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Capítulo 4. Desaparecida

Paró en El Mirador a las once menos diez.

El neón del bar, con tres letras apagadas desde hacía meses, ponía de noche EL MI  OR, y de día no ponía nada, solo un armazón de tubos grises sobre el tejado de uralita.

El aparcamiento estaba lleno a medias. Dos cisternas, un frigorífico, un camión de cerdos con el olor que lo acompañaba a cien metros, y una fila de furgonetas de reparto que descansaban entre repartos como animales entre carreras.

Víctor encajó la tractora en su sitio de siempre, el último del lado izquierdo, y se quedó un momento con las manos sobre el volante.

Había aprendido a distinguir el cansancio que se arregla con un café del que no se arregla con nada. Este era del segundo tipo.

La puerta tintineó. El bar de El Mirador olía a café, a tostada, a fregona con lejía y a esa calefacción de bar de carretera que no calienta, que se limita a mantener el aire a una temperatura de sala de espera.

Había una barra de formica con taburetes de escay rojo, un puñado de mesas, una máquina tragaperras apagada que nadie había tocado en años y, en la esquina junto a la ventana, la televisión sobre un soporte metálico, con el sonido casi al mínimo.

En la pared del fondo, el tablón de corcho donde los camioneros clavaban cualquier cosa: ofertas de empleo, tarjetas de talleres, anuncios de una cosechadora de segunda mano, un calendario de la Virgen del Pilar con la mitad de los días tachados.

—Cariño. —Mari salió de detrás de la barra con el trapo sobre el hombro y la voz ya preparada—. Tú no has dormido. Pasa, que te pongo el de siempre.

Mari Carmen Gil tenía cincuenta y siete años, el pelo teñido de un color que ya no existía en la naturaleza ni en las cajas de tinte, y el don de saber a quién se le había muerto qué antes de que se lo dijeran.

Regentaba el local desde hacía veinte años.

Había visto casarse a la mitad de los camioneros del corredor y enterrar a una cuarta parte.

A Víctor lo había visto quedarse viudo, sentado en la misma banqueta sin saber qué pedir, y desde entonces le servía el café con leche en vaso de cristal y le dejaba la tostada con tomate sin preguntar.

—Estoy bien.

—Estás hecho un cuadro. Siéntate en la barra, que te veo mejor.

Se sentó. El vaso llegó caliente, con su plato y su cucharilla, y la tostada detrás. Bebió un trago largo y notó cómo el calor le bajaba por el pecho y le aflojaba algo que llevaba tres días apretado.

Detrás de él, en una mesa del fondo, tres camioneros hablaban con la gravedad de una reunión de comunidad.

Uno era un soriano grande, de manos como palas; otro, un gallego flaco al que llamaban el Seco; el tercero, un hombre de Cuenca con la gorra de una marca de neumáticos.

Víctor los conocía de vista. Hablaban bajo, pero el bar era pequeño y la voz bajada de un camionero siempre se oye a cuatro metros.

—...que se habrá ido con un novio, digo yo.

—Una cría de diecisiete no se va con nadie un lunes por la noche con la mochila del colegio.

—Pues entonces la han cogido.

—Eso no se dice.

—Lo dice la tele.

—La tele no dice nada. La tele dice «desaparecida», que es lo que se dice cuando no se sabe.

Víctor no giró la cabeza. Se concentró en la tostada. Mari, al otro lado de la barra, secaba un vaso que ya estaba seco.

—Lo de la niña —dijo, sin mirarlo, bajando la voz hasta el nivel del café—.

La tenemos aquí al lado, en Los Tilos, a diez minutos.

Desde el lunes. No se habla de otra cosa.

Han venido dos veces los de la Guardia Civil preguntando si alguien había visto camiones parados en el polígono esa noche.

Camiones, ¿te lo puedes creer? Como si los camioneros fuéramos de ir llevándonos a las niñas.

—No creo que lo digan por eso.

—Ya sé que no, cariño. Pero se te queda el cuerpo mal.

—Dejó el vaso—. Uno de ellos, el joven, el de las gafas, me ha dicho que están hablando con todos los de la zona que tienen tractora.

Yo les he dicho: hablad con quien queráis, pero de aquí no ha salido nadie con una niña. Y me han puesto el cartel.

Con la barbilla señaló el tablón.

Víctor se levantó con el vaso en la mano. No lo hizo por curiosidad. Lo hizo porque el cuerpo se le había puesto de pie solo, como cuando se oye su nombre en un aeropuerto.

El cartel estaba clavado en el centro del corcho, sobre un anuncio de un taller de Alcalá, con cuatro chinchetas de colores.

Una hoja a todo color, ligeramente torcida.

Arriba, en mayúsculas rojas: DESAPARECIDA .

Debajo, la fotografía de una chica con la cara redonda y los ojos grandes, sonriendo con la mitad de la boca de una manera que parecía desafiar al fotógrafo.

Tenía el pelo castaño, liso, recogido en una coleta mal hecha, y en el flequillo y a un lado, como si alguien hubiera pasado un pincel, dos mechones de un violeta intenso.

ALBA SERRANO MARTÍN. 17 años. 1,68 m. Delgada.

Pelo castaño con mechas violetas. Vista por última vez el lunes a las 21:55 h en la calle Hornos del Polígono Los Tilos (Guadalajara), al salir de una actividad extraescolar.

Vestía chaqueta vaquera, pantalón negro, zapatillas blancas y llevaba una mochila negra.

Si tiene alguna información, llame al 062 o a la Guardia Civil de Guadalajara. Su familia la espera.

Leyó las dos primeras líneas y las leyó otra vez. Sacó el teléfono, que usaba sobre todo para llamar, y buscó con torpeza el icono de la cámara. Hizo una foto torcida del cartel y otra, mejor, del recuadro con las señas. Notó que Mari, desde la barra, había dejado de secar el vaso.

—¿Te suena? —preguntó ella, con una suavidad que no era del todo inocente.

—No.

—Ya. —Y volvió al vaso, sin insistir, y le dedicó al cristal un cuidado que hacía pensar que acababa de anotar algo en alguna libreta suya.

No tuvo la sensación de que algo se rompiera. Fue peor: tuvo la sensación de que algo, en alguna parte, había encajado sin hacer ruido. Dos mechones violetas. Pelo con mechas.

Tiene mechas.

Se obligó a respirar por la nariz. Había por lo menos veinte maneras de explicar una palabra.

«Mechas» se decía de un peluquero, de una vela, de la cuerda de un explosivo de cantera.

Se decía de una chica cualquiera de Guadalajara en un cartel.

Se decía en un taller. Lo mejor de las palabras era que no pertenecían a nadie.

Lo repitió dos veces con la boca cerrada.

En la televisión, la presentadora cambió de tema y el rótulo bajo la imagen se transformó: Familia de la joven desaparecida en Guadalajara pide colaboración. Mari, sin que nadie se lo pidiera, cogió el mando y subió el volumen tres puntos.

La mujer que aparecía en pantalla tenía cuarenta y pocos años, ojeras, un jersey de cuello alto que parecía haber elegido otra persona y la voz muy controlada de quien ha decidido no romperse delante de las cámaras hasta que termine.

A su lado, un hombre de mirada fija, mal afeitado, mantenía las manos entrelazadas sobre la mesa.

Un rótulo los identificaba: Mar Martín, madre.

Luis Serrano, padre. Detrás, una pared blanca y el escudo de la Guardia Civil.

—Mi hija se llama Alba —dijo la mujer—. Tiene diecisiete años.

Es una chica responsable, que nunca se ha ido sin avisar.

Tenía que llegar a casa a las diez y media.

Les pido a todos los que estén viendo esto que, si saben algo, por pequeño que sea, aunque crean que no tiene importancia...

—La voz se le quebró en la palabra «importancia» y volvió a enderezarse con un esfuerzo que se vio—.

...que llamen. Alba, cariño, si nos estás viendo, no tengas miedo.

Nadie se va a enfadar. Solo queremos saber que estás bien.

Y a quien la tenga... a quien la tenga, por favor, es una niña.

El hombre no dijo nada. Cuando la cámara se volvió hacia él, tragó saliva y miró al suelo.

En la mesa del fondo, nadie volvió a hablar. Mari bajó el volumen con el mando y se quedó mirando la pantalla con el trapo colgando de la mano.

—Yo no digo nada —dijo, al cabo—. Pero ya me lo parecía a mí que esto no era de un novio.

Y luego están los otros, que hablan. Mira, el Fermín, el Fermín Cuesta, ese que viene de Cuenca y siempre anda con cosas raras.

Que me han dicho que el lunes estuvo por allí cargando no sé qué.

Yo no digo que haya sido él. Digo que estuvo.

—¿Quién es Fermín?

—Uno. De los que vienen y van. —Se encogió de hombros con el pesar de quien no tiene la culpa de lo que sabe—. Ya lo irán diciendo.

Víctor volvió a su taburete. El café se había enfriado. Lo bebió de todas formas.

*

La oscuridad no era absoluta. Eso fue lo primero que Alba aprendió, y lo aprendió contando.

Había una raya de luz por debajo de la puerta, delgada como un cabello, que aparecía cada veinte minutos y desaparecía cuando alguien pasaba y se detenía delante.

Se oían los pasos primero en la grava, luego en el cemento, y a veces una llave que no se usaba, un golpecito en la chapa como el de quien comprueba que sigue en su sitio.

Veinte minutos. Los había medido cuatro veces con el pulso, que era lo único que le habían dejado.

Le habían quitado la mochila, el móvil, la chaqueta, el cinturón y los cordones de las zapatillas.

Lo de los cordones le habría hecho gracia en otro momento.

Le habían quitado también el portabaquetas de tela, y eso sí que le dolía, no por las baquetas, que eran de madera y se compraban en cualquier tienda, sino porque eran unas determinadas, las que llevaba desde hacía dos años, con la marca de su dedo y una muesca en la punta derecha.

Sin ellas se sentía como un animal al que le hubieran afeitado los bigotes.