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Capítulo 2. Estática

No hubo respiración, ni palabras. No hubo nada. Se dijo que era lo que esperaba, y le salió una especie de resoplido que no era una risa.

*

Su casa estaba en un tercero sin ascensor de la calle de la Imagen, a diez minutos andando de la plaza de Cervantes.

Treinta y ocho escalones. Los subió con el termo en una mano y la bolsa de la ropa sucia en la otra, y al abrir la puerta lo recibió el olor de siempre, a cerrado y a detergente, y la luz de media mañana entrando sesgada por el balcón de la cocina.

Dejó las llaves en el cuenco. Puso la cafetera.

En la puerta de la nevera, sujeta por un imán de Santa Pola, estaba la fotografía de Elena.

La habían hecho en una terraza, con un sombrero de paja que ella odiaba y llevaba igualmente, mirando a quien tenía la cámara con la expresión de una mujer a la que acaban de decir una tontería y se está planteando si responder.

Víctor tenía costumbre de no mirarla directamente.

La veía de lado, como se ve la propia sombra.

Ese día la miró de frente un segundo, y lo único que se le ocurrió fue lo mismo que se le ocurría desde hacía seis años: que a ella no le habría hecho falta contar nada, que habría entrado en la cocina, habría visto su cara y habría dicho «¿qué ha pasado? », en ese tono que no era pregunta.

—Nada —dijo en voz alta, al aire—. Ya te lo cuento.

Sacó la tarjeta del grabador del bolsillo de la chaqueta.

Era del tamaño de una uña, y para hacer lo de cada mañana tenía que ir hasta el estudio, que era la habitación pequeña donde guardaba el ordenador viejo y los trastos de radio, y meterla en la ranura.

Fue. La metió. Hizo clic sobre la carpeta con la fecha de la noche.

En la pantalla apareció la lista de siempre, un archivo de once horas y veinte minutos, y a su lado el botón que daba la orden de borrarlo, que había apretado durante seis años sin leer lo que ponía debajo.

Dejó el cursor encima y no hizo nada. Después arrastró el archivo al escritorio, lo abrió con el reproductor y se puso los auriculares.

La cinta empezaba con el ruido de arranque y los comentarios de los dos camioneros del kilómetro setenta, que en los cascos sonaban más lejanos y más amables que en la cabina.

Avanzó a trozos. Cuarenta minutos. Una hora.

En la línea de tiempo, la onda era una raya casi plana con irritaciones menores, como un electrocardiograma de alguien que está muy tranquilo.

Pasadas las dos horas y catorce minutos, la raya se hundía y volvía a subir. Marcó el punto. Escuchó.

Allí estaba. Sin la vibración del motor, sin el viento de la ventanilla ni su propio pulso en las sienes, la respiración sonaba más baja y mucho más humana.

Un hombre acercándose a un micrófono. El roce.

«...chica...». La palabra no parecía una palabra completa: parecía una piedra con un lado cortado.

Debajo, el golpe. Él había creído que sería más fuerte.

Era un golpe hueco, metálico, con una resonancia al final que se alargaba un poco más de lo que podía alargarse un tubo.

Otro. El silencio. Otro más, que no recordaba haber oído en la cabina.

Lo puso una vez. Otra. A la sexta, dejó de oírlo como sonido y empezó a oírlo como forma: un perfil de sílabas, el aire que sube, el aire que baja.

A la novena paró y se quedó mirando la pared con los auriculares colgados, y se dio cuenta de que tenía la mano izquierda cerrada sobre la rodilla, igual que en la autovía.

La abrió. En la pared, sobre el ordenador, colgaba un calendario de la cooperativa de transportistas con los martes y los jueves tachados a lápiz, como todos los meses, en una cuadrícula de pequeñas cruces.

Miró el jueves siguiente, que aún no estaba tachado.

Dos noches. Se sorprendió contando las horas que faltaban para pasar por un kilómetro cualquiera de la A-2.

Agarró el móvil y marcó un número que sabía de memoria.

—Dime, cenizo —contestó Julián al tercer tono, con una cuchara en alguna parte, o algo que sonaba a cuchara contra una taza—. Si me llamas a estas horas es que o te has muerto o te has enamorado, y ninguna de las dos cosas me cuadra.

—Tengo una grabación.

—Ah, eso. Ya me parecía a mí. —La cuchara dejó de sonar—. ¿Mala?

—No sé qué es. Quiero que la oigas.

—¿Por teléfono?

—No. Con tu equipo.

Hubo una pausa de la longitud exacta en que Julián decidía si su ironía era la herramienta adecuada. Decidió que no.

—Ven por la tarde. Estaré aquí. Hoy me toca la residencia a las ocho, así que no te me pongas espeso.

*

Se tumbó vestido en la cama, sobre la colcha, con los zapatos fuera y los calcetines puestos.

No durmió, o durmió de esa manera que no es dormir sino hacer guardia con los ojos cerrados, vigilando una puerta.

Cuando abrió los ojos, el despertador digital de la mesilla marcaba las 15:41.

Era su hora. Su cuerpo no distinguía entre la madrugada y la tarde, solo conocía el minuto, y cada vez que la cabeza se le llenaba de algo sin nombre, lo sacaba del sueño a las tres y cuarenta y una y le dejaba allí, tumbado, con los ojos abiertos y la sensación de haber estado hablando con alguien.

Se duchó. Se afeitó. Comprobó que llevaba la tarjeta en el bolsillo y la libreta y las llaves, y que las llaves estaban en el bolsillo de las llaves.

Salió a la calle con un frío seco que olía a leña de alguien.

Cogió el coche y no la tractora, que esperaba en su solar, y tomó la carretera de Meco entre campos de rastrojo que el sol ya dejaba medio en sombra.

La casa de Julián estaba al final de una calle sin acera, pegada a un cobertizo de uralita y rodeada por antenas de todos los tamaños, algunas útiles y otras de adorno, como las banderas de un puerto.

Julián Ferrer tenía sesenta y cuatro años, había sido técnico de telecomunicaciones durante cuatro décadas y conservaba la costumbre de recibir a las visitas con las manos manchadas de estaño y la certeza de que eso les honraba.

Abrió con unas gafas de soldar subidas a la frente y una camisa de cuadros que había visto tiempos mejores.

—Salas, hijo. Tienes mala cara. Pasa y no toques nada, que está todo en equilibrio.

El taller olía a estaño, a café recalentado y a polvo caliente de cosas que habían estado mucho tiempo enchufadas.

Había equipos hasta el techo: receptores de válvulas con sus diales de cristal amarillento, emisoras de CB desmontadas sobre las mesas con las tripas al aire, un osciloscopio verde que pesaba lo que un niño, cajas de cartón con la palabra PROVISIONAL escrita a rotulador en todas las caras.

En un estante, entre un transformador y una taza con restos, había una foto de una mujer de pelo corto y mirada clara, riéndose en un jardín.

Carmen. Estaba en una residencia de Alcalá desde hacía tres años y reconocía a su marido unos días sí y otros no, sin que nadie hubiera encontrado la regla.

—Siéntate ahí, en la silla que no cojea. No, en esa no. En esa. —Julián enchufó tres cosas a la vez y se dejó caer ante el ordenador—. A ver qué me has traído.

Víctor le tendió la tarjeta. Julián la miró con la desconfianza con que se mira un bocadillo ajeno.

—¿Qué es?

—La de anoche. Unos quince segundos, hacia las dos y catorce en el contador. Km 209, sentido Zaragoza.

—Km 209. —Julián pareció disfrutar de la cifra—. Y yo que pensaba que eso solo se lo decían los camioneros entre ellos con voz de funeral.

Descargó el archivo. En la pantalla apareció la onda, y esta vez no era una raya, sino tres montes grises.

Se puso unos cascos enormes de los años ochenta, de espuma desgastada, y cerró los ojos.

Víctor no lo había visto escuchar con los ojos cerrados nunca.

Parecía otra persona, más joven y menos vanidosa.

Estuvo así casi un minuto. Cuando abrió los ojos, dijo:

—Otra vez.

La escuchó tres veces. A la tercera se quitó los cascos y los dejó sobre la mesa, al lado de una taza que ya había sido otra cosa.

—Bien. Pues hay cuatro hipótesis, y te las voy a dar por orden de decepción.

Una: alguien se ha dejado el pulsador atascado en un taller.

Pasa más de lo que crees; hay camioneros que se duermen con el micro en la mano.

Dos: un chaval con una Superstar de las que se compran por internet, en la azotea, jugando a ser Dios.

Tres: un rebote. Con la actividad solar de estos años, a veces, de noche, la señal de un sitio llega a otro sitio que no tiene nada que ver, y uno oye a un japonés hablando de pesca en la puerta de su casa.

Y cuatro, que es la que no quieres que diga.

—Dila.

—Que lo que has oído es lo que parece.

Víctor no contestó. Julián tecleaba.

—Mira, el rebote lo descarto de entrada, o casi.

Por la hora, para empezar, y por la nitidez.

Estas cosas llegan sucias y con ecos como si vinieran de dentro de un pozo.

Esto es limpio, cortado, de cerca. —Giró la pantalla hacia él—.

Este es el golpe. Mira la forma: sube de golpe y baja despacio.

Metálico, ¿ves? Esto no es madera. Y aquí está el segundo, y aquí, escondido debajo del ruido, el tercero, que tú no has oído.

Mide. Tres coma nueve, cuatro coma cero.

Cuatro segundos, con el error de la medida.

Eso ya es un reloj, hijo. O una máquina, o un loco con un martillo y mucha paciencia.

—Una máquina.

—Lo más probable. Algo con una pieza floja. Un molino, un motor con una biela suelta. —Se rascó la barbilla—. O una puerta de un portón que el viento abre y cierra, en un sitio donde hay mucho viento.

—Anoche había viento.