27.185 Capítulo 9. Tres puntos #2
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Capítulo 9. Tres puntos #2

No le había prometido nada a Sara; había asentido, que no es lo mismo.

Se dijo que mirar el valle desde la carretera, con luz y sin acercarse a nada, no era moverse.

Fueron en la tractora, con el remolque vacío, y no en la moto de Lucía, que se quedó en El Mirador.

Tomaron la autovía hasta el 205 y se salieron por el ramal del área de descanso.

Allí Lucía bajó de la cabina, abrió la mochila, y el esqueleto de paraguas resultó ser una antena direccional de tres elementos que se montaba en un minuto y a la que ella trataba con el cuidado de un violín.

—Afinar —dijo—. Anoche medí con un aro en una autovía, de madrugada, con el cierzo moviéndolo todo. Quiero saber cuánto me equivoco. Para eso necesito un emisor del que sé exactamente dónde está. Tú.

—¿Yo?

—Tu emisora portátil. En el canal 21, no en el 19. A trescientos metros de aquí, en ese camino de tierra, donde yo te vea con los prismáticos. Pulsas dos segundos cuando te lo diga. Pruebas, pruebas. No en el 19, que la sargento no se ha equivocado en eso.

Lo hicieron seis veces, desde tres puntos distintos, con Lucía apuntando números en una libreta de espiral y murmurando cifras cuando algo no le salía. Tardaron tres cuartos de hora. Cuando acabó cerró la libreta y se sentó en el suelo de grava, con la espalda contra la rueda de la tractora.

—El aro marca siete grados de más —dijo—. No es mucho. Es lo bastante para correr el óvalo al oeste y comerle dos kilómetros. Sigue siendo un óvalo, pero más pequeño. Ahora son seis kilómetros, y la salida 214 cae casi en el centro.

Víctor no dijo nada. Se frotó la rodilla con la palma, una vez, y se dio cuenta, y paró.

—Hay un pueblo en el centro —siguió Lucía, que miraba el mapa y no a él—.

San Esteban de Ribota. Es lo que pone en el cartel.

Tres kilómetros desde la 214 por una comarcal.

Hay otros dos pueblos más pequeños en el borde, una cooperativa que sale en los mapas, un silo y dos naves en un cruce de caminos.

Tu silo blanco debe de ser uno de los dos.

—Por la vieja se ven mejor —dijo él.

—¿Qué se ve mejor?

—Los silos. Por la vieja carretera. Desde la autovía no se ve nada.

—La vieja es más lenta.

—Estamos de paso.

Lucía levantó la vista. No dijo nada. Cogió la libreta de espiral y anotó una línea, y Víctor no vio qué.

Bajaron por la vieja N-II, con la carretera estrecha y los campos de rastrojo a ambos lados y un sol bajo, anaranjado, que les daba de frente.

El valle se cerraba sobre ellos. Pasaron por un pueblo cuyo nombre no leyeron, con una iglesia de ladrillo y un campanario más alto que las casas, y se detuvieron en la plaza porque iban a dar las cinco y media.

Esperaron con la ventanilla bajada. Sonaron dos campanadas limpias, de bronce bueno, y Lucía las midió con una aplicación del móvil, frunció el ceño y negó con la cabeza.

—Alta y afinada. No es esa.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Alba dijo «campanas» como se dice «ahí está». Y esa campana no está mal. —Guardó el móvil—. La que buscamos suena rota. Hay que oírlas todas, a los cuartos, y con oído de músico. Yo tengo oído de ingeniera, que es otra cosa.

Más allá, en un cruce con una casa de peones camineros sin tejado, la vieja carretera se ensanchaba y a la izquierda aparecía el silo: una torre de hormigón de veinte metros, con un cobertizo y una verja torcida, y un cartel de chapa donde aún se leía, en letras cada vez más pálidas, SERVICIO NACIONAL DE PRODUCTOS AGRARIOS.

La verja tenía un candado nuevo. Lucía frenó, aunque iba él al volante. Víctor frenó.

—Ese candado es de este año —dijo ella.

—Lo he visto.

—Aquí se ve la subestación, se ve la autovía, y hay un camino de servicio que sube por detrás. Mira cómo está de aplastada la hierba en la entrada. —Abrió la puerta y no bajó—. Quiero acercarme.

Fue entonces cuando Víctor lo vio por el retrovisor. A doscientos metros, en la curva por la que habían venido, se había parado una furgoneta gris, con la antena de látigo en el techo y una silueta tras el parabrisas. Podía ser otra. Lo era, lo supo por el modo en que le cambió el sabor de la boca.

—Lucía.

—Ya.

—Es la misma.

—No digas «la misma». Di «una gris». —Cerró la puerta despacio—. Pero dos veces en una tarde, en sitios que no tienen nada que ver... Sara dijo que no nos acercáramos.

—Dijo que no me acercara a mí.

—A ti y a quien vaya contigo, que soy yo. —Se había puesto muy seria, con las manos sobre las rodillas y los nudillos blancos—. Nos vamos. Esto lo miramos con luz y con tiempo, y sin visitas.

Arrancó. En el retrovisor, la furgoneta no se movió.

Se quedó aparcada en la curva, a la sombra del último sol, como un animal que sabe esperar.

Pasaron el cruce del que salía, a la derecha, un ramal con un cartel de chapa torcido por un golpe donde ponía SAN ESTEBAN DE RIBOTA – 3 KM, y detrás, entre unos pinos, la silueta de un tejado de uralita.

Víctor no giró la cabeza para leerlo. Lo leyó de todos modos, por el rabillo del ojo, sin pedir permiso.

*

Sara llamó a las nueve y media de la noche. Víctor estaba en la cocina, delante de la foto de Elena, con una lata de atún abierta y sin probarla.

—Los padres han oído la grabación.

—¿Y?

—La madre se echó a llorar a los dos segundos.

No hizo falta que acabara. —Su voz no cambió, y sin embargo tardó un poco en continuar—.

El capitán dice que eso prueba que está viva, que son buenas noticias, y que no prueba dónde.

Es una cosa que dice con razón. No hay rastreo.

Hay una petición de colaboración con fecha de entrada.

—Es viernes.

—Ya lo sé, señor Salas. —Un silencio—. ¿Ha vuelto a salir de casa?

—Estoy en casa.

—Quédese.

Colgó. Víctor dejó el teléfono sobre la encimera y se quedó mirando el atún. Se tumbó vestido a las diez, y se durmió, y a las 03:41 abrió los ojos con la boca llena de metal y la certeza de haber estado hablando con alguien.

No volvió a dormirse. Hizo café. Se sentó en la silla del balcón de la cocina con la manta de los pies sobre las rodillas y vio cómo la calle de la Imagen pasaba de negra a azul, de azul a un gris sin matices.

Pasó un panadero en bicicleta. Una mujer sacó a un perro que no quería salir.

A las siete y media se le cerraron los ojos un momento.

Cuando los abrió, la furgoneta estaba allí.

Aparcada en la acera de enfrente, a la altura de su portal, en el hueco entre un contenedor y un coche con la luna llena de escarcha.

Gris, sin rótulos, con la antena de látigo en el techo y el parabrisas empañado por dentro.

Antes no estaba. Lo sabía como se sabe que antes no había una grieta.

Contó los pisos de su propio edificio, el tercero, el balcón, la ventana de la cocina con la luz encendida.

La puerta del conductor no se abrió. Pero el cristal bajó diez centímetros, despacio, y en el hueco apareció una mano que sostenía un vaso de plástico, y detrás una cara de hombre, de unos cuarenta años, con gorra, que no miró la calle ni el portal ni el contenedor.

Miró hacia arriba, hacia el tercero, hacia el balcón de la cocina.

No se escondía. Se tomó el café sin prisa, mirándolo, y eso era lo que Víctor no sabía cómo leer.

Apartó la manta. Cogió la libreta de la chaqueta, colgada en el respaldo de la silla, y apuntó lo que se leía de la matrícula desde arriba, la hora y cuatro palabras. Sáb. 07.41. Gris. Delante.