25 últimos veranos 19
95%

19

Con Giulia avanzamos a toda velocidad, y la flora y la fauna convirtieron nuestro paseo en una coreografía involuntaria de cinco pasos hacia delante, tres pasos hacia atrás, ocho pasos hacia el lado.

Karl olfateaba el bosque como un perro de caza: inspeccionaba la hiedra que trepaba por un haya, le fascinaban las coloridas flores de las campanillas y recogía hierbas aromáticas que secaría más tarde en casa.

Los finos rayos de sol que habían logrado atravesar las copas densas de los árboles caían sobre sus dedos como un haz de luz.

Antes describía a una persona por su complexión, el color del pelo, de los ojos, su forma de vestir y de moverse, su expresión y sus gestos.

Sin embargo, tras pasar solo veinticuatro horas con Karl, supe la importancia que pueden llegar a tener las manos.

No solo eran un rasgo esencial externo, sino que también reflejaban su actitud interna.

Su pulgar era más bien nudoso y las palmas de las manos cuadradas.

Las profundas arrugas, la piel dura, las cicatrices visibles y la suciedad bajo las uñas eran lo que marcaba la diferencia.

Fue en ese instante cuando volví a comprender lo que significaba tener el destino en tus manos.

Cuando hace algunas semanas desenterré una planta en el jardín, enseguida se me formó una ampolla en el dedo índice de la mano derecha.

Hasta ahora mis manos tampoco es que hayan desempeñado un papel importante en el trabajo.

Solo se han usado para llamar por teléfono, estrechar otras manos y teclear en el ordenador.

Al menos sí tenía unas piernas resistentes.

Caminar se había convertido en un ritual con mucha repercusión para mí, además de correr por las mañanas.

La naturaleza no esperaba nada de mí. Lograba apartarme por un momento de la enmarañada rutina de obligaciones, de lo mucho y de lo poco, de la vida como una única e interminable lista de tareas.

Ese domingo, me estaba yendo todo tan bien como hacía mucho tiempo que no me iba.

Me hallaba en mi elemento… y en mi mundo de pensamientos.

No me di cuenta de que Karl se estaba quedando cada vez más atrás hasta que llegamos a una curva larga.

Me detuve y lo esperé. Radiante, pero callado, se acercó a mí, y atribuí las gotas de sudor en la frente al calor del mediodía.

Enganchó su brazo con el mío sin mediar palabra y continuamos nuestro camino juntos.

Pero cuando tropezó con una rama y apenas pude evitar que cayera de bruces, me di cuenta de que le temblaban las rodillas, que se tambaleaba y buscaba apoyo, mientras perdía cada vez más la tensión corporal.

Me detuve en el acto, lo rodeé con el brazo para sostenerlo y le pregunté:

—¿Te encuentras bien?

—Sí, sí, no pasa nada. Es que he dormido poco y no he bebido mucha agua —respondió con la respiración entrecortada, pero de forma creíble.

Paramos un rato y luego avanzamos con cuidado, paso a paso.

La interrupción no mejoró la situación, podría haberlo sostenido unos metros más, pero mi fuerza no daba para tanto.

Como no había ningún banco a la vista en el que pudiéramos descansar, propuse hacer una pausa en el suave suelo del bosque.

Karl seguía temblando al agacharse y, para tener algo en lo que apoyarnos, nos sentamos espalda contra espalda.

No podía verlo, pero notaba su malestar. El hecho de que hablara tan poco me hizo sospechar que tal vez también se avergonzaba de su debilidad, que había ocultado antes tan bien ante mí.

—¿Puedo preguntarte algo? —rompí el silencio con cautela.

Su respuesta llegó sin que yo tuviera que decir nada más:

—Los mareos aparecieron por primera vez hace quince años, un lunes. Era invierno, hacía viento y estaba nublado. Me había subido a una escalera y estaba a punto de podar las ramas de un manzano. Al principio no le di importancia y me acosté en la cama.

Karl se había quedado en casa el martes, el miércoles le entró dolor de cabeza y el jueves al final fue al médico de cabecera.

Un médico abnegado en el buen sentido, dijo Karl, marcado por una gran humanidad y bondad, una persona en quien confiaba desde hacía décadas.

Lo había ayudado cuando se había dislocado el hombro en el campo, y había ido por la noche a la granja cuando la hija pequeña de Johanna y Karl había tenido mucha fiebre y temblaba en sus brazos.

Aquel hombre era para el pueblo tanto un médico como un consejero espiritual.

Aquella mañana hacía quince años, le dedicó también bastante tiempo a intentar descubrir de dónde provenían sus dolencias.

No encontró una respuesta clara, pero sí palabras tranquilizadoras.

Y ese mismo día lo derivó a un especialista de una clínica universitaria cercana.

Karl se quedó allí dos noches, le clavaron una aguja larga entre dos vértebras y lo metieron en una máquina de resonancia magnética aterradora.

Cuando el médico de cabecera llamó al cabo de unos días para comunicarle los resultados y pedirle que volviera a la consulta, Karl supo que no se trataba de un resfriado mal curado.

—Tenía una enfermedad autoinmune inflamatoria crónica que progresa de forma continua y es incurable. El médico me dijo en ese momento que no existía una terapia convencional, que no se sabía a ciencia cierta cómo se desarrollaría. Que tal vez algún día necesitaría una silla de ruedas.

Las palabras de Karl cayeron como la hoja de un árbol, suave y silenciosamente.

—Debió de ser un shock para ti —fue lo único que se me ocurrió mientras buscaba las palabras adecuadas.

—Pues, si te digo la verdad, no recuerdo muy bien mi primera reacción —respondió, todavía de espaldas a mí—.

Pero la conversación con mi médico se me quedará grabada en la memoria para siempre.

Fue muy breve y me abrió los ojos. Me leyó el informe y después cerró el expediente.

Luego me miró y me dijo que tenía dos opciones frente al diagnóstico.

La primera: enfadarme con mi destino, rendirme ante la situación y enterrar la cabeza en la arena.

O empezar a reunir bolsitas llenas de momentos de felicidad.

Esas fueron sus palabras exactas: «Bolsitas llenas de momentos de felicidad».

No se trataba de preguntarse «¿Por qué yo?

», sino «¿Por qué no yo?». La enfermedad ya es parte de mí.

No debo prestarle demasiada atención. Ni siquiera en los momentos más difíciles.

No iba a existir otra realidad. Mi enfermedad es más una cuestión de actitud ante la vida que un tipo de tratamiento.

Karl continuó hablando y me contó que, mientras iba en coche de camino a casa, vio a unos niños riendo, pasando en bicicleta por los charcos.

A él también le encantaba hacer eso cuando era pequeño, y decidió en ese momento no perder la alegría de vivir.

Por supuesto, era más fácil decirlo que hacerlo.

—Al principio, ignoré la enfermedad y lamenté en silencio mi destino. Lo que no se pronuncia en voz alta, no sucede. Pero eso por supuesto no funcionó y tampoco me encontré mejor. Le agradezco muchísimo a mi familia que me ayudara a salir de mi mutismo con su amor y su paciencia.

El silencio fue como una inflamación más que no solo se extendió por los nervios de Karl, sino por toda la granja. No llegó nunca a quejarse en voz alta, pero sí calló a gritos.

Necesitó tiempo para sacar algo positivo de su enfermedad y cuidarse más.

Para encontrar una actitud, como había dicho el médico.

Desde entonces, empezó a nadar en el lago por las mañanas, a dormir más, a rodearse de amigos de confianza y buscar ocasiones hedonistas.

Disfrutar de forma consciente, gestionar su tiempo con cuidado, amar con atención y besar con lentitud.

Por suerte, Karl no tenía dolores, pero debía adaptarse al ritmo de los acontecimientos.

Y aunque no sabía cómo iban a ir las cosas —lo que la enfermedad significaría para su futuro— parecía satisfecho y lleno de confianza.

La ola no lo había atrapado. Aunque su cuerpo carecía de fuerza y firmeza, era un buen nadador.

—El mar abierto nos enseña que solo somos una fina capa de espuma que aparece y vuelve a desaparecer enseguida en el océano.

Al final, a todos nos habría gustado haber pasado más tiempo en la superficie que bajo el agua.

Sin la conversación con mi médico de cabecera, probablemente me habría ahogado.

Encontró las palabras adecuadas en el momento adecuado.

Les costó un poco abrirse camino, pero ahí estaban.

Al igual que mi familia. Una terapia que no se puede aprender y que tampoco paga ningún seguro médico.

Los héroes silenciosos son los que mantienen unida nuestra sociedad con modestia.

Hice una larga pausa. Había tanto que añadir y, al mismo tiempo, tan poco… Me di cuenta de que en su vida no solo había patatas, libros y soles amarillos. Y una vez más me quedó claro que no se puede ver desde fuera lo que le pasa a una persona por dentro, ni cómo caen las sombras.

No sabía muy bien qué decir, así que pregunté lo más obvio:

—¿Y cómo estás ahora?

Karl respondió con tan solo dos frases:

—¿Qué más le puedo pedir a la vida? Está bien tal y como está.

Me quedé sin palabras.

Nos levantamos despacio, nos sacudimos la tierra de los pantalones y nos miramos el uno al otro.

—¿Puedo hacerte otra pregunta antes de que volvamos al coche? ¿Me habrías contado lo de tu enfermedad si no hubiera ocurrido lo de hoy? —quise saber.

—Algún día, sin duda. Ahora somos amigos —contestó tranquilo y sin énfasis.

No sé qué me conmovió más en ese instante, si la historia de su enfermedad o la oferta de su amistad.

Emprendimos el camino de regreso con calma. Cuando llegamos al aparcamiento, empezó a llover. Karl me dio las llaves del coche y metió en el maletero las hierbas que no había soltado durante el trayecto. Al cerrar las puertas, volvió su humor.

—En todas partes cuecen habas —me dijo con una sonrisa—. Pero tengo una medicina secreta contra los problemas terrenales que está compuesta principalmente de nata.