Capítulo 8. Escucha coordinada
Sara Molina contó las tarjetas dos veces.
Las sacó de la bolsa precintada una a una, comprobó el número de cada cual contra una hoja que tenía a su izquierda y las devolvió a la bolsa.
Solo entonces levantó la vista hacia Víctor, que seguía de pie al otro lado de la mesa de formica porque nadie le había dicho que se sentara.
—Siéntese.
Se sentó. El fluorescente zumbaba en una nota continua que Julián habría sabido nombrar. Eran las nueve y cuarenta de la mañana del jueves y Víctor llevaba despierto desde las tres y cuarenta y uno.
—La lista.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta dos folios doblados en cuatro.
Los había escrito la noche anterior en la mesa de la cocina, bajo la foto de Elena de la nevera, y le habían costado hora y media y casi un bolígrafo de tachaduras.
Sara los desplegó, los alisó con el canto de la mano y leyó sin mover los labios, con un dedo bajando por el margen.
—Transitarios Henares, tres años. Cargas sueltas por su cuenta, a través de bolsa, seis.
Antes, Hermanos Cabello, once años, hasta que cerraron.
—El dedo se detuvo—. Y entre Cabello y la bolsa hay una línea sin nombre.
«Unos seis meses, para una empresa de transporte, antes del accidente. No recuerdo cómo se llamaba.»
—Es lo que hay.
—¿Qué accidente?
—Volqué en una bajada. Hace diez años, a finales de octubre. Cuatro días en el hospital de Calatayud. —Lo dijo como se lee un albarán—. Hay unas horas de esa noche que no tengo.
—¿Y la empresa?
—Trabajaba para ella. Me pagaban. No me acuerdo de cómo se llamaba.
—¿Ha intentado averiguarlo alguna vez?
—No.
Lo dijo sin pensarlo, y al oírse comprendió lo que acababa de decir. Sara no escribió nada. Tampoco apartó los ojos de la hoja; dejó que la respuesta se quedara sobre la mesa, entre los dos, como un objeto que alguien ha puesto allí y que a nadie le corresponde recoger.
—Eso es una respuesta rara, señor Salas.
—Es la que tengo.
—Ya. —Dobló los folios por sus pliegues y los metió en una carpeta—. Fecha exacta, matrícula y tramo, si los recuerda. Me da igual que sea de memoria.
—Finales de octubre. La A-2, antes de Calatayud. La matrícula la tendrá el seguro.
Después hubo un agente joven que le tomó la denuncia por el allanamiento en un despacho sin ventana, con dos dedos y mucha paciencia.
El formulario tenía una casilla de «Efectos sustraídos» que Víctor dejó en blanco.
«¿Y la cortina?», preguntó el agente, que no había terminado de entenderla.
«Es lo único que cambió de sitio.» Lo escribió en observaciones, con la expresión de quien copia una receta.
Sara lo acompañó hasta lo alto de la escalera. En el pasillo olía a café quemado y a papel de impresora.
—Esta noche es jueves —dijo.
—Sí.
—Hará su ruta.
—Es mi ruta.
—Si oye algo, me llama. Al número que hay detrás de mi tarjeta, no al de la oficina. Lo tengo conmigo a todas horas. —Se quedó un momento mirándolo—. Y sigue sin contestar. Escuchar no se lo he prohibido.
Víctor bajó los escalones de uno en uno, con la mano en la barandilla.
Pensaba en cuatro móviles de prepago, en tres aros de cobre y en una sargento a la que no había dicho una palabra de nada de eso.
No lo decidió. Lo dejó pasar, que era como había decidido casi todo en su vida, y cuando llegó al vestíbulo ya estaba hecho.
*
A las once y diez de la noche el Seat de Julián esperaba delante de la cadena del solar, con las luces de posición encendidas y el motor al ralentí.
El viejo iba dentro con una bolsa de tela sobre las rodillas, como un niño en una excursión del colegio.
Lucía había dejado la moto subida a la acera y se apoyaba en ella con los brazos cruzados.
El guarda abrió la cadena sin salir de la garita, con la cara de quien prefiere no haber visto nada.
—Esto es tuyo por esta noche. —Lucía le puso en la mano un móvil de plástico negro, de los que se compran en un locutorio, con un auricular de cable enrollado—.
Con tarjeta. Los cuatro lo son, los compré esta tarde.
No es tu número ni el mío. Tu teléfono se queda apagado en la guantera de la cabina.
—¿Y si llama la sargento?
—Si no estás, no llama. Cuando vuelvas, la llamas tú.
—Alguien tiene mi número —dijo Víctor.
—Por eso. Que piense que duermes.
Julián había bajado el cristal una cuarta. Llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas y la voz algo más baja que de costumbre.
—A mí esto de usarlo de cebo me escama.
—No lo usamos de cebo. Le pedimos que haga lo que hace los jueves.
—Es lo mismo con otras palabras.
—Es lo mismo —admitió Lucía, sin mirarlo—. Y él lo sabe, y lo hace igual. Lo que cambia es que esta vez habrá tres aros escuchando.
—Yo no me siento cebo —dijo Víctor, aunque no estaba seguro.
—Hoy Carmen no me ha conocido —dijo Julián, de pronto, hacia el volante—. Ayer sí. Me ha preguntado si venía a arreglar la tele. —Se rascó la nariz con el guante—. Así que de aquí a las dos de la mañana, lo que no sea esto me trae sin cuidado.
Nadie contestó. Lucía se puso el casco. Julián subió el cristal, metió primera y el Seat se alejó con un traqueteo de escape suelto.
Víctor los vio doblar la esquina, entró en el solar y hizo lo que hacía siempre.
Dos veces el cierre del remolque. La cortina de la litera abierta, la cama hecha a escuadra, la cortina cerrada.
Un dedo por el borde interior de la puerta.
Luego arrancó, y por una vez el ritual le pareció una comprobación y no un amuleto, porque alguien había estado dentro.
*
En el auricular de cable se juntaron cuatro respiraciones a las once y cuarenta. Lucía había insistido en la prueba de audio, lista y por orden, con el tono de quien pasa revista.
—Eusebio.
—Presente. Kilómetro 195, camino de tierra bajo el paso superior. Con el termo, esperando a Julián.
Eusebio Cano era un radioaficionado de Torrejón, jubilado de Renfe, al que Víctor no había visto en su vida. Tenía la voz de fumador de pipa y las vocales de Soria, y había montado su antena sobre el techo del coche con tubos de cortina.
—Julián —dijo Julián, con el ruido de un Seat al fondo—. Pasando Guadalajara. Llego a la una menos diez si no me multan.
—Rubén.
—Km 230. Apartadero al pie de la bajada. Hace un frío de la hostia. Perdón, jefa.
Rubén tenía veinte años y era voluntario de Protección Civil de Arganda. Lucía lo conocía de la red de emergencias.
—Lucía, en ruta. Llegaré al 215, bajo el paso superior del camino de concentración, a la una y cuarto. Mochuelo.
—En ruta. Kilómetro cuarenta.
—Reglas. A partir de la una y media, micrófonos cerrados. Solo habla quien oiga algo, y solo para decir «ya». Las marcaciones se dan cuando yo diga «ya» a mi vez, no antes. Si perdéis cobertura, avisáis con un mensaje y no os mováis. Y nada, a nadie, por el canal 19. Esta noche somos orejas.
Víctor condujo con el auricular puesto, con el volumen de la emisora al mínimo y el grabador en marcha.
El canal 19 murmuraba para sí. A la altura de Guadalajara pasó un camión portugués hablando consigo mismo en voz baja.
Más adelante, un cisternero de Burgos preguntó a otro si el bar de Ateca seguía abierto de noche y el otro dijo que lo sabría cuando llegase. Después, nada.
Esa nada estaba llena de gente. Víctor la sentía como una habitación con la luz apagada en la que respiran otros.
De vez en cuando, en el auricular, alguien tosía.
A las doce y veinte Rubén escribió que se le iba la cobertura y que se quedaba donde estaba.
A las doce y cincuenta Julián anunció que había llegado, que Eusebio le había ofrecido un café de termo con un chorro de coñac, que él había rechazado con dignidad y aceptado a continuación, y que quien tuviera frío podía irse a casa.
Rubén preguntó si podía comerse un bocadillo.
Lucía le dijo que sí, pero sin hacer ruido con el papel de aluminio.
Fue la única vez en toda la noche que Víctor sonrió.
Después se le pasó. En plena meseta, con la carretera vacía y el cierzo todavía lejos, se vio a sí mismo en el retrovisor, un hombre con un cable enrollado en la oreja que conducía hacia un lugar al que llevaba años sin mirar, y pensó en el cartel de la sala de espera de la Comandancia.
Las mechas violetas. El teléfono 062. La hora subrayada a bolígrafo.
Escucho, no contesto, se repitió. A la una y diez Eusebio murmuró algo a Julián sobre el termo y Julián contestó una palabra que Víctor no entendió y que sonó a «calla».
A la una y media el cierzo, que llevaba dos horas ocupado en otra parte, volvió a empujar el remolque desde el noroeste. Sujetó el volante con las dos manos.
—Kilómetro —dijo Lucía, muy bajito.
—Doscientos seis.
—Aguja.
—En el uno. En el ruido.
Doscientos siete. Doscientos ocho. El reloj del cuadro marcó la una y treinta y nueve, y la estática hizo lo que hacía siempre, que era nada.
En el doscientos nueve, a la una y cuarenta, la aguja no se movió.
Víctor oyó a Lucía tragar saliva por el auricular.
Doscientos diez. La una y cuarenta y dos.
A su derecha pasó una señal con un número que no leyó, y empezó a pensar en lo fácil que sería que aquella noche, justo aquella noche, no hubiera nada.
La aguja se levantó a la una y cuarenta y cuatro.
*
No saltó, como con la voz de base. Subió como sube el agua en un vaso, y cuando él se dio cuenta ya llevaba un rato subiendo.
Tres divisiones. Cuatro. Pulsó el botón del grabador con el pulgar derecho sin apartar los ojos de la carretera, y por el auricular entró un silencio de cuatro personas conteniendo la respiración.