Capítulo 1. Kilómetro 209 #2
Fue entonces, mientras la lengua le seguía sabiendo a llave, cuando se dio cuenta de que el canal tenía un hueco.
No una voz: un hueco. Hasta hacía un rato la estática había sido como una lluvia constante, de grano grueso, con picos de interferencia cuando pasaba cerca de alguna línea de alta tensión; ahora, aunque el volumen seguía igual, el ruido parecía haberse retirado hacia dentro.
Miró el cuadro. La aguja del medidor de la emisora, siempre dormida a la izquierda, se había movido un milímetro.
Un milímetro no era nada. Pero él llevaba treinta años mirando aquella aguja, y sabía lo que significaba un milímetro.
Era el kilómetro doscientos ocho. El reloj marcaba la una y treinta y siete.
Aflojó el pie sin pensarlo. El motor lo agradeció con un cambio de tono.
Bajó las ventanillas de las dos puertas un par de centímetros, como si la señal viniera por el aire, y el cierzo entró de golpe en la cabina con su frío de piedra.
Le sacudió el pelo corto, le trajo un olor a tierra mojada y a pino, a resina vieja.
El tacógrafo siguió dibujando. Delante de él, el primer arco de una curva ancha empezó a asomar entre las luces de una subestación.
Apretó el botón del volumen. Un punto. Dos.
La estática cambió de textura.
No subió ni bajó. Fue algo más preciso, más parecido a lo que ocurre en una casa cuando se para la nevera: uno no oye el motor hasta que falta, y entonces el silencio parece haber estado ahí todo el rato y haber sido el que mandaba.
Detrás de la lluvia gris del canal había una cosa mucho más pequeña, mucho más cercana, que no era ruido. Una respiración.
La oyó con la misma nitidez con la que se oye a alguien al otro lado de una pared fina.
Una respiración lenta, húmeda, un poco ronca, de alguien que ha estado quieto un rato y se acerca a algo con cuidado.
Se acercaba a un micrófono, porque el resoplido, al final, venía acompañado de ese roce áspero que hacen los labios contra la rejilla.
Víctor dejó de respirar. Había olvidado que lo hacía.
El kilómetro doscientos nueve pasó a su derecha, blanco, con su número negro.
—...chica...
Dos sílabas, tres si se contaba el principio comido.
Una voz de hombre, baja y muy cansada, como hablar con la boca llena de algo o con los dientes casi cerrados.
No era un grito. No era siquiera una frase: la mitad de una cosa que había empezado antes y no iba a acabar.
Cortada por delante y por detrás, como si alguien hubiera abierto una puerta, dejado pasar un poco de ruido y vuelto a cerrarla.
Y debajo, o más lejos, un golpe.
Un golpe metálico, seco. Hierro contra hierro, o contra algo hueco que respondía como el hierro. Después, un intervalo en el que la respiración siguió allí, ya sin palabras. Después, otro golpe idéntico al primero.
A Víctor se le cerró la mano izquierda sobre la rodilla.
Notó el pulso en las sienes y, con una claridad que le dio asco, el sabor de la llave en la boca, ahora tan fuerte como si se la hubieran puesto entre los dientes.
Reconocía el golpe. Lo reconocía sin saber de qué: no del recuerdo de un sitio ni del de una persona, sino de otro lugar más hondo, donde el cuerpo guarda lo que ha aprendido a no soltar.
Sonaba a cosa grande, a maquinaria, a un mecanismo sin prisa que repetía su error cada tantos segundos.
Contó sin querer. Uno, dos, tres. El tercer segundo se apagó en el ruido del canal, y el golpe volvió a llegar donde su cuenta no lo esperaba.
—Eh —dijo Víctor en voz alta—. Eh. Repite.
No pulsó el micrófono. Tenía la mano tan cerca del soporte que le rozaba el cable con los nudillos, y no lo cogió.
Llevaba tantos años sin hablar por aquel canal con alguien que no conociera, que el gesto le pareció de otra persona.
Además, aquello no era una conversación.
Era una casualidad. Alguien que se había dejado el pulsador mal soltado en un taller, o en una granja, o en el patio de una nave; alguien que hablaba solo, y a lo mejor de una chica cualquiera, de una hija, de una vecina, y él no era nadie para meterse.
La curva llegó, larga y suave, con la subestación a un lado y, al otro, un talud de roca pelada que el faro de la tractora iluminó de golpe como si hubieran encendido una pared.
El viento daba de lleno por la izquierda, y el remolque se movió detrás de él con un crujido de lona y de cinchas.
Víctor sujetó el volante con las dos manos.
El motor trabajaba. En el altavoz, la respiración se había vuelto más débil y el golpe más lejano, y ambos se hundían en la estática como en un agua que se cierra.
Cuando volvió a mirar la aguja, estaba en su sitio, dormida a la izquierda, y el canal 19 era otra vez una lluvia fina, regular, sin nadie.
La curva se enderezó. Un camión vacío, de los de la competencia, le adelantó con las luces de gálibo encendidas y se perdió delante como si nada hubiera pasado, porque para él no había pasado nada.
Durante un buen trecho Víctor no se movió. Condujo, desde luego: corrigió la trayectoria, miró los espejos, aflojó y apretó el pie en los lugares donde lo había hecho mil veces. Pero fue una conducción de manos y pies, sin él dentro. Seguía en el carril de la izquierda y ni siquiera lo sabía.
Miró el grabador. La luz roja continuaba fija, un punto sin parpadeo.
Registraba, como todas las noches, lo que le llegaba, el ruido, la respiración, la palabra comida, el golpe.
Si había algo en la tarjeta, sería al llegar a casa, ya de día, cuando se encontrase con ello, y tendría que decidir qué hacer con una cosa que no era una prueba de nada.
Quiso ser razonable, que era lo que mejor sabía hacer.
Las ondas de CB, a esas distancias y con cuatro vatios, llegaban a pocos kilómetros; lo que había oído estaba cerca, en alguna parte del valle, no más allá de la autovía.
Eso era un dato. Durante un minuto entero había olvidado la salida 214, y la salida 214 estaba a menos de cinco kilómetros.
Eso también era un dato, y no le gustaba.
Volvió al carril derecho. Nadie le dio las gracias por haberlo dejado libre, porque nadie lo había necesitado.
Abrió la libreta con el pulgar, sin quitar la vista de la carretera, y escribió a ciegas, con la letra que le salió:
01.40. Km 209. Voz, hombre. Respiración. «...chica...». Golpe metálico, repetido. 15 s aprox. Perdida en curva.
Soltó el bolígrafo. La cuerda lo devolvió a su sitio con un tirón suave.
Fuera, el viento seguía empujando, ahora más fuerte, con la insistencia de algo que sabe que va a ser el protagonista de otra noche; se oía silbar por las rendijas de la puerta del lado del copiloto, ese lado que nadie había usado nunca.
Víctor subió las ventanillas. Alargó el brazo hacia atrás sin mirar, tocó el borde de la cortina de la litera y comprobó que seguía cerrada.
Un cartel azul anunció que la salida 214 estaba a cinco kilómetros.
Lo leyó entero, incluida la última línea, el nombre de un pueblo que no había pisado nunca.
Tenía la boca seca. En el altavoz no había nada más que la lluvia gris de siempre, pero de vez en cuando, cuando el viento giraba o él creía que giraba, le parecía oír debajo, como un fondo que no se decide a ser sonido, una sola palabra incompleta, dicha por alguien que se había quedado sin aire en mitad de ella.
Chica. O un trozo de lo que venía después.