27.185 Capítulo 3. La voz
8%

Capítulo 3. La voz

Julián llamó el jueves a las doce y cinco, que era la hora a la que despertaba a la gente que consideraba de su responsabilidad. Víctor contestó con la cara medio hundida en la almohada, sin saber si había dormido tres horas o si había pasado tres horas fingiéndolo.

—Hijo, te ha tocado un fantasma de calidad.

—¿Qué has hecho con la tarjeta?

—Lo que sé hacer. Lo he pasado por dos programas, por un filtro mío que no te voy a explicar porque te aburrirías, y lo he escuchado con tres cascos distintos y una vecina.

—Se oyó el ruido de una silla—. La frase no es un artefacto.

No la ha puesto el filtro, ni tu imaginación, ni mi vanidad, que ya es decir.

Alguien dijo «todavía respira» con una boca a dos o tres centímetros del micro y se lo dijo a otra persona, o a sí mismo. No creo que fuera para nosotros.

—¿Y el resto?

—El resto es un hombre de cincuenta y tantos o sesenta y pocos, por el timbre.

Con catarro o con algo parecido. Que habla bajo porque no quiere que le oigan.

Y detrás, ya te lo dije, una máquina con una pieza floja.

—Dudó un momento, lo justo para que Víctor lo notara—.

Mira, yo me lo creería. Pero me lo creo porque soy un viejo radioaficionado con una vida muy corta de misterios, y tú no estás para ser mi público.

Si esta noche se repite, tienes dos grabaciones, y con dos grabaciones se va a la Guardia Civil sin vergüenza.

Con una, vas a parecer un hombre al que le da por oír cosas.

—No he oído cosas. He grabado cosas.

—Ya lo sé, cenizo. Por eso te lo digo.

Colgó sin despedirse, como siempre. Víctor se quedó mirando el techo, que tenía una mancha de humedad con forma de país.

Después se levantó, porque lo peor de pensar tumbado es que la cama se convierte en el sitio donde ocurre lo que se piensa.

Hizo café. Comió un huevo duro de pie, en la cocina, delante de la fotografía de Elena, sin saborearlo.

Pasó la tarde con las manos ocupadas: limpió el filtro de aire de la tractora en el solar, engrasó dos bisagras, repasó las cinchas, anotó una presión de neumáticos que sabía de memoria.

A las 15:41 estaba bajo el remolque, tumbado en el suelo de cemento con una linterna en la boca, y se dio cuenta de que había mirado el reloj sin necesidad. No hizo comentario.

A las cinco sonó el teléfono otra vez. Era Bernardo, el de tráfico de Transitarios Henares, que llamaba cada jueves a la misma hora para confirmar la carga del martes y que lo hacía siempre con el mismo tono de quien se disculpa por existir.

—Víctor, el martes que viene son veinticuatro palés, no veintidós, ¿te cabe?

—Me cabe.

—Y han pedido que salgas antes, a las diez de la noche, porque el cliente quiere descargar a las cinco.

—Salgo a las once y media, como siempre. Descargo a las seis.

—Es que el cliente...

—A las seis, Bernardo.

Hubo un silencio de papeles. Víctor no solía discutir, y la negativa le había salido con una dureza que le sorprendió a él también. No tenía explicación. Salir a las diez significaba pasar por el kilómetro 209 a las doce y cuarto, una hora que nadie le había pedido que evitara.

—Bueno —dijo Bernardo al fin—. Lo hablo con ellos. Ya te digo algo.

Cuando colgó, Víctor se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada.

Los clientes no se pierden por una hora de más o de menos, pensó.

Se pierden por muchas horas y por muchas negativas.

Y tuvo la desagradable certeza de que acababa de empezar a pagar una cuenta que ni siquiera sabía abierta.

*

Salió veinte minutos antes de la hora de siempre.

No se lo dijo al guarda. Revisó el cierre del remolque dos veces, la cortina de la litera una, la tarjeta del tacógrafo, el termo con café recién hecho.

En el grabador, la tarjeta nueva que le había dado Julián, con el nombre del propietario escrito a rotulador en la pegatina: J.

FERRER – NO TOCAR . La luz roja se encendió con un parpadeo tímido.

—Mochuelo a nadie —dijo bajito, sin pulsar.

Era una frase de otra época. Hacía mucho que no la pronunciaba, y ahora se le había pegado a la lengua desde la noche del martes. La emisora la escuchó con su silbido de siempre.

Esa noche el tráfico fue más denso que el martes, y más lento: los jueves salía media España hacia Zaragoza con algo que entregar por la mañana.

Atravesó Guadalajara bajo una lluvia tibia y entró en la meseta con el cielo despejándose y las primeras ráfagas de viento.

Se había propuesto no pensar. Lo consiguió durante veinte kilómetros, que fue lo que tardó en darse cuenta de que estaba contando, en la rejilla del parabrisas, los golpes de los limpiaparabrisas, cada cuatro oscilaciones, tomando a escondidas el pulso de algo que no le correspondía.

Pararía en el 205, había decidido. No en la 214, ni cerca de la 214.

En el 205, en el área de descanso donde siempre dormían los camiones de los otros.

Pararse allí no era arriesgado. Era la parada reglamentaria, una pausa de tacógrafo, un café.

Nadie que lo viera pensaría nada. Él mismo no pensaba nada: se limitaba a mover el volante a la derecha en el momento justo, a dejar caer la marcha, a ver cómo el panel azul con la taza se agrandaba en el parabrisas. Eran la una y diecinueve.

El área de descanso del kilómetro 205 era una explanada con dos farolas de sodio, un edificio cerrado hacía años que había sido bar y ahora servía solo para que los camioneros se aliviaran detrás de él, una hilera de contenedores y tres máquinas de bebida iluminadas como altares.

Había cuatro camiones aparcados. Uno de ellos, un frigorífico polaco con las cortinillas echadas y el motor al ralentí, mantenía el zumbido del compresor.

Del resto no salía ningún ruido. Eran cabinas dormidas, cada una con su cama escondida tras el cristal oscuro, y Víctor se imaginó por un momento el aparcamiento visto desde arriba, una fila de hombres tumbados bajo mantas, a un metro unos de otros, sin conocerse, respirando.

Aparcó al fondo, de cara a la autovía, lejos de las farolas.

Apagó el motor. Sin la vibración, la cabina pareció crecer de golpe; el viento, que fuera era un oleaje continuo, entraba en sordina por las rendijas de las puertas y silbaba suave en el hueco del retrovisor.

Apagó las luces. El cuadro de mandos conservó unos puntos verdes.

La emisora, con el volumen un poco más alto de lo habitual, respiraba su ruido blanco.

Escribió en la libreta: Jue. 01.22. Área km 205. Parada. Viento NO, medio. Sin tráfico en canal. Lo pensó un segundo y añadió, debajo, con menos presión: A 9 km de la 214. Tachó la segunda línea. Después la volvió a escribir sobre el tachón.

Sirvió café. Se lo bebió despacio. A su derecha, en el espacio vacío entre el asiento del acompañante y la puerta, la luz de sodio dibujaba una cuña naranja, y de vez en cuando una racha movía sombras por la funda gris.

A las 01:29 bajó para estirar las piernas.

El aire fuera era áspero, con olor a gasoil frío y a hierba seca.

Dio una vuelta lenta alrededor de la tractora, tocó el remolque con la palma de la mano, comprobó el cierre, volvió a comprobarlo.

Del camión de al lado, el que tenía el remolque desnudo y la lona atada de cualquier manera, llegó un golpe metálico: la barra de un cierre mal sujeta que el viento movía contra el chasis.

Sonó tres veces con un intervalo irregular.

Se quedó clavado donde estaba. Algo se le contrajo en el estómago, tan rápido que ni siquiera lo identificó como miedo, y la saliva le cambió de sabor.

Respiró. Era una barra suelta. Una barra de un remolque ajeno, sin horario, sin propósito, de las que cualquier camionero con dos manos habría atado sin mirar.

Se acercó. La sujetó con la mano y la mantuvo contra el chasis hasta que el golpe cesó del todo.

Cuando la soltó, los dedos le temblaban un poco. No habría sabido decir por qué.

Desde la cabina del frigorífico, alguien lo observaba. Víctor lo vio al volverse: un hombre joven, en camiseta a pesar del frío, con un cigarrillo en la boca y un móvil en la mano que iluminaba su cara por abajo. Se le notaba el país en la manera de acentuar.

—¿Problema? —preguntó, señalando la barra que Víctor acababa de soltar.

—No. Se movía.

—Viento. —El joven sonrió y levantó dos dedos como si saludara a un amigo que no lo era—. Mucho viento. En mi país no tanto.

—Aquí es el cierzo.

—Sí, sí. Cierzo. —Pronunció la palabra con cuidado, la guardó—. Tú no duermes.

—No.

—Yo tampoco. Mañana voy a Valencia y llego tarde de todas formas. —Expulsó el humo hacia arriba—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Lo vio volver a su cabina y cerrar la puerta.

Había en aquel intercambio algo de tranquilizador y algo de desolador a la vez: dos hombres que hablaban en una explanada, de madrugada, sin saber nada el uno del otro, y que se despedían con la naturalidad de quienes no van a volver a verse.

Nadie en el aparcamiento tenía puesta la radio.

Nadie, probablemente, la tenía ya en ninguna parte.

Volvió a la cabina a las 01:34. Se sentó con la puerta cerrada y las manos en las rodillas. En el salpicadero, el reloj digital pasó de 01:35 a 01:36 sin que nada ocurriera, y de 01:36 a 01:37.

*

A las 01:38 el ruido del canal se hundió.

Esta vez lo notó antes que la primera vez, no porque lo esperase sino porque no tenía motor ni carretera que lo tapase.

Fue como si alguien, muy lejos, hubiera bajado un volumen que él no sabía que existía.

Después, la respiración. La misma. Lenta, un poco mojada, acercándose y alejándose del micrófono con una cadencia de persona a la que le cuesta una tarea y no quiere que se note.

Víctor alargó la mano hacia la emisora y no tocó nada.

Con la otra buscó el grabador. La luz roja estaba encendida.

—...la puerta... —dijo la voz.