27.185 Capítulo 1. Kilómetro 209
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Por Aaron Cabero Blanco

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Capítulo 1. Kilómetro 209

Víctor Salas comprobó el cierre del remolque dos veces.

La segunda lo hizo más despacio que la primera, aunque no hubiera nada distinto que ver: la barra de la puerta izquierda, la palanca bajada hasta el tope, el precinto de plástico con el número que el almacén había anotado a las siete de la tarde.

Pasó la palma de la mano por el metal frío, como se toca el cuello de un animal que uno conoce, y rodeó la caja hasta la puerta derecha para hacer lo mismo.

El aparcamiento era un solar cercado al borde del polígono, con una caseta de obra donde el guarda veía un partido de otra época en una televisión pequeña.

Dos farolas de las cuatro funcionaban. Había nueve tractoras alineadas con el morro contra la valla y, entre ellas, el Volvo de Víctor, que era el único con las lunas limpias.

Lo había comprado de segunda mano hacía nueve años, y en ese tiempo había aprendido a reconocer cada ruido que hacía sin que nadie se lo pidiera, de la misma manera que se reconocen los pasos de un vecino en el rellano.

—Buenas noches —dijo el guarda sin apartar los ojos de la pantalla.

—Buenas.

Subió. Dejó el termo en el portavasos de su lado y la libreta de ruta sobre el salpicadero, con el bolígrafo atado por una cuerda al espiral.

Metió la tarjeta en el tacógrafo y esperó a que la máquina le dijera lo que ya sabía.

Después, antes de girar la llave, se echó hacia atrás, estiró el brazo y abrió la cortina de la litera.

La cama estaba hecha. La manta doblada con las esquinas a escuadra, la almohada en su sitio, el pequeño ventilador sujeto con una brida a la barra del techo.

Miró un segundo, quizá dos. Corrió la cortina otra vez.

No habría sabido decir por qué lo hacía ni desde cuándo; si alguien se lo hubiera preguntado, habría contestado que para comprobar que no se había colado nadie, y habría sabido mientras lo decía que era mentira, porque en nueve años no se había colado nadie.

El asiento del acompañante estaba vacío.

Siempre lo estaba. No dejaba allí la chaqueta, ni la bolsa de la comida, ni los papeles del porte.

Lo ponía todo a su izquierda o detrás, en la repisa, y el asiento seguía con la funda gris un poco lavada y ninguna marca de uso, como la silla de un comedor al que no viene nadie a comer.

Escribió en la libreta con su letra cuadrada:

Mar. 23.25. Alcalá. Km 30. Sin novedad. Viento NO, flojo. 22 palés papel de cocina, Zaragoza-PLAZA, descarga 06.00.

Arrancó. El motor tardó lo justo en entrar en calor y la cabina empezó a vibrar con el temblor sordo que era para él lo más parecido a una conversación.

Encendió la emisora fija y la dejó con el silenciador abierto, el volumen casi al mínimo, de modo que el canal 19 fuese una lluvia fina detrás de todo lo demás.

Comprobó la luz roja del grabador, un cacharro negro del tamaño de un paquete de tabaco, conectado con un cable a la salida de audio.

Grababa todo lo que entraba en la emisora durante el viaje.

Cada mañana, al llegar a casa, Víctor sacaba la tarjeta, la metía en el ordenador y la borraba sin escuchar.

Llevaba seis años haciéndolo. Nunca había encontrado un motivo para dejar de hacerlo ni uno para escuchar.

Salió del solar con las luces largas apagadas, por respeto al guarda, y se incorporó a la A-2 por el enlace de Alcalá cuando el reloj del cuadro marcaba las once y treinta y uno.

*

Hasta Guadalajara el tráfico fue el de siempre: furgonetas de reparto con prisa, algún turismo con la luz de cruce a medias, camiones de los grandes que se turnaban para adelantarse con la lentitud solemne de dos barcos.

Lloviznaba. Las gotas llegaban al parabrisas sueltas, sin ganas, y el limpiaparabrisas las repartía por el cristal a cada pasada.

Por el espejo de la izquierda vio quedarse atrás el neón rojo de El Mirador, con sus tres letras apagadas desde hacía meses y su aparcamiento lleno de cabinas con las cortinillas echadas.

Pensó en el café con leche de Mari, que servía en vaso como si fuera una afrenta, y no frenó.

Martes noche, no se paraba. Se paraba a la vuelta, ya de día, cuando había descargado y el cuerpo empezaba a pedir cosas.

Más allá de Guadalajara la autovía se estiraba y subía hacia la parte alta de la meseta.

Las luces de los pueblos eran manchas de color naranja lejanas, y entre ellas el campo extendía una negrura de arado sin fondo.

Víctor conducía con las dos manos en el volante, a las diez y las dos, aunque llevaba tiempo sin necesitarlo.

A ochenta y dos kilómetros por hora. La velocidad de los que no tienen prisa y no quieren que nadie la tenga con ellos.

La radio hablaba bajito. En el kilómetro setenta y tantos, un portugués con acento de Oporto le preguntó a nadie si había control de la Guardia Civil pasado el puerto, y le contestó un tipo de voz cascada desde muy lejos, de otro tiempo, que nada, que estaban donde siempre, dos coches y un termo.

Se rieron los dos. Después, la lluvia fina otra vez.

Víctor sonrió a medias y no dijo nada. Hubo una época en que aquel canal era una plaza, con sus bromas de siempre, sus apodos, sus insultos amistosos a los que iban en cuarta y a los que iban en sexta; había noches enteras en las que no habría podido pensar sin que alguien le interrumpiera.

Eso se había terminado sin que nadie lo decidiera.

Los jóvenes llamaban por el móvil. Los viejos se habían muerto, o se habían jubilado, o dormían ya a esa hora, que era la hora en que un hombre de su edad debía dormir.

Pasada la una, cerca de Medinaceli, el viento empezó a hacerse notar.

No era el cierzo de verdad, el que a veces cierra la autovía en el tramo de Zaragoza y deja a los camioneros metidos en las áreas de servicio como niños castigados.

Era un anuncio. El remolque se movía en las rachas de costado, un palmo, quizá menos, y el volante respondía con una vibración minúscula que Víctor notaba más en las muñecas que en las manos.

Soplaba del noroeste. Bajó una marcha en la subida y la recuperó al coronarla.

El cielo se había abierto en trozos, y a la izquierda aparecían estrellas entre nubes que corrían demasiado deprisa para estar tranquilas.

En el arcén, un cartel doblado hacia fuera golpeaba rítmicamente contra su poste. Lo vio pasar.

Se sirvió café del termo sin dejar de mirar la carretera.

Estaba tibio, amargo, con el regusto de plástico de los termos viejos.

El termo tenía una abolladura en la base, de cuando se le cayó a Elena en el portal de un hotel de Burgos, y nunca lo había cambiado; se había limitado a no volver a apoyarlo en superficies inclinadas.

Bebió la mitad. La libreta de ruta se balanceaba un poco en el salpicadero con cada bache.

Era una costumbre de cuando empezó, a los veinte, y que ya no tenía utilidad: el tacógrafo lo anotaba todo, y el teléfono, y el seguro.

Pero las libretas se habían ido acumulando en una caja de zapatos del altillo, una por año, con su goma elástica, treinta y una.

Le faltaba la de aquel año, la del accidente, que debió de perderse con el camión; nunca había mirado dónde.

Una libreta menos en una caja no decía nada.

Víctor las guardaba como otros guardan facturas, sin leerlas.

Escribir en ellas era lo que hacía para que las horas se quedasen donde las ponía.

Pensó en el albarán de descarga, en que a las seis tenía que estar en el muelle 14 de PLAZA, en que el jueves repetía y el martes siguiente también, que su vida era una frase corta repetida con cuidado hasta que significara algo.

No lo pensó con tristeza. Lo pensó como se piensa en el estado del firme.

A la una y veintiocho el reloj le recordó, con una raya verde en el tacógrafo, que llevaba un rato por encima de lo que le gustaba.

Levantó el pie. Era cierto: había empezado a apretar sin darse cuenta.

Los números de los carteles de kilometraje bajaban hacia él en la oscuridad como las cifras de una cuenta atrás que nadie le había pedido: ciento noventa y seis, ciento noventa y siete.

Cuando estaba a unos diez kilómetros de la salida 214, el cuerpo le avisaba. Siempre lo hacía antes que la cabeza.

Primero fue la mandíbula, que se le apretaba sola.

Luego una sequedad en la lengua y, detrás, el sabor, un sabor frío a moneda, a llave, al metal de una cosa que no se ha mordido nunca pero se sabe cómo sabe.

Se pasó la lengua por el paladar. Dejó la mano derecha en el volante y con la izquierda se frotó la rodilla, como quien se limpia algo.

Le había pasado cientos de veces. Había buscado explicaciones prácticas, que era lo que hacía con cualquier cosa que no funcionaba: la tensión, la cafeína, el empaste de una muela que se había soltado años atrás.

Había ido al dentista, a su médico. Nadie le había encontrado nada.

Una noche, en una gasolinera de Burgos, un compañero le había dicho con una sonrisa de lado que a lo mejor lo que le pasaba es que ese tramo le caía mal, y Víctor se había reído porque era la respuesta que le convenía.

En el kilómetro doscientos cinco, un panel azul anunció el área de descanso con una flecha y un dibujo de taza.

No era la salida 214 y no había motivo para que le pareciera una amenaza, pero la mano derecha, sin consultarlo, giró un par de grados el volante y llevó la cabina al carril de la izquierda.

Víctor miró por los retrovisores. Ningún coche.

Ninguno en cuatro kilómetros. El carril derecho se extendía vacío y mojado, con sus señales reflectantes encendiéndose y apagándose a su paso, y él estaba allí en el izquierdo, con una tractora de dieciocho metros ocupando el carril de adelantamiento sin adelantar a nadie.

Lo hacía siempre. No volvió al derecho.