27.185 Capítulo 5. La denuncia #2
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Capítulo 5. La denuncia #2

—Significa que he oído su grabación y la he tomado en serio, que es más de lo que suelen conseguir los que vienen aquí.

—Se lo dijo sin calor, con una exactitud que a él le hizo daño—.

Pero también significa que con quince segundos de estática no puedo localizar un emisor, no puedo establecer un origen, y no puedo vincular esa voz con la persona desaparecida. Si le dijera lo contrario le mentiría.

—Dice «mechas».

—En Guadalajara hay muchas chicas con mechas.

—Eso mismo me ha dicho un amigo.

—Su amigo tiene razón. —Se levantó—. Le agradezco que haya venido.

Hágame un favor. No hable de esto con nadie más.

Ni con foros, ni con grupos de radioaficionados, ni con el bar de la carretera.

Y si vuelve a oír algo, lo graba y me llama a este número.

—Le tendió una tarjeta con una línea manuscrita al dorso—.

No conteste por radio. No se meta. Esto no es un canal de camioneros; es una investigación.

Lo dijo con una mano ya en el pomo de la puerta. Era una mujer que no necesitaba levantar la voz porque sabía bajar el volumen del mundo.

Víctor se levantó. Sintió, sin quererlo, un despecho antiguo, de muchacho al que el director del colegio despide con una palmada sin ocuparse de su problema.

Había ido a decir una cosa y le habían respondido con una frase hecha.

Le habían dado las gracias, que es lo que se dice a quien se quiere ver marchar.

Él traía una voz, un golpe, una palabra con un acento que caía donde caía el golpe, y la sargento había hecho lo que ellos hacen: tomar nota, apartar el papel y pedirle que se estuviese quieto.

—Es una chica —dijo, ya en el umbral—. Hay una chica.

—Lo sé. —Y por un momento tuvo la sensación de que ella iba a añadir algo más—. Váyase a casa, señor Salas.

*

El pasillo era largo y olía a linóleo. Al fondo, una puerta de cristal esmerilado con el letrero PLANTA 1 – POLICÍA JUDICIAL.

Dos agentes pasaron en dirección contraria con una caja de archivo entre ambos.

Esperó en un banco de madera, bajo un tablón de órdenes del servicio, hasta que un técnico joven con el pelo mojado le devolvió las tarjetas dentro de una bolsita de plástico con un número escrito a rotulador y le hizo firmar un papel.

Eran las diez y cuarenta. Víctor siguió las flechas hasta la escalera.

En el primer rellano, saliendo de otro despacho, un hombre de unos cincuenta años cerraba una puerta con el cuidado de quien no quiere despertar a nadie.

Era alto, algo cargado de hombros, con el pelo gris cortado al cepillo y una cara ancha y amable, de las que parecen siempre a punto de contar una anécdota.

Llevaba uniforme, con tres estrellas de seis puntas en las hombreras, un maletín de cuero y en la mano una taza humeante con el dibujo de un perro. Vio a Víctor, se detuvo y sonrió.

—¿El señor Salas, verdad? Gracias por venir.

—Buenos días.

—Capitán Barroso. No quiero entretenerle.

—Su apretón de manos fue cálido, seco, medido.

Le sostuvo la mano medio segundo más de lo debido y Víctor lo notó sin saber por qué—.

Me han dicho abajo que ha traído usted una grabación.

Esos gestos de los ciudadanos son los que nos mantienen despiertos. Aunque no sirvan de nada, sirven.

—Gracias.

—Cuídese. Y no se preocupe: lo estamos mirando todo. —La sonrisa no se movió—. Que tenga un buen día.

Y siguió su camino escaleras arriba con la taza humeante, sin apuro, saludando con un movimiento de cabeza a un agente que pasaba.

Víctor bajó. Fuera, el sol de las once lo recibió como un golpe tibio.

Tuvo la impresión, que se le quedó como una piedrecita en el zapato, de que el capitán había dicho «señor Salas» antes de que nadie se lo presentara, y de que el apretón, el medio segundo de más, formaba parte de una lista a la que no tenía acceso.

Lo atribuyó a la falta de sueño. Subió al coche.

Condujo hasta Alcalá sin música, y dentro del habitáculo oyó, no el motor, sino una frase que repetía su cabeza desde hacía media hora, con la voz seca de la sargento: Era para comparar.

*

Comió de pie, en la cocina, delante de la foto de Elena.

Pasó la tarde dando vueltas por el piso como un animal que descubre los límites de su espacio.

Limpió la nevera. Reorganizó los cajones de las herramientas.

Llamó a Julián y no lo cogió; le dejó un mensaje de tres palabras: «He ido.

Luego.» A las cinco y cuarto, sin haber decidido nada, se encontró con las llaves de la tractora en la mano y la chaqueta puesta.

Cuando no tenía otra cosa, iba a mirar el camión.

Era una manía sin importancia que conocían todos, hasta el guarda del solar: Víctor Salas apareciendo un lunes sin carga, sin motivo, con un trapo en el bolsillo, para comprobar la presión de los neumáticos o la tensión de las correas, o para quedarse un rato sentado sin arrancar.

El solar de Alcalá a esa hora estaba casi vacío.

Las tractoras alineadas, con el morro contra la valla; la caseta con la luz encendida; la televisión de siempre.

El guarda no estaba, o estaba dormido. Víctor cruzó el patio de grava con las manos en los bolsillos y llegó a su Volvo por el lado del conductor.

Se detuvo a metro y medio de la puerta.

No era nada. Era el borde de la puerta, que estaba en su sitio, y también un milímetro más afuera.

Cualquiera habría pasado de largo. Él no.

Víctor cerraba aquella puerta de una manera determinada: la empujaba con la palma hasta oír el clac del segundo muelle, dejándola enrasada con la carrocería, sin un hueco que se pudiera meter una uña.

Ahora, entre la puerta y el marco, había una raya negra de dos milímetros.

Abrió. Olía como siempre, a gasoil, a cuero de asiento y al café de un termo antiguo.

En el cuadro no faltaba nada. Ni el parasol ni la tarjeta del tacógrafo, que él llevaba encima.

Siempre se llevaba la libreta y el grabador: el resto de lo que había en la cabina no valía nada.

El juego de repuesto del contacto seguía en el cajón del salpicadero, donde lo había dejado el viernes.

El asiento del acompañante estaba vacío, con la funda gris tal como estaba.

La alfombrilla, en su sitio. El portavasos, limpio.

Se quedó de pie, con una mano en el volante, sin respirar del todo.

Lo vio en la tercera vuelta de ojos.

La cortina de la litera estaba abierta.

No del todo: recogida en su cinta, a un lado, con la tela lisa y bien sujeta.

Un detalle de hotel. Él no la dejaba nunca así.

Siempre la abría para mirar y la cerraba al instante; en nueve años no había pasado una noche, ni una tarde, en que esa cortina quedara abierta con el camión aparcado.

Y ahora la cama estaba allí, hecha, a la vista.

La manta gris, la almohada, el ventilador sujeto a la brida.

Dio un paso. Se inclinó. Lo comprobó con los dedos, sin tocar.

Alguien había levantado el colchón y lo había puesto otra vez en su sitio con mucha limpieza.

Pero las esquinas de la manta no estaban a escuadra: una caía un dedo hacia dentro, la otra un dedo hacia afuera, como los pliegues de una cama hecha por un hombre que no sabe que a otro le importa.

No faltaba nada. Lo repitió por dentro con calma, tres veces, como una oración sin fe. No faltaba nada. Nadie había roto ni robado ni dejado nada.

Alguien había mirado dónde dormía.