27.185 Capítulo 6. Frecuencias #2
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Capítulo 6. Frecuencias #2

—Mi corredor —dijo—. Transitarios Henares.

Bernardo, el de tráfico. El almacén de PLAZA, los de los muelles.

El guarda del solar de Alcalá. Mari, la del bar de El Mirador.

Cualquiera que haya mirado el cuadrante de salidas de la nave, que está en un tablón.

—Contó con los dedos, y a la tercera se detuvo, porque la lista iba creciendo hacia las personas que había tratado, y todas parecían iguales de inocentes—. Julián. Tú. Mucha gente.

—Mucha gente. —Lucía asintió—. Es decir, nadie en particular. Es una buena respuesta, porque no nos lleva a ninguna parte, y eso evita que empecemos a creer lo que nos conviene.

—Hay otra cosa —dijo Víctor, y le sorprendió oírse—. Cuando volví a Alcalá, ayer, mi cabina estaba revuelta. No faltaba nada. Habían levantado el colchón y puesto la cortina de la litera abierta. Yo no la dejo nunca así.

Se hizo el silencio de la gente que se ha puesto de acuerdo para no decir lo primero que piensa.

—¿Has denunciado? —preguntó Julián, bajito.

—No falta nada. ¿Qué voy a denunciar? ¿Una cortina?

—Una cortina no es una prueba —dijo Lucía, y esta vez la frase le salió sin la dureza de antes—. Pero es un dato. Anótalo como dato, no como hipótesis. Y, por cierto, si alguien ha entrado en tu cabina, lo mínimo es que cambies la cerradura.

—No me han forzado nada. Tenían llave.

Lucía se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz. Julián abrió la boca y la cerró. En un estante, entre la foto de Carmen y una radio de válvulas con el dial roto, el reloj de pared marcó las siete en un clic seco.

—Quiero ir esta noche —dijo Lucía al fin—.

A esa hora, al tramo. Con la antena de cuadro, un receptor y un grabador.

Tú vas en la cabina, como siempre, sin hacer nada distinto.

Yo me quedo en el área del 205 con mi moto.

Si el tipo emite cuando pasas, lo hace desde algún punto, y yo tomo una marcación.

Con una sola línea no sacamos nada. Pero es el primer palo.

—Tengo que salir a las once y media. A esa hora estaré en el 209 hacia la una y cuarenta.

—Entonces yo estaré en el 205 a la una. —Cerró el portátil—. Y una cosa más. No contestes. Por mucho que lo oigas. Si respondes, le das información. Si no respondes, solo lo has oído.

—La sargento me dijo lo mismo.

—La sargento tiene razón. No lo digo muy a menudo.

*

Esa noche, el solar de Alcalá olía a lluvia que no había llegado a caer. El guarda, que estaba despierto esta vez, le dijo buenas noches con una especie de embarazo, como si hubiera hecho algo mal y no supiera qué.

—¿Ha venido alguien a mirar el camión? —preguntó Víctor.

—¿Eh? No. Que yo sepa, no. —Se llevó la mano a la nuca—. Es que ayer por la tarde estuve con lo de mi mujer, en el médico, y cerré con la cadena. Pero la cadena estaba puesta cuando volví. ¿Pasa algo?

—No pasa nada.

Revisó el cierre del remolque. Dos veces.

La cortina de la litera: la abrió, y la cama estaba hecha con las esquinas a escuadra, como él la había dejado el día anterior después de pasar media hora peleándose con la manta.

La cerró. Al subir, antes de girar la llave, pasó el dedo por la parte interna de la puerta en busca de un hueco que no estuviera. No lo había.

Escribió en la libreta: Mar. 23.27. Alcalá. Km 30. Sin novedad. (Cabina revisada.) Y dudó con el bolígrafo. Tachó el paréntesis y lo volvió a escribir.

Había tomado una decisión en la ducha, sin enterarse de que la tomaba: esta noche no contestaría.

Se lo había prometido a Lucía y se lo había prometido a la sargento, pero sobre todo se lo había prometido a sí mismo, con una vehemencia que conocía de otras épocas, de cuando se obligaba a no mirar el teléfono, a no encender la radio, a no abrir un cajón.

Contestar era lo que haría un hombre que cree tener algo que decir.

Él había aprendido que callar era más seguro.

Por eso, mientras salía del solar con las luces cortas, se repitió por dentro la regla como quien se aprende un número de teléfono: Escucho.

No contesto. Iba a ser más difícil de lo que parecía, y lo sabía.

La noche era clara y ventosa. Cruzó Guadalajara con el 19 hablándole bajito a un transportista de Teruel, un camión de cartón que bajaba a Valencia y un hombre que preguntaba si había hielo en el puerto, que no.

Aparte de eso, el vacío de siempre. En la meseta le entró el cierzo, más duro que el jueves anterior, y tuvo que sujetar el volante con las dos manos.

A la una y treinta y seis vio a la derecha la lucecita roja de una moto en el área del 205, y al pasar levantó dos dedos de la mano izquierda, que no sirvieron de nada.

A la una y treinta y nueve, el kilómetro 208. A la una y cuarenta, el 209.

La aguja se movió.

No sabía por qué, pero esta vez estaba preparado. Apretó el botón del grabador y se dispuso a esperar la respiración, el roce, el hombre cansado, la palabra a medias. Dejó la ventanilla subida. Empuñó el volante a las diez y las dos.

La estática se abrió en silencio, como una cortina. Lo primero que advirtió fue lo que faltaba: no había respiración, ni golpe, ni suelo de ruido. Una señal limpia, fuerte, que ocupaba el canal con la limpieza de un estudio. Y, en medio de esa limpieza, una voz.

—Mochuelo.

Era una voz de hombre maduro, grave, templada, cálida.

Se aproximaba al micrófono como se aproxima a una mesa con comensales.

No arrastraba nada. Había en la dicción una elegancia de quien ha hablado en público sin hablar nunca fuerte, la voz de un hombre que ha dicho miles de veces «buenos días» a gente a la que le debía dinero y gente a la que se lo debían a él. Víctor se agarró al volante.

—¿Sigues despierto?

Una pausa. Un hálito, apenas, la respiración corta que se hace antes de decir algo que ya se sabe cómo termina.

—Aquí base. Recibido.

Y la portadora murió, de golpe, sin rastro, como si la hubieran cortado con una tijera.

Víctor no respondió. Tenía el micrófono a un palmo, colgado de su soporte, y las manos clavadas al volante. El camión siguió. La curva llegó y pasó. El cierzo le dio de lleno y lo empujó hacia la raya y él lo corrigió sin sentir. El reloj del cuadro marcó las 01:42.

Por un momento se preguntó si era la voz del martes con otra salud: la misma garganta sin el catarro, sin el miedo, mucho mejor educada.

Quiso creerlo, porque era lo más simple.

Pero había algo en ella, no en el timbre sino en el modo de decir, en cómo se ponía la pausa antes de la «r» de «recibido», en esa respiración corta antes de la última palabra, que le había rozado la nuca igual que una mano.

No la identificaba. La había oído antes.

No sabía dónde, ni cuándo, ni de quién, pero la sabía, como se sabe el camino de vuelta a una casa a la que no se ha vuelto en años: con el cuerpo, no con la memoria.

Pasó la salida 214 a las 01:47, en el carril de la izquierda, sin que nadie le hubiera dicho que lo hiciera. El sabor de la llave no vino. Tenía la boca ocupada con otra cosa.

Lo del mote se explicaba. Lo había dicho él mismo el jueves, por la radio, ante un canal vacío, y cualquiera que hubiera escuchado a esa hora pudo oírlo.

Eso no era lo que le había puesto la piel de gallina.

Lo que le había rozado la nuca, igual que una mano, era el modo de decirlo: la pausa antes de la «r», la respiración corta, la palabra «base».

Nadie le llamaba así. Hacía años que nadie contestaba a Mochuelo desde una base, desde un sitio que supiera dónde estaba él y por dónde pasaba, con la tranquilidad de quien ha hecho esa llamada mil veces a otro hombre que respondía siempre.

Y esa noche, por segunda vez desde que había empezado todo, alguien al otro lado de la radio esperaba que él contestara.

No lo hizo. Pero le costó más que cualquier otra cosa que hubiera hecho en su vida.