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Capítulo 7. El mote

La grabación de Lucía duraba seis segundos y medio.

Los había copiado en el portátil con un nombre de archivo que parecía una matrícula, y los puso por tercera vez en los altavoces del taller con la misma cara con que otra persona habría puesto una canción que le gusta y no quiere reconocer que le gusta.

—Mochuelo. ¿Sigues despierto? Aquí base. Recibido.

La voz de aquel hombre, en el taller de Julián, a las tres y media de la tarde del miércoles, tenía algo más de volumen y menos de amenaza que en la cabina. Era una voz que se movía con soltura por las vocales, que ponía una pausa elegante antes de cada consonante dura. Lucía paró el archivo.

—¿Qué es lo que te gusta poco? —preguntó Julián.

—Que no se parece. Mira la portadora. —Giró el portátil hacia ellos.

En la pantalla, una línea horizontal fina y limpia atravesaba la cascada de colores como una raya hecha con regla—.

Ni deriva, ni zumbido. Estable como una roca.

Es el mismo canal, el mismo tramo, el mismo tono de saludo, y no es el mismo aparato.

O no es el mismo aparato, o es el mismo con otra fuente de alimentación, que sería un arreglo de cuatro duros. Anótalo.

—Anotado —dijo Julián, y se puso a buscar algo en un cajón sin encontrarlo.

Víctor, sentado en la silla que no cojeaba, se había quitado la chaqueta por primera vez desde que llegó.

Tenía los ojos como si le hubieran frotado arena.

Había descargado en PLAZA a las seis, había vuelto sin parar en El Mirador, y desde las once de la mañana se había obligado a mantenerse despierto con la ayuda de tres cafés que no le sentaron bien.

En su cabeza, el saludo de la noche daba vueltas con una insistencia de gotera.

—¿Pudiste marcar? —preguntó.

—Un poco. —Lucía abrió un mapa en la pantalla, un recorte del valle del Jalón con la autovía en rojo—.

Seis segundos con un aro de cuadro no es lo ideal.

Tienes que rotarlo, esperar el mínimo, volver a rotar, comparar.

Yo hice dos pasadas. Me salió una línea de cien grados, con un margen de veinte para cada lado, desde el área del 205.

Es decir: hacia el este-sureste. —Dibujó con el dedo un abanico estrecho que partía del 205 y se abría hacia el 214 y más allá—.

Eso, con la precisión que tengo, puede ser la propia autovía, o la vieja carretera que corre al lado, o una aldea, o un campo con una antena en un tractor.

No es nada, pero no es nada en una dirección.

—Pasa justo por el 209.

—Por el 209, el 214 y lo que haya detrás.

Sí. —Se subió las gafas con la muñeca—. Lo que no puedo decirte es a cuántos kilómetros.

Con una línea no hay distancia. Y tengo un problema con la intensidad: si estuviera al lado de la autovía, a dos o tres kilómetros, y emitiera con cuatro vatios, yo en el 205 recibiría algo.

Pero recibo demasiado. Esa señal sale con más potencia de la legal o con una antena mucho mejor que la de una cabina.

—O desde un coche con una antena buena —dijo Julián.

—O desde un coche. Sí. —Lucía pareció pensarlo por primera vez—. Anótalo.

*

Julián había hecho café en la cafetera italiana y lo había servido en tres tazas que no hacían juego.

Cuando sirvió la de Lucía, le temblaba un poco el pulso y derramó una gota sobre el banco.

La limpió con la manga y disimuló, con una tos, lo que hubiera podido decirse sobre eso.

A Víctor le dolió verlo. Esa mañana, había contado Julián de pasada, la residencia había anunciado una subida para enero: trescientos euros más al mes, con una carta amable y un teléfono para dudas.

—Hablemos del mote —dijo Lucía.

—¿Qué hay que hablar? —preguntó Víctor.

—Mucho. Porque es lo único que tenemos que no sea ruido. —Dejó la taza—. Se te ha dirigido alguien por tu apodo. Eso, a primera vista, es una prueba de que el que habla te conoce. Y a mí me parece que no lo es.

—No te sigo.

—«Mochuelo» es un mote común. En las redes de emergencia, yo conozco tres.

Hay un Mochuelo en Segovia, un Mochuelo en Burgos y uno en Plasencia.

Los camioneros le ponen mote a todo el que trasnocha.

Búho, Lechuza, Mochuelo, Cárabo. Es el equivalente de «Pepe».

—Alzó las manos—. Y, sobre todo, lo dijiste tú.

El jueves por la noche. Con el micrófono abierto.

«Aquí Mochuelo.» Cualquiera que estuviera escuchando en el 19, a esa hora, en ese tramo, lo oyó.

—Cualquiera que estuviera escuchando.

—Nadie, probablemente. Pero el tipo del golpe, sí. Y el que habló anoche, si no es el mismo, lo ha oído por él. Eso significa que tú le diste el mote en bandeja.

Víctor miró la taza.

—Es verdad.

—No te lo digo para que te sientas mal. Te lo digo para que veas lo que es una prueba de verdad. «Me han llamado Mochuelo» no prueba que te conozcan. Prueba que te han oído. Es una diferencia grande, y si no la hacemos vamos a acabar creyendo que el universo nos habla.

—No tanto —dijo Julián.

Lo dijo sin elevar la voz, mirando por la ventana, con la taza en la mano. Lucía giró la cabeza.

—¿No tanto, qué?

—Que no es tan común. Tienes razón en lo que dices: el mote es corriente.

Pero Mochuelo, para un camionero, es el que se queda de noche con lo que nadie quiere.

Es lo que me contó Víctor, cuando se lo pusieron.

Eso ya no es Pepe. —Se volvió—. Y lo que no es corriente es lo que va detrás.

Una voz que no pregunta por un mochuelo cualquiera; pregunta si sigue despierto.

«¿Sigues despierto?» Eso no es un saludo.

Es una pregunta con memoria. Es lo que se le pregunta a quien se ha conocido despierto.

—Eso es una interpretación —dijo Lucía.

—Es una interpretación. —Julián se encogió de hombros—. Es mi trabajo, hija. Interpretar.

—Y el mío desconfiar de ella. —Pero sonreía un poco por primera vez desde que había llegado—. Está bien. Anotamos las dos. «Julián cree que la voz tiene memoria. Lucía, que no hay evidencia.» Y te pido a ti, Víctor, una cosa. ¿Quién te puso el mote?

—Tomás Vela. Un compañero. Hace veinte años.

—¿Vive?

—Murió en Francia.

—¿Y quién más te llamaba así?

—Los de la carretera de entonces. Camioneros. Los de las áreas de servicio. Los que me conocían por la radio.

—O sea, muchos.

—Muchos. La mayor parte ya no están.

—Muchos. —Lucía lo apuntó—. Entonces, para ser honestos: tenemos a alguien que oyó el mote el jueves y, además, no podemos descartar que alguien de entonces te conozca. Lo segundo no lo podemos demostrar. Lo primero, sí.

El teléfono de Víctor, sobre el banco, empezó a vibrar.

*

Era Sara Molina. Reconoció el número porque lo había guardado, con una vergüenza que no supo explicarse, bajo el nombre de «Sargento». Se apartó hasta el fondo del taller, junto a una pila de cajas de cartón con la palabra PROVISIONAL , y contestó de espaldas.

—Señor Salas.

—Sargento.

—Le llamo por dos cosas. —La voz era la misma del lunes, sin prisa y sin adornos—.

La primera: necesito las tarjetas originales.

No las copias; las tarjetas. Las lleva usted encima, ¿no?

Quiero que las traiga a la Comandancia, dentro de la bolsa en que se las entregó el técnico, sin abrirla. Hoy o mañana.

—Mañana tengo ruta de noche. Puedo pasar por la mañana.

—Pasará. Y la segunda: me han dicho que anoche estuvo usted por el 209 y que alguien le habló por radio.

Víctor se quedó con la mano a medio camino de la oreja. Detrás de él, Lucía había dejado de teclear.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Nadie. Lo he supuesto. Ese tramo y esa hora son las suyas, y a usted no le he dicho que se quedara en casa. —Un silencio muy breve—. ¿Es cierto?

—Es cierto. Alguien dijo mi mote. No contesté.

—Bien. Tiene que seguir así. No conteste, no se acerque, no intente localizar. Si ese hombre tiene algo que ver con la chica, lo último que necesito es que lo asuste o que se asuste usted. Y sobre todo que lo intente un aficionado con buena voluntad y mala suerte.

Víctor no dijo nada. Sara no lo sabía, o lo sabía todo: no había manera de decidirlo por la voz.

—¿Ha notado algo raro en su camión? —preguntó ella.

—Sí. El lunes, al salir de la Comandancia. Lo registraron. Entraron con llave. No falta nada.

—¿Por qué no me ha llamado?

—No he tenido ocasión.

—Tiene mi móvil en el dorso de la tarjeta. —No era una reprimenda; era una constatación—. Haga una denuncia. Allanamiento. Aunque no falte nada.

—¿De qué sirve?

—De que quede escrito.

Hubo una pausa, que le pareció intencionada. Una carpeta que se abría, quizá.

—Una pregunta más. Y piénselo antes de contestar, porque no es de las que tienen respuesta rápida. ¿Ha tenido usted trato alguna vez con empresas del polígono Los Tilos? Cargas, descargas, trabajos, contratos. En cualquier momento de su vida.

—No que yo sepa.

—¿Que usted sepa?

—He trabajado para muchas empresas, sargento. Treinta años. No me acuerdo de todas. —Notó que le sudaba la mano y la cambió de oreja—. Los Tilos no es mi ruta. Si he estado alguna vez, no me suena.

—Hágame una lista —dijo ella.

—¿De qué?

—De todas las empresas para las que ha trabajado o cargado en los últimos quince años. Nombres, fechas aproximadas, quien le pagaba. Lo que recuerde.

—Es mucho.

—Pues empiece por lo que recuerda. —No había dureza, pero tampoco margen—. Y si hay algo que no recuerda, apúntelo igual. «No recuerdo» también es una respuesta.

Colgó. Víctor se quedó mirando la pantalla con el nombre de «Sargento» sobre un fondo oscuro.

«No recuerdo» también es una respuesta. En la nuca, a la altura exacta donde la voz de la noche le había rozado como una mano, notó un ligero enfriamiento, una gota de sudor frío.

Pensó en la hoja en blanco. En una lista que se quedaría con un hueco en medio, un hueco del tamaño de seis meses, y que a él nunca le había parecido un hueco, sino una página que simplemente no se escribía.

—¿Qué quería? —preguntó Julián.

—Que haga una lista.

—¿De qué?

—De dónde he trabajado.