25 últimos veranos 18
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Como una cereza que había caído de la rama demasiado pronto, el coche estaba bajo un árbol en el huerto de frutales que se hallaba justo detrás del cobertizo. Rojo intenso, diseño deportivo, cuero claro y llantas relucientes.

—Te presento a Giulia, mi sueño de verano italiano —dijo Karl señalando el coche.

Se había cambiado de ropa. Llevaba unos vaqueros, la camisa verde menta por fuera de los pantalones y una boina inglesa gris.

Si hubiéramos espolvoreado el aire con una mezcla de granos de café y panino tostado, habría sido la perfecta Bella Italia.

—Te digo una cosa: ¡a toda velocidad con razón hacia lo irracional!

Soñaba con este coche desde los ocho años y he tardado doce en conseguir la pasta.

Gracias a un viejo dicho popular he logrado superar mi propio juicio y mi cuenta bancaria: «Tras un duro cultivo de invierno, viene una buena cosecha de verano».

A principios de año, metía siempre mil euros en un calcetín de lana que escondía en mi armario.

Una especie de crédito propio, por así decirlo: ojos que no ven, corazón que no siente.

Y lo que se ha ido, ya no está. Con el dinero que me daban las patatas tenía que arreglármelas los siguientes trescientos sesenta y cinco días.

Cuando por fin ahorré la cantidad que necesitaba, tuve la sensación de haberme encontrado el dinero en un calcetín que acabara de descubrir.

Nunca me habría gastado doce mil euros de golpe en un coche deportivo. ¡No estoy loco!

Admiré el diseño atemporal del coche y no pude evitar pensar en la peculiaridad de otro automóvil distinto.

Aunque hacía eones que no me acordaba de aquel vehículo, me vino de inmediato el ruido del viejo motor, las ventanillas empañadas en invierno y el olor del cuero sintético negro con varias rasgaduras.

—Mi madre tenía antes un Volkswagen Escarabajo descapotable color marrón —dije mirando a Karl, que se había sentado en el maletero.

Le hablé sobre el coche que mi madre había comprado de segunda mano y que para ella representaba un poco de libertad en un mundo con muchas obligaciones.

Cuando mi abuela estuvo en un balneario por motivos de salud, mi madre quiso ir a visitarla.

Yo fui el único que la acompañó. Habíamos rezado toda la semana para que hiciera buen tiempo.

Bajamos la capota, sacamos las gafas de sol, pusimos la cinta con canciones de Leonard Cohen, el músico melancólico favorito de mi madre, pero antes encendimos la fanfarria de la radio.

El pelo ondeaba al viento, habíamos devorado los bocadillos de morcilla, queso y huevo a los cincuenta kilómetros de recorrido, y los peligrosos adelantamientos los dejábamos para los suicidas.

Nos turnábamos para conducir y también para echar una cabezadita en el asiento del copiloto.

Y a punto estuvimos de olvidarnos de que teníamos poco aceite en el motor.

Nos detuvimos en una gasolinera. El problema era mayor de lo que pensábamos, pero el amable mecánico estaba dispuesto a arreglarnos el coche, aunque fuera fin de semana.

Nos dijo que podríamos recogerlo en veinticuatro horas.

Prometimos dejar una propina generosa, sacamos nuestras cosas del maletero y preguntamos por el hotel más cercano.

La casa de huéspedes El Cisne Dorado se hallaba en pleno casco antiguo.

Había una habitación libre que daba a un patio interior tranquilo, las colchas eran a cuadros rojos y blancos, y nos recomendaron encarecidamente el restaurante de la pensión.

La taberna estaba llena, aunque tuvimos la suerte de encontrar dos sitios en la barra.

La ensalada de judías con atún sabía a Francia con el aderezo de yogur y la flammkuchen con tocino, puerro y crema agria era digna de cualquier parada a repostar del mundo.

Además, mi madre y yo nos bebimos una jarra de vino blanco demasiado dulce mientras nos contábamos historias del pasado y del presente y novedades del vecindario.

Cuando mi madre me soltó que mi tío se había llevado por delante el rosal de mi tía con el nuevo cortacésped, casi nos caímos del taburete de lo mucho que nos reímos. Y cuando me puse a mirar qué tomar de postre, mi madre me dijo:

—Espera, se me ocurre algo mejor.

Pagamos y regresamos a la habitación. Al llegar arriba, me pidió que me quedara un momento fuera y, desde el pasillo, oí que algo crujía.

Después ya me dejó entrar. Mi madre había colocado el mueble del televisor enfrente de la cama y había una bolsa de patatas fritas con pimentón entre las almohadas.

Lo entendí al instante: ¡una gran noche de tele madre e hijo! Como antes, como cuando era pequeño.

Nos pusimos cómodos, apoyé la cabeza en su hombro, me acarició el pelo, cambiamos de canal y nos quedamos viendo la reposición de una película de detectives.

Fue tan simple, tan bonito… No podría haberme sentido más querido y seguro. Una avería nos regaló tiempo juntos y un fin de semana inolvidable.

—Suena maravilloso. ¿Después viajabais juntos con frecuencia? —quiso saber Karl.

—Aunque resulte incomprensible, no. Nos lo hemos propuesto en varias ocasiones, pero siempre ha surgido algo.

La mayoría de las veces fue por mí. A menudo me sentía tan harto, con tan pocas ganas de hablar, que me faltaba energía física y capacidad mental para dedicar tiempo a otras personas.

Incluso a mi madre, que, en cambio, siempre estaba dispuesta a hablar conmigo.

Ambos nos quedamos callados un rato y me di cuenta de que Karl estaba mirándome pensativo.

—Me imagino que a veces te sientes perdido —dijo al final.

—Sí, es cierto. Ese probablemente sea el motivo por el que debido a otras cuestiones me pongo a reorganizar mis habitaciones de hotel.

Le conté a Karl mi rutina, que rara vez dormía en casa entre semana.

Que cuando llegaba a mi habitación de hotel por la noche, no había nadie esperándome.

Tan solo el vacío esterilizado de un equipamiento estándar: una cama de matrimonio con ropa blanca y un bloc de notas en la mesita de noche, con el lápiz colocado en diagonal sobre él.

Un zumo de naranja, una Coca-Cola, una cerveza, una barrita de chocolate, una bolsa de frutos secos en un minibar que emite un zumbido, la botella de agua que siempre está en la parte superior y es gratis.

El cartel en el cuarto de baño con la petición de que, para ser respetuosos con el medioambiente, no se cambien las toallas todos los días si la estancia es prolongada.

Todo aquello era con buena intención, pero también te hacía sentir que no estabas en casa.

En algún momento empecé a llevar conmigo el kit de emergencia para cuando echara de menos mi hogar: un dibujo que me había pintado mi hija con los dedos, un avioncito de madera que mi hijo me había hecho en primaria y una camiseta gris de cuello en V que llevaba el perfume de mi esposa.

—O lo reparto por la habitación o me lo pongo para dormir. Las tarjetas las escribo casi siempre por la mañana en el comedor.

—¿A qué tarjetas te refieres? —quiso saber Karl.

—Las postales para mis hijos. Como estoy fuera con tanta frecuencia, intento al menos enviarles un mensaje todos los días. No un mensaje de texto al móvil, sino escrito a mano y desde cualquier lugar en el que me encuentre.

El año pasado fueron más de ciento cincuenta.

Compré las tarjetas con antelación y me tomé mi tiempo para elegir los diseños.

Me llevaba siempre montones. Si no podía estar con ellos, al menos que estuvieran mis pensamientos.

A veces solo les enviaba una frase del tipo: «¡Aquí hace mal tiempo, pero vosotros sois geniales!

» como pequeña motivación diaria. En otra ocasión, un vale de patatas fritas con extra de kétchup y mayonesa para el bar de la piscina.

Y lo que más les gustó fue la historia por entregas que me inventé sobre Sigmar, un perro salchicha deprimido que en realidad era un canalla y llevaba años siguiéndome.

Karl se levantó del maletero, me abrió la puerta del copiloto y subimos al coche. Luego me miró con una sonrisa.

—Todavía no es demasiado tarde para planificar el próximo viaje con tu madre, así podríais los dos escribirles postales a sus nietos.

Eso valdría más la pena que cualquier coche del mundo.

Venga, demos antes una vueltecita de prueba con Giulia —dijo Karl riéndose—.

Comenzaremos yendo hacia el bosque, allí podemos pasear, como tú querías.

Encendió el motor, emocionado. Pero entonces yo aún ignoraba que, aunque él avanzara con el coche, yo viajaría hacia atrás.