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Capítulo 9. Tres puntos

Sara Molina escuchó la grabación de pie, con los cascos puestos y una mano en el respaldo de la silla, y no se sentó hasta que terminó la tercera pasada.

Víctor había llegado a la Comandancia a las diez y veinte, directo desde la autovía, con la tarjeta en un sobre y el regusto de dos cafés de gasolinera.

Ella le había recogido el sobre en el mostrador sin decir buenos días.

—«Hay campanas» —dijo al fin, quitándose los cascos—. Lo dice sin pregunta.

—Lo dice para que alguien lo apunte.

—Eso lo dice usted. —Pero lo apuntó.

Escuchó otra vez el final, el hombre pegado al micrófono, la frase, el crujido.

«Esta semana la sacamos de aquí.» Cuando terminó se quedó mirando la mesa de formica con los labios apretados, como si leyera algo escrito en ella a lápiz y muy pequeño.

Hoy era viernes. Víctor hizo la cuenta que ella estaba haciendo y se la guardó.

—Esta tarde se la pongo a los padres —dijo ella—. Si reconocen la voz, sube de categoría. Si no, sigue siendo lo que es.

—¿Y qué es?

—Una voz que dice llamarse Alba Serrano. —Levantó la vista—. Anoche le pregunté quién más estaba escuchando.

—Le dije que iba solo en la cabina.

—Y yo le dije que no era lo que le había preguntado. —Dejó el bolígrafo sobre la libreta, paralelo al borde—. Ahora me lo cuenta usted, o me lo cuenta un juez, que tarda más y es menos amable.

Víctor lo contó. Lo hizo en el orden en que lo habría hecho Lucía: primero los hechos, después los nombres.

Cuatro personas, tres puestos de escucha, los kilómetros 195, 215 y 230, y él mismo en ruta, de unidad móvil.

Cuatro teléfonos de tarjeta comprados en un locutorio.

Un aro de cobre. Las marcaciones. Sacó su móvil, que había vuelto a encender en el aparcamiento, y le enseñó el archivo que Lucía le había mandado a las seis de la mañana: el mapa del valle con tres rectas finas y, donde se cruzaban, un óvalo tumbado dibujado con rotulador.

Ella lo reenvió a su correo con dos dedos, sin pedir permiso, y lo abrió en el portátil.

Miró el óvalo mucho rato. Tenía la cara de quien ve un huevo tumbado en un mapa y calcula una provincia.

—Esto es Zaragoza.

—Casi todo.

—Casi todo —repitió—. Cuatro aficionados con antenas, de noche, en una autovía, siguiendo por radio a lo que podría ser un secuestrador. Y a la sargento que lleva el caso le dicen que usted iba solo.

—Me dijeron que no me acercara. No me acerqué.

—Escuchó en cuatro puntos a la vez. Es acercarse con otras palabras.

—No levantó la voz. Su voz no tenía ese registro—.

Podría haber salido mal de veinte maneras, y en ninguna de las veinte yo me habría enterado hasta después.

Dígales a sus amigos que no vuelvan a hacerlo sin que yo lo sepa.

—Cerró la tapa del portátil a medias—. Y dígame algo más.

Lo que me ha traído es lo más útil que he tenido en diez días.

Esto no lo digo para que se sienta mejor.

Lo digo para que entienda por qué sigo aquí hablando con usted en lugar de haber pedido que lo acompañen a casa.

Se levantó con el portátil bajo el brazo.

—Espere. Voy a subir.

Tardó cincuenta minutos. Víctor los pasó en la silla, con las manos en las rodillas, escuchando el zumbido del fluorescente, que seguía una nota por encima de lo soportable. A los cuarenta y cinco se abrió la puerta, y no era ella.

*

—Señor Salas. No le robo ni un minuto.

El capitán Barroso llevaba la taza del perro, esta vez vacía, y el maletín de cuero colgado de un dedo, y entró con esa manera de quien no tiene ninguna prisa y no quiere que nadie la tenga con él.

Detrás, en el marco de la puerta, apareció Sara.

Venía sin el portátil y con una mirada que Víctor reconoció: la de la gente que ha perdido un asunto y se ha propuesto no demostrarlo.

—Quería agradecérselo en persona. —Barroso se sentó en la silla de Sara, con las dos manos sobre las rodillas—. Y explicarle, porque se lo merece, por qué vamos a ir despacio.

—¿Despacio?

—Mire. El óvalo que usted y sus amigos han dibujado cae casi entero en la provincia de Zaragoza.

Es otra comandancia, otro juzgado. Para pedirles que levanten un valle necesitamos algo más sólido que una voz que dice su nombre.

Entiéndame: yo la creo. La sargento la cree, y yo me fío de ella.

Pero una cinta no es un indicio de dónde.

Es una cinta. No podemos registrar un valle por una cinta.

—Hay una chica.

—Hay una chica, sí. Y no sabemos dónde, que es lo que cuenta.

—Su sonrisa era la de la escalera, cálida y exacta—.

Lo que haremos es pedir colaboración formal a Zaragoza.

Eso lleva su tiempo, y se lo digo con franqueza: semanas.

Y otra cosa, con todo el cariño. Convendría que sus amigos radioaficionados se estuvieran quietos.

Si hay alguien ahí que la tiene, y se entera de que el valle se ha llenado de antenas, no sé qué hará con ella.

Usted lo entiende mejor que yo, que de radios sé lo justo.

—Lo entiendo.

—Sabía que sí. —Se levantó. Le apretó el hombro un momento, con la misma mano que le había apretado la mano en el rellano—. Ha hecho usted un servicio. No lo olvide.

Se fue con la taza vacía. Sara cerró la puerta con una suavidad que se oyó más que un portazo, y durante un rato no dijo nada. Se sentó. Escribió una línea en la libreta, la tachó, escribió otra.

—Ha sido muy amable —dijo—. Siempre lo es.

—¿Y usted?

—Yo tengo permiso para pedir una colaboración que tardará tres semanas y no tengo orden de rastreo. —Rompió la hoja por el pliegue y la dobló en cuatro—. Esta tarde, los padres. Si la reconocen, la subo otra vez. No será hoy. Y usted no se mueva.

—¿Cómo que no me mueva?

—Que no vaya. Que no monte nada más. Que no vuelva a hacer de ayudante de radio de nadie. Si hay otra emisión, me llama a mí, no a la señorita Ortega, y yo decido. —Lo miró con una paciencia que le costaba—. Ha dicho «esta semana». Sé qué día es. Y sé que un óvalo no es una dirección.

Víctor asintió, que era lo que se hacía. Al salir, en el rellano, notó el sitio exacto donde el capitán le había apretado el hombro. No dolía. Era un detalle como los de la cabina: un milímetro fuera de su sitio.

*

Bernardo llamó a la una y diez. Lo hizo con la voz de siempre, la que se disculpa por existir, y esta vez traía una disculpa de verdad.

—Víctor, hijo, que el martes lo coge Robles.

Estaba en la cabina, en el aparcamiento de la Comandancia, con el motor apagado y las llaves en la mano, sin saber todavía adónde ir. Miró el volante.

—¿Y eso?

—El cliente de los palés. Ha dicho que si no sales a las diez, buscan a otro.

Yo les he dicho que eres de fiar, que llevas tres años.

Y me han dicho que de fiar sí, pero que de flexible no.

—Se oyó un papel—. No sé qué te pasa, Víctor.

El otro día me pedías cargas de día para el valle, esta semana me dices que no a una hora, que no a otra...

No te pido explicaciones, pero me estás poniendo difícil defenderte.

Voy a probar con Robles unas semanas, y ya hablamos.

—Los martes y los jueves son el setenta por ciento de lo que facturo.

—Lo sé. Lo sé, hijo. —Bernardo calló—. Es solo unas semanas.

Víctor colgó sin despedirse, que no era propio de él.

Se quedó con el teléfono en la mano. El miércoles, tras la reunión en el taller, había llamado a Bernardo para pedirle cargas diurnas hacia Calatayud, de las que se cobran poco, solo para pasar por el valle con luz.

No le había dado ningún motivo. Había dicho «me conviene» y Bernardo lo había anotado con ese silencio de papeles que él conocía bien.

Y el martes, el de las veintitrés treinta, no lo cambiaría por nada del mundo, porque a la una y cuarenta tenía que estar en el 209.

Tenía que ser exactamente allí. No sabía cuánto costaba.

Acababa de enterarse de que costaba un martes.

No lo apuntó en la libreta. Era el primer asunto del que no hacía constar nada.

*

Había quedado con Lucía a las dos en El Mirador, con el cansancio de dos noches sin dormir apretándole detrás de los ojos. Mari lo vio entrar, le puso el vaso sin preguntar y se apoyó en la barra con el trapo en el hombro.

—Dos días, y ya tienes cara de lunes. ¿Ha habido novedades de la niña?

—No que yo sepa.

—Ya. —Mari sacó una tostada de la tostadora y la dejó en el plato—.

Te lo cuento por si te interesa, cariño, que luego no digáis que no os lo digo.

El Fermín ha vuelto a moverse por Aragón.

Estuvo aquí ayer con la cabina cargada de no sé qué, con unas lonas que no eran suyas, y preguntó si había vuelto la Guardia Civil.

Yo le dije que sí. Y se fue sin acabar el café, que él nunca deja el café.

—¿Dijo adónde iba?

—Dijo «a Aragón». Para ellos Aragón es una ciudad. —Se encogió de hombros, con el alivio de haber dicho lo que había que decir—. Yo no digo nada. Pero ya me lo parecía.

Lucía llegó en la moto diez minutos después, con el casco bajo el brazo y una mochila enorme a la espalda, de la que sobresalía algo que parecía el esqueleto de un paraguas. Se quitó la parka, pidió un café solo, dejó la mochila en la silla de al lado y miró por la ventana antes de sentarse.

—Furgoneta gris —dijo—. A las doce, al fondo. Con un hombre.

Víctor no se giró. Lo vio de reojo en el espejo de detrás de la barra: un Renault Trafic de un gris sin brillo, sin rótulos, aparcado entre dos camiones, con el motor apagado y las lunas oscuras por el reflejo.

Dentro, una silueta con gorra. En el techo, medio escondida entre la rejilla de ventilación, una antena de látigo.

—Los repartos no llevan eso —dijo Lucía, bajito—. Es una antena de VHF, de las de mando.

—Será un taxista.

—Lo mismo. Anótalo como una cosa que he visto. —Removió el café sin azúcar—. Una vez es una furgoneta. Dos veces es una pauta.

*