrar y que era el olor de alguien que lleva muchas horas sentado sin moverse.

Julián los esperaba delante de dos pantallas.

Llevaba la misma camisa de cuadros del miércoles y un jersey encima que no era suyo.

Les había dicho por teléfono que tenía algo que enseñarles, y que no se lo dijeran a la sargento hasta saberlo bien.

—Siéntate, Lucía. Víctor, la silla que no cojea.

—Hoy me ha conocido —dijo, de pronto, sin que nadie preguntara—. Carmen. Me ha llamado por mi nombre. Me ha preguntado si había cenado.

—Me alegro —dijo Lucía, y se le quebró un poco la voz.

—Ya. Pues lo vamos a celebrar con una cosa muy fea.

—Giró una pantalla hacia ellos—. He pasado la emisión de esta madrugada por el programa.

La tuya, Víctor, la del grabador, y la de Lucía, que tiene mejor entrada.

Primero, la portadora: ni deriva ni zumbido.

Eso lo vio Lucía antes que yo. No es el aparato del jueves, el del catarro.

Es otro, bueno, moderno. Y ahora lo que no vio nadie, y lo digo sin reproche porque hay que ponerse unos cascos de mil euros para verlo.

Pulsó una tecla. En la pantalla aparecieron dos trozos de onda, uno encima del otro, de colores distintos, con las crestas y los valles superpuestos.

—Esta es la respiración del principio. Un segundo y tres.

Esta de arriba es de esta madrugada, al comienzo de la emisión.

Esta de abajo es de lo que dice a mitad, cuando vuelve a respirar: «la puerta...

sin luz...». Ahora, la tercera, hacia el final.

Las he alineado por el golpe de la máquina. Mirad.

Las tres se encajaban. No se parecían: coincidían. La cresta de una caía donde la cresta de la otra, la mella de una en la mella de la otra, hasta el último rizo.

—¿Qué es eso? —dijo Víctor.

—Es la misma respiración. Tres veces. Muestra a muestra.

Un hombre puede respirar tres veces con la misma cadencia, con suerte.

No puede respirar tres veces con la misma forma de onda, con el mismo ruido de fondo, con la misma sibilancia en la misma décima de segundo.

A nadie le sale. —Se quitó las gafas y se frotó los ojos—.

Es un trozo de nueve segundos de lo que oísteis el jueves de hace diez días.

Alguien lo ha sacado, lo ha limpiado, le ha quitado el ruido, lo ha repetido en bucle con pausas distintas para que no se notara, y lo ha emitido desde un aparato bueno, cerca del silo, a las cinco y diez de la mañana de un domingo.

No hay hombre. No hay chica. No hay nadie respirando ahí.

Hubo un silencio. En un estante, la radio de válvulas con el dial roto emitió un chasquido solitario, y calló.

—Yo insistí —dijo Víctor—. Me equivoqué.

—No ha sido un error —dijo Julián.

Lo dijo despacio, mirándolo, como se le da un dato a quien necesita datos y no consuelo.

—Un error es un fallo de aparato. Esto es una obra. Hay una persona que ha cogido nuestras grabaciones, las ha estudiado, y ha hecho una cosa hecha a medida para cuatro aficionados con antenas, a la hora justa, en el sitio justo. No ha sido un error. Nos han movido.

Lucía miró el mapa clavado en la pared, el del valle, donde alguien había rodeado con rotulador rojo la tosca silueta de un silo.

Y Víctor, que seguía con las manos abiertas sobre las rodillas, pensó en un hombre que bajaba el cristal diez centímetros para tomarse un café mirando una ventana, y en una carretera estrecha, en un cruce, en un candado nuevo.

Se preguntó quién sabía que ellos estarían en el 205.