27.185 Capítulo 3. La voz #2
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Capítulo 3. La voz #2

Era la voz del martes. Baja, con una aspereza en el fondo del pecho. Hablaba despacio, con las pausas de quien dicta un mensaje que teme olvidar, y en cada pausa el aire entraba y salía.

—...cada veinte minutos... pasan... y vuelven a... —Un trozo se perdía en la estática—. ...sin luz. Sin luz no cuenta... no puede...

Debajo, constante, el golpe. Hierro contra hierro, una resonancia que se alargaba al final.

Víctor miró el reloj del salpicadero y esperó el siguiente.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Golpe. Cuatro segundos.

Exacto. Había pasado dos noches sin dormir convencido de que el intervalo variaba, y el intervalo no variaba nunca.

—...tiene mechas... —La voz bajó de golpe, como si hubiera girado la cabeza—. ...no sé qué... ...ketas. Las lleva... siempre...

Las palabras se desbordaban unas sobre otras.

«Mechas». Eso lo había oído con claridad, aunque no habría jurado que fuese la palabra exacta.

La otra se rompía contra el golpe: una sílaba, quizá dos, un final en «ketas» que podía ser cualquier cosa, una marca de tabaco, una raqueta, una ciudad.

Víctor se había inclinado hacia el altavoz sin darse cuenta.

Tenía la frente casi pegada a la rejilla.

La respiración volvió. Más corta. Más húmeda.

Después, con una nitidez que no esperaba, como si el hombre hubiera dejado de hablar a un micrófono para hablarle a un hombre:

—La chica sigue respirando.

Un golpe. Otro. Después, sin transición, el hundimiento al revés: el ruido blanco volvió a llenar la cabina, a cubrirlo todo, y la aguja del medidor cayó a la izquierda con un suspiro que fue casi audible.

Víctor siguió mirando el altavoz. Contó cuarenta segundos con el reloj, otros veinte, un minuto. El canal siguió siendo una lluvia gris.

Se enderezó muy despacio. Apretó el botón de parada del grabador, comprobó que la luz se apagaba y que el archivo se cerraba, y volvió a encenderlo, sin saber por qué, por no dejarlo apagado.

Tenía las palmas húmedas. En la cabina del frigorífico polaco, a veinte metros, el compresor se paró de repente y empezó otra vez.

*

Pasó una hora sin pasar. No fue exactamente una hora; fueron diecisiete minutos, pero así los vivió.

Lo primero que pensó fue en llamar a Julián, y no lo hizo porque era la una y cuarenta y cinco de la madrugada y su amigo dormía, o fingía dormir, desde la vuelta de la residencia.

Lo segundo fue en el 112. Marcó los tres dígitos en el teléfono y no pulsó la tecla de llamada.

Se imaginó la conversación: «Emergencias, ¿qué ocurre?

». «He oído una voz por una radio.» «¿Dónde se encuentra usted?

». «En un área de servicio.» «¿Dónde ocurre lo que usted ha oído?

». «No lo sé.» «¿Quién es la persona que está en peligro?

». «Una chica.» «¿Qué chica?». «No lo sé.

» «¿Conoce usted a esa persona?» «No.» Y al otro lado, un tono amable, paciente, de quien ha oído muchas veces esa mezcla de convicción y vacío, y sabe cómo se acaba.

Con una grabación y media, un hombre que murmura y un golpe de chatarra. Con una palabra, «mechas», que podía ser una peluquería. Con otra, que acababa en «ketas», que podía ser lo que fuese.

Apagó la pantalla.

Escribió en la libreta, despacio, con letra cuidadosa, cada palabra que había oído y las que creía haber oído, separándolas con rayas.

Puerta. Cada 20 min. Sin luz. Mechas. ...

ketas. La chica sigue respirando. Tachó «creía haber oído» en su cabeza y lo dejó en «oí».

A continuación, con la paciencia de quien rellena una sopa de letras, ensayó posibilidades para la palabra rota.

Bolsas. Cestas. Raquetas. Chaquetas. Maquetas.

Paquetas. Las escribió una debajo de otra y las fue descartando con una rayita, porque la mitad no existían y la otra mitad no encajaban con el sonido.

La lista le pareció infantil y no la tachó entera.

Debajo puso la hora: 01.38-01.39 aprox. y el kilómetro, y la frase, por si acaso: Golpe cada 4 seg.

Exacto. Se quedó con el bolígrafo en el aire.

Había una cosa más, que no apuntó. Cuando la voz dijo «La chica sigue respirando», lo dijo en un tono que no era el de alguien que habla solo.

Era el de alguien que habla a una persona concreta, con la esperanza de que esa persona esté escuchando, y teme a medias que no lo esté.

Como se habla a un amigo de otra ciudad con el teléfono sin cobertura.

Víctor lo había oído en otras voces, en las suyas, en las de otros camioneros cuando el canal servía para eso.

Se emite hacia alguien. Se emite hacia un hombre al que se conoce y se necesita, aunque no se sepa dónde está.

El pensamiento le pareció absurdo y siguió ahí, sentado a su lado, en el asiento vacío.

Fuera, el viento arreció. Un papel pasó rodando sobre el asfalto con un ruido de uña.

A su derecha, en la autovía, un camión de la competencia pasó a ochenta con la bocina de aire sonando larga y cansada, y la cabina vibró un poco con su estela.

Víctor miró hacia el este, hacia donde la carretera se curvaba y bajaba en una oscuridad sin luces, y recordó el cartel azul, la flecha, el nombre de un pueblo pequeño.

Nueve kilómetros. La voz estaba allí. No en el 214, no necesariamente, pero allí, entre las dos puntas de un compás.

Lo sabía con la misma seguridad con que sabía la presión de sus neumáticos.

—Es una locura —dijo en voz baja.

Su voz sonó ronca, de haber estado callada mucho tiempo.

Llevaba años sin hablar por el canal 19 con alguien a quien no conociera, y casi tantos sin hablar en él con nadie.

No recordaba haberlo decidido: había dejado de hacerlo de la manera en que se dejan algunas costumbres, hasta que un día uno descubre que ya no queda nadie en la sala.

Le gustaba el canal precisamente porque se podía escuchar sin responder.

Era el único sitio donde una voz podía llegarle y quedarse allí sin que hubiera que hacer nada.

Pero esa voz no quería quedarse.

Se le ocurrió que el hombre del micrófono no tenía manera de saber si alguien lo escuchaba.

Había hablado dos noches, el martes y esta, a la misma hora, con la paciencia de quien repite un mensaje en una botella, y no había recibido nada a cambio.

Dos noches de nada. Víctor conocía bien eso.

Sabía lo que era emitir y que no te contestase nadie, y que a veces el silencio no es negativa sino ausencia, y que por eso no hay que dejar de intentarlo.

Eran las 01:54.

No decidió nada. Su mano derecha se movió antes que él, cogió el micrófono del soporte, un micrófono de mano con el cable en espiral y el pulsador negro gastado por el pulgar de veinte años, y se lo acercó a la boca.

Lo sostuvo allí. La luz de sodio daba en el plástico un brillo anaranjado.

En el altavoz, la estática seguía cayendo.

Pulsó.

—Aquí Mochuelo —dijo, y su propia voz le sonó a la de un viejo conocido—. ¿Hay alguien en el canal?

Soltó el botón. La estática volvió a cerrarse sobre la frase, la masticó, la borró.

Esperó. Treinta segundos. Un minuto. Contó con los dedos, sin querer, cuatro segundos, y otros cuatro, y otros cuatro.

En el salpicadero la aguja siguió dormida en su extremo.

En algún lugar de la autovía, un camión pasó largo, sin prisa.

El frigorífico polaco volvió a callar su compresor.

Nadie respondió.