Capítulo 6. Frecuencias
Lucía Ortega llegó al taller de Julián a las cinco y diez de la tarde, en una moto pequeña y ruidosa que dejó medio subida a la acera, y entró sin llamar con una caja rígida de plástico negro en una mano y un aro de cobre del tamaño de una rueda de bicicleta colgado del hombro como una corona de espinas.
—Llegas tarde —dijo Julián.
—Llego cuando acabo. —Dejó la caja sobre una mesa, apartó un transformador con el antebrazo y se quitó el casco—. ¿Esto es lo que hay que ver?
Tenía treinta y un años, el pelo muy corto, de un castaño sin opinión, unas gafas de montura fina que se subía con el dorso de la muñeca y unas manos de uñas cortas con restos de soldadura en los nudillos.
Llevaba una parka negra con la cremallera hasta la barbilla y unos cascos de música colgados al cuello, apagados.
Su manera de moverse tenía algo de la de Sara Molina, económica, sin movimientos de sobra, pero estaba hecha de otra sustancia: Sara lo hacía por disciplina y Lucía lo hacía por impaciencia.
Miró a Víctor un segundo, de arriba abajo, con la franqueza de quien mide un cable.
—Tú eres el de la grabación.
—Víctor Salas.
—Lucía. Julián me ha dicho que has oído una voz en el 19 y que una sargento de la Guardia Civil te ha dicho que no te metas.
Que la voz habla de una chica y que hay una chica desaparecida.
—Pronunció los cuatro hechos como quien enumera los cuatro tornillos de una pieza antes de ver si encajan—. Antes de nada: ¿qué sabes y qué crees?
—Qué sé: lo que he oído.
—Bien. Y qué crees.
—Que es una chica.
—Anótalo como hipótesis —dijo ella, y se sentó.
Julián, que había estado todo el rato detrás del banco de trabajo con una taza en la mano y una expresión de orgullo mal disimulado, hizo un gesto de presentación que no admitía réplica.
—Esta es Lucía Ortega, la mejor alumna que he tenido y la única persona que me ha corregido una fórmula en público.
—Dos fórmulas.
—Una fue una errata.
—La otra no.
Víctor se sentó en la silla que no cojeaba. Le gustó que fuese ella quien hablara de hechos y no de impresiones, y a la vez le incomodó, porque era justo lo que él mismo llevaba una semana intentando hacer, y no le salía.
*
El análisis empezó con una exposición que Lucía hizo en pie, de espaldas a la ventana, con los dedos de una mano abiertos para ir contando.
—Los modos prácticos para oír algo en 27 megahercios que no esté al lado son dos.
Uno, onda de superficie: la señal viaja pegada al suelo y se atenúa deprisa.
Con cuatro vatios y una antena de camión, estás hablando de unos pocos kilómetros, ocho o diez en terreno abierto, menos si hay un valle de por medio.
Dos, rebote ionosférico, que es lo que Julián llama «skip» cuando quiere parecer joven.
Ahí la señal sube, se refleja, baja a trescientos o tres mil kilómetros y aparece donde no corresponde.
Puede pasar de noche y en estas fechas, aunque es menos probable a la una y media.
Pero tiene firma. Eco, desvanecimientos, un volumen que sube y baja como el mar.
Se oye por todas partes, no en un tramo de autovía. Y suele entrar sucio.
—Como un pozo —dijo Julián.
—Como un pozo. Lo tuyo no suena a pozo. —Se volvió hacia Víctor—. ¿Dónde lo oíste?
—El martes, en el kilómetro 209. Lo perdí en la curva siguiente. El jueves lo oí desde el área de descanso del 205.
—¿Y cuando saliste del 205?
—No lo sé. No seguí oyéndolo. Estuve allí parado hasta cerca de las dos y luego arranqué.
—¿Y por el camino?
—Nada.
—Entonces tienes un sitio, no una trayectoria.
Aparece en un tramo de unos cuatro o cinco kilómetros, el mismo, dos veces.
Pierde fuerza a un lado y al otro. Eso es onda de superficie, y quiere decir que el emisor no está a mil kilómetros, ni a cien: está a poca distancia del tramo.
Si no mienten los datos. —Hizo una pausa—. Que es un «si» muy grande.
Abrió su caja. Sacó un ordenador portátil con una pegatina de un partido de rugby, cables, una radio pequeña de aspecto industrial, un aparato negro del tamaño de una cajetilla de tabaco con una antena telescópica, y el aro de cobre, que desmontó, rearmó y apoyó contra la pared con la ligereza de un paraguas. Víctor miró el aro.
—¿Eso qué es?
—Una antena de cuadro. —No levantó la vista—.
Un aro así recibe mal desde el frente y desde atrás y bien de los lados.
Si lo giras mientras escuchas, hay una posición en que la señal cae casi a cero.
Esa posición te da una línea. Con dos líneas desde sitios distintos, un punto.
Con tres, una zona. Se llama radiogoniometría; Julián dice «el chiringuito».
—Es el chiringuito —dijo Julián.
—Cuando la tienes calibrada y sabes lo que haces. A mí me tardó una semana en dejar de darme dolor de cabeza.
Escuchó el martes con auriculares, de principio a fin, dos veces. Después enchufó el aparato a su portátil y proyectó en la pantalla una cascada de colores, azules y amarillos sobre fondo negro, en la que la voz y el golpe se dibujaban como cicatrices.
—Esto es un espectrograma. Tiempo horizontal, frecuencia vertical.
Mira: esa línea fina es la portadora, que cae justo en 27.
185, y se desplaza arriba cada cuatro o cinco segundos, ¿ves?
, como si el cristal se calentara. Una deriva de trescientos hercios, más o menos.
Y esto de abajo, ese zumbido pegado a la señal...
—Señaló una banda ancha, borrosa, ligeramente más brillante que el ruido—.
Esto es ruido de fuente de alimentación. Equipo viejo o mal filtrado. O barato.
Julián dejó la taza.
—Enséñame eso.
Se acercó. Se plantó delante de la pantalla con las manos a la espalda y la boca un poco entreabierta. Lucía le cedió el sitio sin protestar.
—Pásalo otra vez —murmuró—. Solo el zumbido. Sin la voz.
Lo oyeron. Un ronroneo grave, con una especie de rizado que subía y bajaba en frecuencia y que a Víctor le recordó el ruido de un frigorífico antiguo.
—Lo he oído —dijo Julián.
—Hay millones de equipos con zumbido —dijo Lucía.
—No así. No con esa deriva y ese rizado. Esto no es de los baratos que se compran por internet. Esto es de los viejos, de los buenos. De los... —Se frotó la barbilla con los nudillos, hasta enrojecerla—. De los míos.
—¿De los tuyos?
—No lo sé. Me suena a algo que he tocado, no a un modelo. Como cuando oyes una voz y sabes que la conoces, pero no sabes de qué. —Meneó la cabeza con irritación—. Se me escapa. Me va a dar un ataque.
—Anótalo como hipótesis —dijo Lucía—. «Julián cree que le suena.»
—Jovencita, a mí no me explique usted la propagación, que yo ya estaba cuando se inventó.
—No te la estoy explicando. Te estoy diciendo que no basta con que te suene.
Julián soltó una carcajada breve que se le torció a medias, y se volvió a la pantalla con la cara de un hombre que ha perdido algo en el bolsillo. Víctor los miraba a los dos y pensaba en la manera en que algunas personas discuten cuando se quieren: dejando que la otra gane una línea cada vez.
*
Lucía le hizo después una serie de preguntas con las que fue rellenando una tabla en el portátil.
Qué día, qué hora, qué kilómetro. Con qué equipo.
Con qué antena. Qué distancia hasta la salida más próxima.
Qué clima. Si alguien más había estado en el canal.
Escribía a toda velocidad con los dos índices y, cuando Víctor contestaba algo con un «creo», le miraba de reojo y borraba la palabra.
—Martes de madrugada, 01:40. Jueves de madrugada, 01:38. —Giró el portátil—. Dos observaciones. Con dos observaciones no hay curva, hay dos puntos, y ya sabemos que con dos puntos cualquier cosa se parece a una recta. Pero hay un detalle. ¿En qué día de la semana pasas tú por el 209?
—Martes y jueves. De madrugada. Hacia la una y media.
—Ya. ¿Siempre?
—Desde hace tres años. Antes, otros días.
—¿Y en tres años de pasar a esa hora, por ese tramo, con tu radio, no has oído nunca nada así?
—Nunca.
—Que tú sepas.
—Que yo sepa.
Lucía se quedó callada, mirando la pantalla, y el taller entero esperó con ella. Fuera, un perro ladró dos veces, desinteresado.
—Entonces las opciones son estas —dijo, despacio—.
Una: llevan emitiendo años y es la primera vez que coincides con una emisión.
Improbable; según tú, has pasado cientos de veces.
Dos: la emisión es nueva, algo que empieza este martes y que, por casualidad, cae en tu ventana.
Posible, pero ya son dos veces seguidas en tus dos noches de ruta de la semana, y no ha habido ninguna fuera.
Tres: alguien emite cuando pasas tú. —Tomó aliento—. Cuatro: lo estás inventando.
—Lucía —dijo Julián.
—Es una lista, no una acusación. Hay que decirlas todas, y por orden de simplicidad.
—Víctor no inventa. Es el hombre con menos imaginación que conozco.
—Gracias —dijo Víctor, que no había abierto la boca.
—No es un insulto, es una garantía. —Julián se volvió hacia Lucía, con los puños en las caderas—. Además, tenemos el audio. Las cintas existen.
—Existen. Y tienen una voz que dice «mechas», sobre la que el único testigo es el que hace el audio.
—Lucía se alzó las gafas con la muñeca y miró a Víctor sin hostilidad—.
No te lo tomes a mal. No digo que mientas.
Digo que si yo fuera la sargento esa, lo primero que me preguntaría es por qué un camionero que pasa por un tramo todos los martes y jueves escucha, justo en ese tramo, y sólo ahí, a alguien que parece hablarle a él.
—No parece hablarme a mí.
—Parece. Por cómo lo cuentas, ese hombre hablaba hacia alguien.
Víctor miró a Julián, que miró a la ventana.
—Lo sentí —admitió—. No se lo había dicho a nadie. No sé más.
—Perfecto. Lo sentiste. —Escribió algo—. Hipótesis tres, anotada. Y la cuatro. Y ahora la pregunta útil: ¿quién conoce tu horario?
La pregunta le llegó como una corriente de aire frío bajo una puerta. Víctor la dejó pasar un momento para ver si traía algo con ella.