Capítulo 2. Estática #2
—Anoche había el viento que hay siempre en el Jalón.
—Julián le miró por encima de las gafas—.
¿Y qué es lo que dice, tu hombre? Chica.
¿Qué es chica? Una chica. La Chica. Hay un transportista en Alcázar que llama así a su mujer, la «Chica».
Hay una emisora del año setenta que se llama la Chica porque cabe en el bolsillo.
Hay un perro. Hay, por qué no, una chica.
—Dijo «chica». Con la voz de alguien que no quería que se oyera.
—Ya, ya. —Julián hizo una mueca—. ¿Y tú qué quieres, Víctor? ¿Quieres que te diga que hay una chica? ¿O quieres que te diga que no la hay para volver a tu casa y dormir?
—Quiero saber qué es.
Lo dijo sin enfado, en el tono de quien repite una cifra. Julián se pasó las manos por la cara y se quedó con los dedos tapándole la boca un instante.
—Eso ya me gusta más —murmuró.
—¿Y si es lo que parece? —preguntó Víctor.
—Entonces es un lío, y los líos hay que llevarlos a quien los lleva.
Pero ¿qué les enseñas? Quince segundos de estática con una palabra a medias y un golpe de chatarra.
Te dirán que gracias por avisar. Te preguntarán dónde vives.
Y a mí me preguntarán por qué una cinta que no tiene nada me ocupa la tarde.
—Se encogió de hombros—. Yo no digo que no.
Yo digo que antes quiero tener algo más que una palabra.
—No he dormido.
—Se te nota. Y tienes derecho. Pero te conozco, Salas: a ti no te quita el sueño lo que no entiendes, te lo quita lo que entiendes a medias. Es peor. —Señaló la taza con el dedo—. Bébete eso. Está frío, pero es líquido. Mañana vuelves a pasar por allí, ¿no?
—Jueves de madrugada. Misma hora.
—Pues mañana grabas otra vez, con el mismo grabador, y esta noche me dejas la tarjeta y yo me quedo con el fantasma. Tú descansas. Si el hombre del micro tiene algo que decir, dirá otra cosa. Y si no la dice, nos habremos asustado de una avería, que es lo que más se parece a la vida.
Era razonable. Víctor lo agradeció, y a la vez le molestó que fuese tan razonable, porque la parte de él que había apretado el botón del volumen en el kilómetro 209 por la mañana, sin necesitarlo, no entendía de razones.
*
Trabajaron hasta que el cielo de la ventana pasó del azul al violeta.
Julián tenía un método, y el método consistía sobre todo en contar historias mientras hacía lo que hacía.
Había limpiado cintas de la Guardia Civil en el 82, a cambio de nada y de un jamón.
Había reparado equipos para toda la flota de una empresa de mudanzas de Torrejón y para otra de Alcalá que ya no existía.
«Cuarenta y cinco años arreglando radios a camioneros, hijo.
Os creéis que esto no se estropea porque os habéis acostumbrado a que lo arregle yo.
» Lo decía riendo, con una especie de cariño que a Víctor le costaba reconocer porque no se lo habían demostrado muchos hombres de su edad.
Filtró el ruido de fondo con una paciencia casi religiosa.
Bajó el silbido, subió la voz, probó con tres curvas distintas, y a cada una el golpe sonaba más cerca y el hombre más lejos, como si fuesen dos cosas que se disputaban la misma habitación.
Le pidió que repitiera lo que había oído, palabra por palabra, mientras escuchaba.
—Respiración. «Chica». Un golpe.
—¿Y el resto?
—No hay resto.
—Siempre hay resto. —Julián pulsó un botón—. Dime, Mochuelo, ¿tú no te habrás puesto en el canal?
El nombre llegó sin que Víctor lo esperara y le dio un golpecito suave en el esternón, el de un viejo amigo. Hacía años que nadie lo usaba en voz alta salvo Julián, y Julián solo lo hacía cuando creía que su amigo estaba demasiado serio.
—No me he puesto —dijo.
—Me alegro. Los mochuelos se callan, es lo que tienen. —Sonrió con medio gesto—. ¿Quién te llamó así por primera vez? Siempre se me olvida.
—Tomás. Tomás Vela. Hace mucho. Dijo que me desvelaba por todos y que cargaba con el mochuelo de lo que nadie quería llevar. —Víctor miró la taza, no a Julián—. Murió en Francia, hace años. En un accidente. Después de... Se fue a trabajar allí.
—Todos nos acabamos muriendo en Francia, o en Portugal. —Julián lo dijo bajito, sin burla—. Era de los buenos, entonces.
—Era de los que se acuerdan de las cosas.
No dijo más. Julián, que tenía quince años más de oficio y dos más de intuición, dejó que la frase se quedara donde estaba.
Volvió a la pantalla. A las siete y media miró el reloj de pared, que adelantaba, y dijo que le quedaban veinte minutos antes de coger la bufanda y salir hacia la residencia.
Que lo dejara con el trabajo, que ya le diría. Que se fuera a cenar.
Víctor no se movió. Se quedó de pie junto al estante de la foto de Carmen y miró cómo Julián, ya con la tercera taza de café del día, ajustaba una rueda diminuta con la yema de un dedo.
Fuera, el último sol se había apagado en los cables de la calle.
En la pantalla se movían las mismas tres colinas grises.
Julián subió la ganancia de una banda estrecha, bajó una muesca, la subió.
Frunció el ceño. Ladeó la cabeza como un pájaro.
Tecleó una cosa nueva y volvió a pulsar.
—Espera.
—¿Qué?
—Calla.
Se puso los cascos. Retrocedió la barra dos segundos.
Los dos segundos que había entre «chica» y el segundo golpe, justo en el hueco que la limpieza dejaba ahora al descubierto, un hueco que a Víctor, en la cabina, le había parecido de silencio.
Julián lo escuchó una vez, y otra, y otra.
Después se quitó los cascos despacio, como los que se quita alguien que ya no quiere oírlo, y los dejó caer sobre la mesa.
No dijo nada. Giró los altavoces hacia Víctor, bajó el botón del ruido todo lo que se podía bajar, y le dio al triángulo.
La respiración. El roce. «...chica...». Y, en el hueco, tan por debajo del suelo del sonido que más que oírse parecía recordarse, otra voz distinta de la primera, o la misma pero más lejos, dicha hacia dentro, como se le habla a alguien dormido a quien no se quiere despertar:
—Todavía respira.