Capítulo 7. El mote #2
Lucía alzó la vista del portátil. Julián se frotó la barbilla. Ninguno dijo nada, y Víctor agradeció, no por primera vez, que existiera gente capaz de no decir nada a tiempo.
El teléfono volvió a vibrar en su mano. Número oculto.
Contestó.
—¿Sí?
Nadie.
Pero no era el silencio de una línea cortada.
Era un silencio con espacio dentro, con una especie de hálito al fondo, tenue, un siseo de aire o de estática.
Víctor se pegó el teléfono a la oreja. Oyó, o creyó oír, a mucha distancia, el roce de una tela.
Una respiración demasiado controlada para ser natural.
—Oiga —dijo—. ¿Quién es?
Nada. A los cinco segundos, la llamada se cortó con un clic. Se quedó mirando la pantalla. Había tenido otra a las dos y diez, en casa, cuando todavía creía que se había equivocado alguien. Dos llamadas silenciosas en un día. Se la enseñó a Lucía sin una palabra.
—Número oculto —dijo ella—. No sirve de mucho. Pero alguien tiene tu móvil, y eso ya es un dato. Anótalo como dato.
*
Fue Julián quien tuvo la idea. Estaba cansado de dar vueltas a la voz, de mirar espectrogramas que no le decían lo que él quería, y a las seis y media se levantó y fue hasta el ordenador de Lucía con un andar de cojo.
—Dejadme el audio del martes. El que tiene el golpe.
—Ya lo hemos analizado.
—Tú has analizado la voz. Yo quiero el golpe. —Se sentó, tecleó, abrió el programa de edición—. Voy a hacer una cosa que se me ocurre cuando me aburro: bajar la velocidad sin cambiar el tono, o cambiando el tono, depende. Ocho veces más lento. A ver qué pasa por dentro de un golpe.
Lo puso. Y entonces ocurrió una cosa extraña.
El golpe, que había sonado cientos de veces en la cabeza de Víctor como un único estallido metálico, se abrió.
Se desplegó en el tiempo, como una flor que se abre en un vídeo acelerado, y reveló sus partes.
Había primero un chasquido corto, de ataque, el contacto.
Luego un tañido grave que se prolongaba y moría en una cola larga, de eco de hierro.
Y en la cola, entremezclado con ella, un segundo ruido que no era golpe sino roce: un raspar largo, ronco, que subía de tono a medida que se extinguía el tañido.
Y al final, antes de que el siguiente golpe llegara, un tableteo seco, tac-tac-tac-tac-tac, regular, continuo, de piezas pequeñas pasando una detrás de otra.
Víctor se levantó.
No lo decidió. Se encontró de pie, con la taza todavía en la mano, y la boca llena del sabor de la llave. Lucía, que estaba observando la pantalla, se giró hacia él.
—¿Qué pasa?
—Otra vez.
Julián lo repitió, a la misma velocidad. Chasquido. Tañido. Raspar. Tableteo.
—Otra vez —dijo Víctor.
Lo había oído. No aquí: en otro sitio. Con las ventanas de la cabina bajadas, a mediodía, en un patio de grava lleno de polvo amarillo y de camiones haciendo cola.
Tenía la imagen: una torre de hormigón que subía hacia el cielo como una chimenea rectangular, con una cabina de chapa en la cima y, al pie, una portezuela a la que se asomaba un hombre con un mono azul.
Y en el aire, ese ritmo, ese tableteo detrás del golpe.
Una cadena. Una cadena de cangilones, uno tras otro, subiendo el grano, y uno, uno solo entre todos, que estaba torcido y que cada vuelta, al pasar por un punto de la carcasa, la golpeaba con el borde.
—Es un elevador —dijo.
—¿Un qué?
—Un elevador de cangilones. Lo llaman noria, en las cooperativas.
Es una cadena con cubos que sube el grano desde la fosa hasta el silo.
—Hablaba despacio, escuchándose, sin atreverse a respirar fuerte—.
Una vuelta completa, con la cadena a velocidad de trabajo, tarda unos cuatro segundos en pasar por el mismo sitio.
Si hay un cubo torcido, golpea una vez cada vuelta.
Lo he oído cargando cebada, en Épila, en La Almunia, en Ricla.
En media Aragón. Cada cooperativa tiene su noria, y la mitad suenan así, con un cubo flojo.
Yo paraba junto a la báscula puente, pesaba, me daban el ticket, y todo el rato eso: golpe, golpe, golpe.
Pasas la vida oyéndolo. No te das cuenta.
Calló. En el taller, ni un ruido.
—¿La báscula puente? —preguntó Lucía, despacio.
—La plataforma donde se pesan los camiones, en la entrada. Siempre hay una, con su oficina. La cooperativa tiene la torre al fondo. Oyes la noria desde la báscula. —Se pasó la mano por la frente—. No sé de qué cooperativa es. Pero es de una cooperativa. Con silos y con una noria vieja.
Lucía ya no tecleaba. Se había quitado las gafas, las sostenía por una patilla, y miraba la pantalla donde Julián había dejado la onda desplegada con sus cuatro partes. Parecía estar viendo de pronto algo que llevaba semanas delante de ella.
—Esto no es una hipótesis —dijo, con un tono nuevo, como quien deja de ver un número y empieza a ver una cifra.
—¿Qué es?
—Un dato. —Se puso las gafas—. Una cooperativa agraria con silos, a menos de diez kilómetros de la autovía, entre el 205 y lo que haya detrás del 214, con un elevador de cangilones que lleva años funcionando con un cubo torcido. Eso se puede buscar. Eso, hijo, tiene nombre y ubicación.
—Hay muchas.
—Hay las que hay. No infinitas. —Y miró a Julián, que sonreía por fin con toda la cara—. Perdona. Te debo una disculpa por lo del chiringuito.
—Por lo del chiringuito te perdono —dijo él—. Por lo de la fórmula, no.
Julián sacó de un cajón un mapa de carreteras doblado en ocho, de los de papel, con los pliegues gastados hasta la transparencia, y lo extendió sobre el banco apartando soldadores y bobinas de estaño.
Lucía dibujó encima, con un rotulador fino, el abanico de cien grados.
Víctor, sin que nadie se lo pidiera, empezó a señalar con la uña.
—Aquí hay una. Pasado Alhama, en la vieja carretera, con los silos a la derecha según se baja. Aquí otra, a la entrada de Ateca, la grande. Y una más, que no sé cómo se llama: la veo desde la autovía, hacia el fondo, un silo blanco entre las lomas. Nunca he cargado allí.
—¿Cuántas dentro del abanico? —preguntó Lucía.
—Dentro de ocho o diez kilómetros del 209...
—Calculó con el índice y el pulgar sobre la escala del mapa—.
Tres. Cuatro, si cuentas una pequeña que no usan los camiones.
Y los silos del SENPA, que están abandonados, junto a la carretera vieja.
Pero esos ya no tienen noria. Si la tuvieron, la quitaron.
—Cuatro. Cinco. —Lucía tapó el rotulador con un clic—.
No es una dirección, pero es una lista. Y con una lista se trabaja.
Si montamos varias estaciones de escucha a la vez, con tres aros y tres radios, y el tipo vuelve a emitir, las tres líneas se cruzarán en algún punto.
No hará falta que nadie se acerque a nada.
—La sargento ha dicho que no nos metamos —murmuró Víctor.
—La sargento ha dicho que no lo intente un aficionado. —Lucía lo miró con una seriedad que no admitía ironía—. Yo no soy aficionada. Soy ingeniera. Y Julián lleva medio siglo con una soldadura en la mano.
—Cuarenta y cinco años —corrigió Julián—. Por favor.
—No te voy a pedir que te metas, Víctor. Te voy a pedir que hagas lo que haces todos los martes y todos los jueves. Pasar por el sitio. Lo demás, de oído, lo ponemos nosotros.
Ninguno de los tres miró el reloj, pero los tres hicieron la misma cuenta: faltaba un día entero para volver a pasar por el 209.
Víctor volvió a sentarse. Tenía las rodillas flojas y el sabor a metal no se le iba de la boca.
Miraba la onda abierta en cuatro piezas, cada una con su forma, y comprendió que había estado oyendo esa cosa durante toda la semana sin oírla, que su cuerpo la había reconocido antes que él, en el kilómetro 209, en el área del 205, en la barra que se movía en el remolque ajeno.
No era un sonido que le asustara por sí mismo.
Era un sonido que había tenido siempre cerca de algo que le asustaba.
Se miró las manos. Estaban quietas.
—Es una noria —dijo, otra vez, porque le sonaba extraño.
Y Lucía Ortega, por primera vez desde que la conocía, no contestó con otra pregunta.