Capítulo 10. El margen de error
No se lo había dicho a nadie. Había salido de Alcalá a las once menos veinte con la CB portátil, una antena magnética que se agarraba al techo como una garrapata, el grabador y el termo, y la furgoneta gris se había puesto detrás a ciento cincuenta metros y no se había despegado en toda la autovía.
Víctor la había mirado por el espejo durante cien kilómetros.
En la entrada del área, el Trafic había apagado las luces y se había quedado quieto, con el morro hacia la carretera.
Si me siguen, que sigan, se había dicho.
Era la clase de frase que no sirve para nada y consuela.
A las doce y cuarenta había llegado la moto de Lucía.
—No me preguntes —dijo, quitándose el casco—. Me he enterado por Julián de que Sara te había dicho que te estuvieras quieto, y me he dado cuenta de que tú no sabes estarte quieto.
—Tú tampoco.
—Yo vengo a vigilar que no hagas una tontería. Es distinto. —Abrió el portón del coche y metió la cabeza—. ¿Me dejas el asiento de atrás?
El aro de cobre viajaba desmontado en el suelo, entre los pies.
«No es una antena si no la monto», dijo, con la cara de quien ha pensado la frase por el camino.
Después se acomodó en el asiento del acompañante, con la parka hasta la barbilla y los cascos al cuello, y las cuatro horas siguientes fueron de frío, de café del termo y de conversación a trozos.
Hablaron de Carmen, de los mochuelos de Segovia y Plasencia, de cuántos kilómetros hacía una moto de ciento veinticinco con el depósito reserva, de cualquier cosa que no fuera lo que estaban esperando.
A las cinco y diez la aguja saltó.
No subió como había subido el jueves, a la manera del agua en un vaso. Saltó de golpe a fondo de escala, como si hubieran encendido una bombilla en un cuarto a oscuras, y el altavoz de la portátil se llenó con una voz tan limpia que Víctor dio un respingo.
—...la puerta... —dijo el hombre.
Era la voz del jueves de hacía diez días, la del catarro. Pero no sonaba como entonces. No estaba en la estática, estaba encima de ella, grave, nítida, cercana, igual que si el hombre se hubiera sentado en el asiento de atrás. Detrás, constante, el golpe de hierro cada cuatro segundos.
—...sin luz. Sin luz no cuenta... —Una respiración larga, perfecta, de manual—. ...sin luz... la puerta... la chica sigue respirando...
Víctor tenía las dos manos sobre el volante, apagado, y los nudillos blancos.
Lucía había bajado del coche con el aro ya montado, sujeto con las dos manos como un escudo, y giraba en el sitio con los ojos cerrados.
La emisión duró casi dos minutos. Era la más larga de todas.
No se cortó: terminó con un clic, con elegancia.
—Ciento quince —dijo Lucía, volviendo al coche con la cara descompuesta—. Ciento quince, más o menos cinco. Con esa potencia podría marcarla hasta con un colador.
—Pasa por el silo.
—Pasa por tu silo, sí. Y por la vieja carretera y por media comarca. —Dejó el aro sobre el regazo—. Víctor. Es demasiado limpia.
—Es el mismo hombre.
—Es la misma frase.
—Es el mismo hombre, Lucía. El catarro, el aire. Dice lo mismo que el jueves.
—Dice casi lo mismo, que es distinto. —Se frotó la sien con el dorso de la mano—.
El jueves de hace diez días hablaba con un equipo que derivaba trescientos hercios y tenía un zumbido de fuente.
Esto no tiene deriva ni zumbido. Es como la voz de base del martes.
Es un transmisor moderno, con una antena de verdad y una potencia que no se compra en una tienda.
¿Y para qué usa esa potencia? Para que lo marquemos.
Nos regala dos minutos. Me da pena decirlo, pero a un hombre que quiere que no lo oiga nadie no se le queda el pulsador abierto dos minutos.
—Quizá tiene prisa.
—Quizá. —Giró la cabeza—. Anótalo como una cosa que no me gusta.
Víctor ya había cogido el móvil.
Sara contestó al segundo tono, con una voz tan despierta que le dio vergüenza.
—Molina.
—Sargento. Ha vuelto a emitir. A las cinco y diez. Dos minutos. Lucía lo ha marcado hacia el silo del SENPA.
—¿Dónde está usted?
Quiso mentir y no le salió. Estaba cansado.
—En el área del 205.
Hubo una pausa en la que se oyó una puerta de coche y una llave en un bombín.
—Lo imaginaba. Dígame que está dentro del coche.
—Estoy en el coche.
—Y la señorita Ortega, supongo. —La puerta se cerró—. Quédense en el coche. Salgo ahora. No se mueva, Salas. Esta vez no es una petición.
*
Llegó a las seis y cincuenta, con un Seat Ibiza sin distintivos que frenó junto a ellos levantando grava.
Con ella iba el guardia joven de las gafas, el que había visitado El Mirador; se llamaba Quintana y se bajó con una tablet y un chaleco que le quedaba grande.
Víctor buscó con los ojos la furgoneta gris.
Ya no estaba en la entrada del área. No la había visto marcharse.
Sara no se dirigió a él en los primeros dos minutos. Escuchó el grabador de Lucía con los cascos puestos, de pie, con los ojos fijos en el asfalto, y luego el de él. Cuando terminó, se los quitó, se pasó las dos manos por la cara y respiró hacia el cielo.
—Lo que voy a hacer —dijo— es mirar un silo desde la carretera.
Con mi compañero. Sin orden, sin jurisdicción, sin avisar a mi capitán, por una llamada de un civil.
Si alguien me pregunta, he ido a comprobar una denuncia.
Ustedes dos vienen conmigo porque conocen el sitio, y porque no pienso dejarles solos otra vez.
Montan en mi coche. El suyo se queda. No quiero dos coches de Madrid parados en ese cruce.
—Sargento, yo solo...
—Montan en mi coche.
El Ibiza olía a café frío y a ambientador de pino.
Víctor fue detrás, junto a Lucía, con el aro de cobre entre las piernas, desmontado en su bolsa.
Conducía Quintana. Nadie habló. Bajaron por la vieja N-II con las luces de cruce, entre campos de rastrojo blancos de escarcha, y a las siete y veinte, cuando el cielo empezaba a perder el negro por el este, aparecieron la casa de peones camineros sin tejado y la torre de hormigón del silo.
*
La verja seguía con su candado nuevo. Sara paró el coche a cien metros y bajaron andando. Se oía el motor de un camión lejano en la autovía, un pájaro, y nada más.
—Huellas anchas —dijo Quintana, agachado junto a la entrada—. De turismo. Recientes. Esto estaba ayer seco, y ahora tiene humedad en el borde.
—¿Cuántos coches?
—Uno, creo. Dio la vuelta aquí.
Rodearon la valla por el camino de servicio. Detrás del silo, el alambre estaba cortado y vuelto a atar con un cable de colores. Sara se detuvo con la mano en el costado, donde llevaba la pistola, y miró a Víctor y a Lucía.
—Aquí se quedan.
No se quedaron. Fue Quintana el primero en pasar y Sara la segunda, y Víctor los siguió porque el cuerpo, otra vez, se le había puesto de pie por su cuenta.
Dentro había un patio de cemento roto, un cobertizo de chapa a medio caer y la base del silo con una puerta metálica entornada.
Y en el cobertizo, apiladas contra la pared, había bobinas.
Cable de cobre pelado, de cinco milímetros y de diez, en rollos del tamaño de un neumático, y dos tambores de bobina de los que usan las eléctricas, con las matrículas raspadas.
—Receptación —dijo Quintana, en voz baja, casi con alivio.
—Callado.
Al fondo, de espaldas a la pared, había un semirremolque cerrado, de los de caja blanca, con el logo de una empresa borrado a mano.
Tenía una puerta ligeramente abierta. Víctor lo vio y algo en el estómago se le apretó con tanta rapidez que ni se enteró de que era miedo.
La barra de cierre, la palanca bajada a medias, el hierro con una uña de óxido. Dio un paso atrás. Luego otro.
Sara se acercó con la linterna. Iluminó el suelo de la caja.
La mancha no era grande. Era un charco seco de forma irregular, marrón oscuro, con un reguero largo hacia la puerta, y en el borde de chapa de la plataforma, a la altura de una mano, un repaso de dedos que había dejado cuatro rayas paralelas. Había también un trapo. Olía a hierro y a humedad.
Nadie dijo nada. Lucía, que había entrado detrás sin que nadie la viera, se tapó la boca con el dorso de la muñeca.
—Nadie toca —murmuró Sara. Su voz era la de siempre, exacta—. Quintana, fotos. Todo. Llama a Calatayud y que manden una patrulla y a los de criminalística. Y a mi lado, Salas. Ahora.
El ruido vino de la base del silo.
Una pisada en cemento, un chasquido de goznes.
De la puerta metálica salió un hombre con un gorro de lana, la barba de tres días y una barra de hierro del largo de un brazo.
Tendría cincuenta años, ancho, con una cazadora de pana cubierta de polvo de cereal, y tenía los ojos de quien ha pasado la noche entera vigilando y no ha dormido.
—¡Fuera de aquí! —gritó—. ¡Esto es mío! ¡Largo!
Quintana se volvió, con la mano en la pistola, y la sacó. Le temblaba. Era joven, más de lo que parecía con las gafas. El hombre levantó la barra con las dos manos y se acercó dos pasos, tres, la cara roja.
—Guardia Civil —dijo Sara—. Suelte eso.
—¡Eso es lo que me han dicho! ¡Que vendrían! —La barra le oscilaba—. Yo no he hecho nada. ¡Largo!
Víctor no decidió moverse. Se encontró en medio, a un metro del hombre y a otro de Quintana, con las manos abiertas y los ojos fijos en la cara que le sonaba.
—Fermín.
El de la barra parpadeó.
—Fermín, soy Víctor. Víctor Salas. Del 19. Mochuelo.
—Mochuelo. —Lo dijo con una especie de horror dulce—. ¿Tú? ¿Con la pasma?
—Con nadie. Por una chica.
—Yo no sé nada de ninguna chica.
—La sangre del remolque.
—¡Es de mi cuñado! —El grito le salió desde el fondo del pecho—. Se abrió el antebrazo con el cabrestante hace quince días, ¡pregúntale! ¡Se lo llevé yo al hospital! ¡Yo no he tocado a nadie, Mochuelo, te lo juro por mis hijos!