27.185 Capítulo 8. Escucha coordinada #2
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Capítulo 8. Escucha coordinada #2

La estática se abrió. No era la limpieza de la voz de base; volvía el sonido sucio y ancho de los dos primeros avisos, con su suelo de ruido y su zumbido de fuente.

Un chasquido de plástico, el de un pulsador al hundirse.

Roce de tela, muy cerca del micrófono. Una respiración rápida, de alguien que ha corrido o que ha esperado mucho para atreverse.

Detrás, a lo lejos, la máquina: el tableteo de la cadena y el golpe de hierro. Cuatro segundos.

Y después una voz.

Era una voz de chica. Fue lo primero, antes de las palabras, y Víctor lo notó en los brazos.

Hasta ese momento todo había sido cosa de hombres: el que respiraba, el de la voz de base, el del mote.

Esta era joven, baja pero sin temblor, con las consonantes muy limpias, la voz de quien habla despacio porque lo ha decidido.

Esperó a que cayera el siguiente golpe de la noria y empezó justo después, como si el golpe fuese el director y ella hubiera aprendido a entrar a su tiempo.

—Me llamo Alba Serrano.

Golpe.

—Tengo diecisiete años.

Golpe. Entre un golpe y otro a veces había un toquecito más seco y más corto, un nudillo contra algo hueco, que cayó a contratiempo y que Víctor tomó por eco.

—Hay campanas.

No dijo nada más durante un golpe entero.

Se oía su aliento y el roce de la tela. Víctor pensó que iba a decir algo y que no sabía el qué, y entonces llegó, por detrás de ella, a través de una pared o de varias, una campanada.

Después otra, y una tercera, de bronce, con el fondo agrio de un vaso que se rompe muy despacio.

Sonaban por debajo de donde debían sonar.

—Esas —dijo la chica, bajísimo, no al micrófono sino a lo que tuviera al lado—. ¿Las oyen?

Se abrió una puerta. Hierro contra hierro, pasos pesados y rápidos, y de lejos la voz de un hombre que subía:

—¡Apaga eso!

Hubo un forcejeo de tela y plástico, un grito corto de ella que no era de miedo, un golpe sordo, y el aparato debió de pasar a otras manos, porque la voz del hombre apareció pegada al micrófono, jadeante, y no hablaba con la chica sino con alguien más:

—Esta semana la sacamos de aquí.

Otra voz, más lejos, ronca, de hombre mayor, empezó una frase —«se la ha cogido del...»— y el final se perdió en un crujido seco, el de un plástico que cede, y la portadora cayó.

El reloj del cuadro marcaba la una y cuarenta y cinco.

*

Lucía tardó dos segundos en hablar y a Víctor le parecieron un día entero.

—Ya.

—Ciento diez —dijo Eusebio, casi sin aire, como si hubiera subido una escalera—. Con treinta de tolerancia. Casi no lo pillé, se me iba a la mitad.

—Los diez últimos segundos —dijo Rubén—. Entre ruido. Doscientos sesenta y pico.

—Ciento noventa y cinco. Dos pasadas completas. —La voz de Lucía había cambiado de textura, igual que la estática cuando algo entra en ella; se la oía más baja, más cercana a una orden—. Julián, tú tienes el mapa. Dibuja.

—Callaos —dijo Julián.

Se oyó el roce de un lápiz. Víctor seguía conduciendo.

Hacía kilómetros que había soltado el acelerador, con el cierzo como excusa, y rodaba a cincuenta y tantos con el carril derecho entero para él y los coches adelantándole con las luces largas.

A lo lejos apareció el cartel azul de la salida 214.

El sabor a metal le llenó la boca. Esta vez no se cambió de carril.

Lo vio acercarse y cruzó por debajo con las manos a las diez y las dos, sin leer lo que ponía. Eran las 01:47.

—Os digo lo que veo y no os va a gustar —dijo Julián.

—Dilo —dijo Lucía.

—Dos líneas casi paralelas y una que las corta. Un huevo. Un huevo tumbado de ocho kilómetros de largo por tres de ancho, justo al sur de la autovía, entre más o menos el 209 y el 217.

—Eso es porque la de Eusebio y la de Rubén son la misma recta mirada desde los dos extremos —dijo Lucía—. La buena es la mía. Lo de poner las estaciones en fila a lo largo de una autovía...

—No había otro sitio, hija. La autovía es el único lugar por donde se puede ir de noche sin que alguien pregunte.

—Ya. Por eso el resultado no es un punto.

—Dentro del huevo caen dos pueblos, al menos. Un cruce de caminos. Una cooperativa. Y, Víctor, tu silo blanco.

—Un óvalo no es un sitio —dijo Lucía, y pareció decirse la frase a sí misma—. Es una lista. Pero es una lista que ayer no teníamos.

—Es ella —dijo Víctor.

Se hizo un silencio breve, de los que hacen cuatro personas cuando uno de ellos dice lo que todos piensan.

—Es una voz que dice llamarse Alba Serrano —dijo Lucía—. Su nombre ha salido en la televisión. Cualquier crío con una radio y mala idea puede decirlo.

—No cualquiera dice «hay campanas».

—No. —Una pausa—. Anótalo como una cosa que no sé explicar.

—Hay que llamar a la sargento —dijo Julián.

—La llamo yo —dijo Víctor.

*

Paró en el área de servicio de las afueras de Calatayud, cuando ya había dejado atrás la bajada larga, con el motor al ralentí y las luces de posición.

Era una de esas gasolineras que a las dos de la madrugada solo tienen encendidos el rótulo y la máquina de café.

Cerró la puerta, bajó el volumen de la emisora hasta apagarla y sacó el móvil de plástico negro. Sara descolgó al tercer tono.

—Molina.

—Soy Salas. —Tenía la voz seca—. He oído a la chica. Ha dicho su nombre, Alba Serrano, su edad y que había campanas. Se oye a un hombre que grita «apaga eso» y dice que esta semana la sacan de allí. Lo tengo grabado, completo.

No oyó su respiración. Oyó una cama que cedía, una luz que se encendía, un cajón.

—No lo toque. No lo copie. ¿A qué hora?

—Una cuarenta y cuatro. Kilómetro doscientos once, más o menos.

—Cuando vuelva de Zaragoza, venga directo aquí con el grabador. —Una pausa—. Señor Salas, ¿quién más estaba escuchando?

—Iba solo en la cabina.

—Eso no es lo que le he preguntado.

Víctor no contestó. En el área, una furgoneta de reparto dio la vuelta junto a los surtidores y un hombre bajó a por un café. A través del teléfono, Sara dejó el silencio abierto el tiempo suficiente para que se notase que lo dejaba abierto.

—Mañana —dijo, y colgó.

Víctor apagó el teléfono. Volvió a la cabina, cerró la puerta, comprobó con el dedo que la cortina de la litera seguía en su sitio y sacó la libreta del bolsillo del parasol.

Escribió, con la letra de siempre, la de los kilómetros: Jue.

01.44. Km 211. Voz de chica: «Me llamo Alba Serrano.

Tengo diecisiete años. Hay campanas.» Debajo, tras pensarlo, añadió una línea más: Tres campanadas. Bajas.

Se puso los auriculares y reprodujo el archivo desde el principio.

El chasquido del pulsador, la tela, la respiración, el golpe, y la voz.

Había esperado oír otra cosa. Había esperado miedo, o el ruego de una cría a la que se le ha acabado el aire.

Pero no lo había. Era un nombre entero, con su apellido y su edad, dicho despacio, separando las sílabas, para que a quien lo anotara en un papel no se le escapara ni una letra y nadie lo escribiera mal.