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Capítulo 5. La denuncia

El fin de semana se le hizo largo y no fue largo. Lo pasó entero en la misma habitación, que era la de su cabeza, con las puertas abiertas y nadie dentro.

El sábado por la mañana llamó a Julián y le contó lo del cartel. Se lo contó sin adjetivos, como un parte de carga: nombre, edad, día, hora, lugar. Al otro lado hubo un silencio de los que Julián se permitía una o dos veces al año.

—Mechas violetas —dijo al fin—. Hijo mío, en Guadalajara hay mil chicas con mechas violetas.

—Ya lo sé.

—Pero tú no me llamas por las mil, sino por una.

—Tampoco sé si la chica es esa.

—Eso lo tiene que decir quien sepa. Y quien sepa lleva uniforme.

—Se oyó cómo se movía algo pesado—. Mira, haremos una cosa.

Te mando por correo una copia limpia de los dos archivos, el del martes y el del jueves, con lo que he podido sacar.

Lleva eso, y las tarjetas originales (la del martes te la dejo en el buzón esta tarde), y lo cuentas tal cual.

Sin adornos. Sin hipótesis. Sin teorías de radioaficionado, sin nada que no sea lo que has oído y cuándo lo has oído. Tú relatas. Ellos deducen.

—¿No vienes?

—Los lunes por la mañana, a mi mujer le hacen unas pruebas, y estas cosas me las cuenta ella mejor que el médico.

—Había en la voz de Julián un cansancio que no era suyo, sino prestado—.

Ve tú, que tienes cara de hombre serio. Y no te enfades si no te hacen caso a la primera.

Los uniformes son lentos. Es lo que les permite no equivocarse tanto.

El domingo por la noche, en el estudio de casa, sintonizó el canal 19 con el equipo grande y la antena del tejado, escuchó cuatro horas el vacío de Alcalá, que no era vacío, sino un resumen de los murmullos de la ciudad, y no oyó nada que se pareciera a lo que buscaba.

Se acostó a las tres. A las 03:41 abrió los ojos con el sabor de la llave en la boca. A las seis se levantó.

*

Se puso una camisa planchada y los zapatos buenos, los de los funerales, y llegó a la Comandancia de Guadalajara a las nueve menos diez.

Era un edificio de ladrillo de los años setenta, con una bandera a la que el sol había sacado el rojo, un patio con coches oficiales, dos centinelas aburridos y un cartel de reclutamiento sobre la puerta.

Entró por la zona de atención al público y se encontró con una sala de espera de baldosas grises, una máquina de café con una hoja de «NO FUNCIONA» pegada con celo y un mostrador de cristal blindado tras el cual un guardia joven rellenaba un formulario sin levantar la vista.

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Viene a denunciar algo?

—No sé si es una denuncia. Vengo por lo de la chica de Los Tilos.

El guardia levantó los ojos por primera vez. Eran los de alguien a quien ya le han dicho demasiadas veces esa frase.

—¿Por lo de la chica de Los Tilos? ¿En qué sentido?

—Creo que tengo algo. Una grabación.

—Ya. —Pulsó una tecla—. Tome asiento. Le llamarán.

Esperó cuarenta minutos. En la pared de enfrente, entre un cartel sobre violencia de género y otro sobre ciberestafas, estaba el mismo rostro de la hoja de El Mirador, más grande y mejor impreso, con el mismo desafío en la comisura.

Alguien había subrayado a bolígrafo, dos veces, la hora de desaparición del texto: 21:55 .

Al lado, una mujer mayor con un bolso sobre las rodillas movía los labios como si rezara.

Un hombre con un casco de moto discutía con otro guardia sobre una multa.

Víctor no hizo nada. Había aprendido a esperar en las gasolineras, en los muelles, en las gestorías, y esperar para él no era un acto pasivo sino una forma de conducir con el motor apagado.

A las nueve y media se abrió una puerta lateral y salió una mujer.

No iba de uniforme. Llevaba un pantalón oscuro, un jersey azul marino con el escudo discreto bordado en el pecho, el pelo negro recogido a toda prisa en una cola que se le deshacía, y una carpeta debajo del brazo.

Tendría cuarenta años, quizá menos; parecía mayor por las ojeras, que eran del color de los cardenales viejos, y menor por la manera de caminar, rápida, sin desperdiciar un paso.

Miró la sala, localizó a Víctor sin preguntar, como se localiza un coche entre otros, y se acercó.

—¿Víctor Salas?

—Sí.

—Sargento Molina, de Policía Judicial. —No le tendió la mano—. Acompáñeme.

La sala era pequeña. Una mesa de formica, dos sillas, un fluorescente que zumbaba un semitono por encima del que Víctor habría querido, y un ordenador portátil cerrado.

Sara Molina se sentó, abrió la carpeta, sacó un bolígrafo y una libreta de tapas negras, y le dijo que empezara por el principio y no se saltara lo que le pareciera una tontería.

—Soy camionero —dijo él.

—Ya lo sé. En el mostrador han apuntado la matrícula del coche y el DNI. Empiece por el martes.

Contó. Contó sin adornos, como Julián le había dicho: la hora, el kilómetro, la estática, la respiración, la voz.

«Chica.» El golpe. La frase que Julián había rescatado del hueco: «Todavía respira.

» El jueves, el área del 205, la segunda emisión, las palabras.

«Puerta. Cada veinte minutos. Sin luz. Mechas.

...ketas. La chica sigue respirando.» Que había oído lo de las mechas en el bar de El Mirador al ver el cartel.

Que había esperado el fin de semana porque no sabía qué hacer.

Sara escribía. No lo interrumpió ni una vez. Cada tanto levantaba la vista un segundo, no para comprobar si él mentía sino para comprobar si seguía allí.

—¿Usted contestó? —preguntó, cuando él terminó.

—Una vez. El jueves.

—¿Qué dijo?

—«Aquí Mochuelo. ¿Hay alguien en el canal?»

—¿Mochuelo es su nombre en la radio?

—Es mi mote. En la CB. Mi indicativo de radioaficionado es EA4VSL, pero eso lo uso en otras bandas.

Ella anotó las dos cosas, y debajo, en una línea aparte, una pregunta sin forma. Víctor lo vio en la letra, que se encogía.

—Quiero oírlo —dijo ella.

Víctor le tendió el pendrive de Julián. Sara abrió el portátil, lo enchufó, buscó los archivos con una rapidez que no admitía observadores.

Se puso unos cascos y le hizo una seña para que se quedara.

Escuchó el martes de principio a fin con los ojos fijos en la mesa.

Escuchó lo del hueco con una mueca mínima, la de quien ha oído algo y prefiere no ponerle nombre. Luego abrió el del jueves.

Desde su silla, Víctor podía oír un hilo del sonido que salía por los cascos, un zumbido de insecto lejano, y veía la cara de ella.

Era una cara de la que sólo se leía lo que ella quería dejar leer, y de golpe dejó de serlo.

Ocurrió en la mitad del archivo. Fue un cambio mínimo, de unos dos segundos: la pupila, la manera en que los hombros subieron un milímetro. Después volvió a su sitio.

Rebobinó. Escuchó otra vez el mismo tramo. Rebobinó. Lo escuchó una tercera vez, con los ojos cerrados, y cuando los abrió miraba la pared de detrás de él.

—Esa palabra —dijo, quitándose un casco—. La que acaba en «ketas». ¿Qué oye usted?

—No lo sé. Por eso he venido.

—Ya. No le pregunto qué sabe. Le pregunto qué oye.

—Algo que acaba en «ketas». Antes, una consonante que no se distingue. Una vocal, puede que una «a». No he podido sacar más.

—Voy a decirle cinco palabras. Me dirá cuál le suena más y cuál menos, sin pensarlo mucho. —Mantenía la voz plana, de acta—. Maletas. Chaquetas. Baquetas. Raquetas. Banquetas.

Víctor las repitió por dentro. Cerró los ojos para oírlas contra el fondo de estática de su recuerdo.

«Maletas» tenía demasiadas sílabas. «Chaquetas» abría una consonante larga que no estaba.

«Raquetas» era la que más había pensado, y ahora no encajaba, tenía algo blando que la grabación no tenía.

Y «baquetas», con su golpe seco en la primera sílaba, con la «b» que casi no se oye, con el acento cayendo exactamente donde caía el golpe...

—Baquetas —dijo. Y se oyó decirlo con una seguridad que no tenía—. O algo muy parecido. Me suena a eso. A un golpe.

Sara no se movió. En su mano izquierda, apoyada sobre la mesa, el bolígrafo había dejado de escribir y la punta se hundía un poco en la libreta.

—¿Sabe qué es una baqueta?

—Los palos del tambor.

—¿Le ha dicho esa palabra a alguien antes de ahora? ¿A su amigo, al del taller? ¿A alguien del bar?

—No. A Julián le dije que acababa en «ketas». No me salió «baquetas» hasta hoy.

—¿Ha visto algo en la prensa, en la tele, en internet, donde se hable de la chica y de baquetas?

—Nada. Solo el cartel.

—El cartel no dice nada de baquetas.

—No. Por eso no sé por qué me ha preguntado.

Sara Molina cerró la carpeta con una mano, despacio, sin ruido. Tardó en volver a mirarlo. Cuando lo hizo, la expresión era la de quien baja la persiana de un local.

—Gracias —dijo—. Era para comparar.

Desde ese momento cambió el tono. No el volumen ni la cortesía: algo en el eje.

Le preguntó dónde estuvo el lunes de la desaparición, de seis de la tarde a medianoche.

En casa, en Alcalá; había vuelto de Zaragoza el viernes anterior y el lunes no se había movido del piso; no, nadie podía confirmarlo, vivía solo.

Le preguntó si había conocido alguna vez a Alba Serrano, a su familia, a su profesor, a alguien de su colegio.

No. Si pasaba con frecuencia por el polígono de Los Tilos.

No era su ruta; iba por la autovía, no salía hasta Zaragoza.

Si había hablado con alguien más de la grabación.

Con Julián Ferrer, Meco, radioaficionado, sesenta y cuatro años; apuntó el nombre, el pueblo, el teléfono.

Con nadie más. Si tenía antecedentes. Ninguno.

Si tenía armas. No. Si alguna vez había sido sospechoso de algo.

Víctor tardó un instante de más en contestar, y nadie, ni él, supo por qué.

—No —dijo.

Sara anotó. Alzó un momento los ojos.

—Quiero una copia de las tarjetas originales. Un compañero de la unidad técnica la hará ahora mismo y se las devolverá en el pasillo, en media hora.

—¿Qué significa todo esto?