25 últimos veranos 20
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El día se extendía como un camisón planchado sobre la almohada cuando regresamos a la granja.

La esperada lluvia de verano había dejado un aroma fresco a tierra en el ambiente.

Incluso se había relajado la expresión de preocupación de Karl después del susto durante el paseo. Descanso dominical de lo más común.

Karl me pidió que dejara el coche justo delante del cobertizo, se bajó y desapareció sin mediar más palabra.

Pero, al cabo de unos instantes, el ruido anunció su vuelta.

Sacó un saco naranja, transpirable y lleno de patatas, lo arrastró por el suelo y lo apoyó en el banco de madera junto al haya púrpura.

Para no tener que ir dos veces, se había metido en la camisa, desabrochada por arriba, unas cuantas bolsas de papel marrón plegadas.

—¿Podrías hacerme un favor y cambiar de sitio estas patatas que quiero entregar mañana por la mañana? Solo hay que pasarlas del saco grande a las bolsas pequeñas. Yo me meto ya en casa.

Eran las instrucciones más breves que jamás había recibido para desempeñar un nuevo trabajo.

Me senté en el banco, me puse los sacos delante de los pies y miré el reloj.

Faltaba poco para las tres de la tarde, le había escrito un mensaje a mi mujer en el que le decía que volvería a la ciudad hacia las seis, por lo que tenía tiempo suficiente.

El proceso de clasificación era relajante, las patatas me acariciaban la mano.

No pude evitar pensar en lo movidito que había sido el fin de semana anterior. Estaba en la cocina cuando llegó mi hijo. Charlamos de esto y aquello, y en algún momento nos pusimos a hablar sobre el tema del cambio. De forma impulsiva, le pregunté si pensaba que yo seguía siendo igual que antes.

—¿Te refieres al pelo? —malinterpretó mi pregunta al principio.

—No, me refiero a si soy el mismo tipo de persona —le aclaré.

Su respuesta fue tan sincera y directa como la de un niño.

—Pues claro que has cambiado. Antes eras mucho más divertido.

La frase me pilló totalmente desprevenido. El suelo se abrió bajo mis pies. Tenía razón. Me sorprendió, me sentí avergonzado ante mi propio hijo y lo primero que se me ocurrió fue:

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Porque pensaba que no ibas a hacerme caso. Cuando te dicen algo, tienes la cabeza en otro lugar.

Estaba temblando por dentro y solo pude pronunciar un «Lo siento». Mi hijo, sin reproches, me dijo:

—No te preocupes por mí. A mí me da pena por ti. Mis amigos siempre creyeron que tenía el padre más gracioso del mundo.

Después me abrazó y se hizo un bocadillo.

Aquella conversación me sentó como un tiro, hablé con mi mujer varias veces sobre el tema durante la semana.

Por desgracia, lo confirmó todo. No se me ocurría cómo solucionarlo, pero después de ese fin de semana supe que no podía seguir así.

Si algo quería evitar, era convertirme en un padre distraído y despreocupado.

No tenía consejos para mis hijos. Quería estar presente y apoyarlos.

Construir un bonito hogar para ellos, con esfuerzo y dedicación, es un logro.

Solo se convierte en un lugar donde vale la pena vivir cuando se llena de amor, cariño y seguridad.

Ahora estaba allí sentado, en esa granja, separando patatas.

Tenía por delante veinticinco veranos, tal como lo había expresado Karl en el lago.

Cualquier instante es siempre «ahora». No había tiempo que perder, los dos días anteriores debían darme confianza.

La valentía siempre ayuda, el miedo nunca.

Eso me lo había enseñado Karl. ¿Por qué no iba a lograrlo yo también?

Volvió a salir de la casa silbando. Como se suele decir: cuando el alumno está listo, aparece el maestro. En la mano sostenía un gran plato con una montaña blanca difícil de definir y dos cucharas a ambos lados.

Se sentó a mi lado y me dijo:

—La semana se debe asimilar o papear para que pueda comenzar una nueva.

Por eso mantengo este ritual. Guardo en el frigorífico los restos de bizcocho de días anteriores, de lunes a sábado.

El bizcocho de nueces, el de chocolate o el marmolado son muy adecuados.

El domingo, los corto a dados, los remojo en un poco de café, añado cerezas, fresas o frambuesas y lo mezclo todo con mucha nata montada.

Mi diario culinario, por así decirlo. Y como pasa en la vida, a veces la porción es un poco más grande y otras veces, un poco más pequeña.

Dependiendo de lo que haya pasado durante la semana. ¡Buen provecho!

Colocó el plato entre nosotros y disfrutamos de cada cucharada.

—Un final perfecto, en mi opinión. Cuando terminemos de comer, tendré que marcharme —anuncié mi inminente partida.

—Y a mí me espera una siesta, como seguro que te imaginas —dijo Karl riendo.

Juntos vaciamos el plato y después fuimos a mi coche. Ya estaba todo dicho ese día. Habíamos asegurado nuestra amistad en el bosque. Sin dudarlo un segundo, nos abrazamos durante un buen rato.

—Volveré el próximo fin de semana. Estamos en contacto —le dije.

—Por favor —respondió sonriendo.

Conduje despacio hacia nuestra casa.

Al pasar por el campo de patatas de Karl, me di cuenta de que el viento venía de atrás y no de frente.