27.185 Capítulo 4. Desaparecida #2
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Capítulo 4. Desaparecida #2

La habitación olía a polvo de cereal, a ese polvillo dulce y áspero que se mete en la garganta y la seca.

Y a grasa. A grasa de engranaje, espesa, de la que se queda en los dedos.

Y a humedad, y debajo de todo a un olor frío a metal viejo que le recordaba las aulas de ensayo de su escuela, los fines de semana, cuando se quedaba sola con los platos y los timbales y sabía en qué cajón estaba el aceite.

Y estaba el golpe.

Llegaba desde lejos, desde el otro lado de varias paredes, como si dentro de un cuerpo enorme alguien estuviera golpeando una vez con un martillo hueco.

Hierro contra hierro, con un temblor al final que se alargaba un poco más de lo que tocaba.

Un golpe cada cuatro segundos. Ella lo había comprobado desde la primera noche con la precisión que tenía para esas cosas: entre un golpe y otro cabían cuatro negras a sesenta.

Cuatro tiempos. Cuatro tiempos y golpe. Cuatro tiempos y golpe.

Si pierdes la cuenta, pierdes la cabeza.

Había una segunda cosa, más lejos todavía.

Una campana. Daba los cuartos. Primero una nota, un ding gastado; luego dos; luego tres, y la hora con sus toques lentos.

No era una campana buena. Tenía una tara en el timbre, algo de rajada, y la afinación estaba baja: el sol que debía sonar no llegaba, se quedaba un poco por debajo, a un cuarto de tono, y a Alba le subía por la nuca ese cosquilleo que le daba a veces con las notas falsas.

Se la sabía ya de memoria. Cuando no tenía nada más, la tarareaba, un sol caído, y volvía a contar.

La puerta se abrió sin ruido.

Una linterna apuntando al suelo, baja, para no deslumbrarla, y detrás de la luz una silueta.

No era el hombre de la voz seca, el que la había interrogado el primer día: ese gritaba y se iba.

Este era otro. Alto, encorvado, con gorra y un bigote de los que ya no se llevaban, gris en las puntas.

Llevaba en una mano una botella de agua y en la otra un trozo de pan envuelto en una servilleta de papel.

Dejó las dos cosas en el suelo, a medio metro de sus pies.

Sus ojos, en la penumbra, fueron los de alguien que no quiere mirar y mira.

—¿Qué hora es? —preguntó Alba.

Nada.

—Si me dice la hora, le prometo que no le pido nada más. Solo la hora.

Nada. El hombre se agachó con un crujido de rodillas, empujó la botella un poco más cerca y se incorporó. Hizo un gesto con la cabeza, no de saludo ni de reproche, sino el de quien arregla un cuadro torcido. Cuando se giraba, ella dijo:

—Usted no es como el otro.

Se detuvo un segundo, de espaldas, con la linterna apuntando a sus propios pies. No contestó. Se fue, y la puerta volvió a cerrarse sin ruido, y la raya de luz se hizo de nuevo delgada, y Alba se quedó mirándola hasta que dejó de verse.

Bebió despacio. Partió el pan en tres. Se comió un tercio, guardó otro en el bolsillo del pantalón, como había aprendido de una película, y dejó el último sobre la servilleta.

Después buscó a tientas, junto a la pared, la tubería que salía del suelo, de metal frío, de unos cinco centímetros de diámetro, y apoyó la mano.

Esperó el golpe.

Cuatro tiempos. Golpe.

Dobló los dedos y llamó con los nudillos, suave, a contratiempo, en el hueco que dejaba la máquina.

Un toque. Otro, a tempo. Tres, con una pausa, al compás de lo que de pronto era un pulso entre dos.

La tubería devolvió el sonido con una resonancia más aguda de lo que esperaba, lo llevó lejos, y ella pensó que a lo mejor, si había alguien al otro lado de esas paredes con un oído mínimamente entrenado, podría distinguir el golpe de la máquina del golpe de una persona.

Pensó que no. Pensó que daba igual. Tocó igualmente, hasta que le dolieron los nudillos y el miedo se volvió una cuenta más.

*

Se quedó en el aparcamiento hasta cerca del mediodía.

Pagó el café, la tostada y otro café, y salió al aire frío con un mareo suave que le recordaba al de los barcos.

Subió a la cabina. Cerró. Se puso los auriculares del grabador y buscó, en el cacharro negro, el punto donde la voz decía tiene mechas , y lo escuchó una vez, y otra, y otra.

La palabra era la misma. El hombre decía «mechas» con una sibilante final blanda, casi húmeda, y después había una sílaba tragada, y después esa terminación en «ketas», que ahora, sin saber por qué, le sonaba menos a raqueta y más a algo hueco y de madera.

No lo escribió. Le pareció mala educación escribirlo.

Abrió la libreta y pasó las hojas hasta la del martes.

Con el pulgar fue siguiendo las líneas, la 01.

40, el km 209, el golpe repetido, y luego la del jueves, la 01.

38, las palabras separadas con rayas. Cogió el bolígrafo.

Escribió en una línea limpia, apartada, la fecha del cartel: Desaparecida: lunes 21.

55. Los Tilos. Guadalajara. Debajo, tras pensarlo, otra línea: Primera voz: noche del martes, 01.

40. Km 209. A. 160 km de Los Tilos. Hizo la resta con el dedo sobre el mapa mental de la autovía: Los Tilos caía a la altura de Guadalajara, antes del kilómetro 50, y el 209 estaba ciento sesenta kilómetros más allá.

Dos horas escasas para un coche, algo más para un camión cargado y obediente.

El lunes por la noche, desaparecida. La noche del martes, una voz en el valle del Jalón que decía «chica» y, después, que todavía respiraba. Y el jueves, que la chica seguía respirando y que tenía mechas.

No cuadraba. Una persona que desaparece en Guadalajara a las diez de la noche no está, más de un día después, en el Jalón, a no ser que la hayan llevado, y para llevarla hasta allí hace falta un coche, una hora, un conductor, una intención.

Y si hubiera sido así, ¿qué hacía un hombre hablando de ella por una radio de camioneros, y qué hacía con la radio abierta?

Pero cuadraba. Era lo malo. Cuadraba de la manera sorda con que cuadra una llave en una cerradura que uno ya sabía cerrada.

Lunes a las diez menos cinco de la noche, miércoles a la una y cuarenta: casi veintiocho horas.

En veintiocho horas, un coche de Los Tilos podía estar en el valle del Jalón, haberse ido y haber vuelto. Y un camión, con paciencia, también.

Se quitó los auriculares y los dejó sobre el volante. Dentro de su cabeza, la libreta del martes y la del jueves se pusieron una al lado de la otra como dos cartas y le dijeron lo mismo con letra distinta.

Sacó el teléfono. Buscó a Julián en la lista y se quedó con el pulgar sobre el nombre, imaginando la conversación: «Hay una chica desaparecida con mechas violetas.

» «Hijo, en Guadalajara hay mil chicas con mechas violetas.

» Y tendría razón. La palabra «mechas» no pertenecía a nadie, ya lo había decidido en el bar.

Lo que le pesaba no era la palabra, sino lo que venía detrás, que no se podía decir por teléfono porque ni siquiera tenía forma de frase: el tono con que el hombre la había dicho, como si la chica tuviera que reconocerse en ella. Guardó el teléfono sin llamar.

—No cuadra —murmuró.

Miró el cartel en su memoria, la cara redonda, la media sonrisa de desafío, y notó que el sabor del metal volvía a la boca, frío, de llave, y esta vez no le pareció que viniera del kilómetro 214. Venía de más cerca.

—Y cuadra.