17
Karl me pidió que me quedara un momento solo en el sofá.
Quería enseñarme algo, pero antes tenía que preparar unas cosas en el jardín.
Mientras tanto, podía echarles un vistazo a los libros, picar unos higos dulces de postre o tumbarme un rato después de tanto «deporte».
Solo había una condición: «No puedes asomarte por la ventana.
Vendré a buscarte cuando termine», dijo, y desapareció vestido con su pijama como un sonámbulo que sueña despierto.
Pensé por un instante aprovechar su ausencia para leer los correos electrónicos y los mensajes acumulados en mi teléfono, como se suele hacer de forma automática en cuanto se está un segundo sin hacer nada.
En el coche ante un semáforo en rojo, en el tren entre dos paradas, mientras se espera a que el agua hierva.
Sin embargo, esa mañana me pareció que hacer algo semejante sería un sacrilegio.
Dejé el móvil en el bolsillo del pantalón, me tomé una última taza de café y me acerqué a la estantería.
La disposición de los libros no parecía seguir ningún sistema.
La mayoría estaban colocados derechos, y otros encima.
Entre los finos tomos de poesía de autores totalmente desconocidos se encontraban novelas de fama mundial, los limitados libros de arte se apoyaban en exóticos libros de cocina y la edición íntegra de Jane Austen se hallaba lomo con lomo con un tebeo del Pato Donald.
Había un taburete de fabricación casera para llegar a los estantes superiores.
Tomé un poco de distancia para captar la belleza de las obras literarias al completo.
Las librerías tienen algo único y majestuoso, como los monumentos.
Si dependiera de mí, se incluirían junto al Coliseo de Roma y la Gran Muralla china como la octava maravilla del mundo moderno.
Son tan importantes como los lugares sagrados, muy valiosas para la supervivencia espiritual de la civilización, y, sin embargo, están en peligro de extinción.
Cuando estaba a punto de coger un álbum de fotos, oí un fuerte trino que sonaba en el exterior. A pesar del acuerdo al que había llegado con Karl, me atreví a asomar la cabeza por la ventana y allí lo vi, silbándome con dos dedos metidos en la boca.
Abrí con cuidado la puerta de cristal que daba al jardín y entré en un museo al aire libre.
En el césped había dos docenas de marcos de fotos de diferentes formatos alineados, la mayoría con un marco delgado de roble claro y envejecido.
Y al lado había dos lienzos sin protección, tan solo con algunas piedras sosteniéndolos.
Una exposición sobre la hierba era lo que menos esperaba encontrarme.
Me quedé asombrado y la recorrí despacio de derecha a izquierda.
Eran acuarelas con colores armoniosos que se fundían entre sí, mucho blanco, azul y verde; representaciones abstractas de impresionantes árboles y campos interminables, que cambiaban con las estaciones: juncos grisáceos en el viento otoñal, una casa de paja encantadora cubierta de nieve, cielos interminables que abrían horizontes al espectador.
Muchos de los paisajes que se mostraban me parecían conocidos, también su melancólica familiaridad.
Dejé que las obras expuestas actuaran sobre mí.
—Son preciosas.
—¿Lo dices en serio? —me preguntó Karl.
—Sí —contesté—. ¿Desde cuándo pintas?
—Desde hace muchos años. Pero solo para mí. Aunque a ti me ha apetecido enseñártelo. Espero que no me tomes ahora por un fanfarrón.
—No te preocupes. ¿Y cómo llegaste a eso? —quise saber.
—Por mi madre, que era pintora de corazón.
Karl me habló de la dedicación y la paciencia con la que ella lo introdujo en la variedad de colores y le mostró cómo se podían crear universos enteros con tan solo unas pocas pinceladas, pero mucha imaginación.
Le había enseñado la diferencia entre el Romanticismo y el Renacimiento, y mientras el padre de Karl y su hermana iban a bañarse en la playa en Italia durante las vacaciones de verano, su madre y él estaban en estrechas callejuelas, peñas barrocas e impresionantes iglesias, y pintaban la Toscana aún más hermosa de lo que ya era.
Para su cumpleaños, no quería una bicicleta plateada, sino un azul más intenso.
Incluso viajaron una vez a Londres para ver una exposición del artista británico William Turner.
Entre las asombrosas imágenes de colinas y barcos, Karl descubrió su pasión por las acuarelas.
Nadie podía representar la luz con aquella diversidad con la que lo hacía Turner.
Por un boceto del artista británico del tamaño de una uña, Karl habría dado las joyas de la corona sin dudarlo.
Hasta la fecha, William Turner era para Karl el verdadero rey de Inglaterra.
Las primeras grietas aparecieron poco antes de que Karl terminara el bachillerato.
Hasta entonces, la combinación de pintar y leer había supuesto para él una fascinación inagotable.
Le resultaba sobrecogedor que con un simple lápiz o solo veintisiete letras se pudiera representar todo el mundo de los sentimientos, el éxtasis, la confusión, el alivio; que se les diera a las personas la posibilidad de comunicarse entre sí, de expresarse, de dejar que lo más íntimo saliera a la luz.
—El arte como mediador de lo indescriptible. Imagina un mundo sin creación artística. ¿Dónde encontrarían refugio nuestros corazones cuando volviera a haber tormenta?
Por eso mismo había elegido la especialidad de arte en la educación secundaria.
Prometía el máximo grado de libertad y creatividad en un mundo de reglas y cálculos.
Sin embargo, por desgracia, las clases de Karl no lo llevaron a un mayor desarrollo, sino a una escalada.
Para él, las normas, la perfección y el buen gusto eran los grandes enemigos de la creatividad.
Pero allí le exigían que pintara sus imágenes hasta el borde, las zonas en blanco estaban prohibidas.
Los bodegones debían incluir frutas y no se permitían otros objetos.
El incidente ocurrió durante una excursión a un museo cercano.
Al curso de Karl se le asignó la tarea de copiar a los antiguos maestros de la manera más fiel posible.
Pero él no quería tomar como modelo épocas pasadas, así que dibujó un cómic en estilo pop art.
La profesora se burló de la desobediencia creativa.
—Al encontrarse ante mi brillante representación como un topo ciego y barbudo, ya estaba decidido: ¡Un suspenso! Terminé la secundaria a trancas y barrancas, y el pincel se secó tras muchos años sin salir del estuche de las acuarelas.
—Me cuesta imaginarte como un rebelde adolescente —comenté sonriendo—. Pero a diferencia de mí, que nunca más toqué una raqueta de tenis, parece que tú sí retomaste la pintura en algún momento.
—Sí, pero tardé mucho —respondió Karl y se arrodilló entre los cuadros sobre el césped—.
Hay sueños que se nos escapan de las manos con el tiempo, sin que uno pueda decir exactamente cuándo, dónde y por qué se perdieron.
¿Cuántos grandes floristas, bailarines o magos estarán en los edificios de oficinas de este país soñando con escapar?
Con mucho talento, pero sin ser descubiertos.
Algo así me pasó con las acuarelas. Mis patatas eran mi medio de vida más preciado y no las cambiaría por nada del mundo.
Pero aparte de los libros, necesito el agua y la pintura para saciar el alma.
Pasaron décadas antes de que Karl diera una sola pincelada.
Pero entonces llegó el día en que bajó al sótano para sacar de una caja abandonada su viejo estuche de cuero marrón con los utensilios de pintura.
Estaba allí solito entre dos álbumes de los Beatles y un Monchhichi que había ganado en la tómbola de una feria hacía eones.
Era una de esas tardes en las que el gris de rutina competía con las desalentadoras nubes que pasaban por el cielo.
Y Karl necesitaba pintar y animarse. Encontró un trozo de lienzo junto a los rollos de papel de regalo.
¡No podría haber tenido un presente mejor!
Aunque las primeras pinceladas no fueron precisamente rectas, la técnica era rápida y familiar.
Seguía prefiriendo el azul al verde, pero había perdido la despreocupación juvenil durante los años de ausencia creativa.
Antes se dejaba inspirar por todo lo que veía o se le ocurría: una lata vacía en un carrito de la compra, una mosca en la pared, un columpio en el viento.
Ahora dudaba y no tenía apenas ideas. Mirar por encima de su hombro mientras pintaba estaba estrictamente prohibido.
Por desgracia, su madre ya no le acompañaba.
Pero por suerte Karl encontró a alguien que le ayudó a deshacer el nudo creativo en su cabeza.
Se llamaba Thea, era aún una niña y un día estaba con sus padres en la linde del bosque junto a él. Karl estaba intentando pintar un sol con la máxima discreción posible cuando la pequeña le gritó por un lado:
—¡Amarillo!
—¿Disculpa? —respondió Karl.
Thea repitió:
—¡Amarillo! —y añadió un tímido—: ¿Puedo?
Sobrepasado por su propia incertidumbre y confianza, le entregó el bloc y le dejó el campo libre.
Sin dudarlo un segundo, la cría no sumergió el pincel, sino el dedo índice derecho, en la paleta de colores y trazó un luminoso círculo en la esquina superior derecha del cuadro.
Después llevó el pulgar al color negro, se embadurnó el dedo y con él dibujó una boca sonriente sobre el amarillo.
Ni las proporciones ni el estilo ni el diseño encajaban entre sí, pero era el sol más bonito que Karl había visto en su vida.
—Cuando Thea y sus padres continuaron caminando, al cabo de unos metros se volvió hacia mí y me dijo que parecía un diente de león. En ese instante pensé que los niños y el arte son la mejor cura. El nudo se había desatado.
Mientras Karl y yo estábamos sentados en el césped, el uno frente al otro, unidos por su narración, de pronto, cada abeja que pasaba zumbando, los zapatos bajo la mesa del jardín… todo me parecía una obra en potencia para un museo.
El móvil me vibró en el bolsillo. Lo saqué de forma automática y vi en la pantalla que un compañero de trabajo intentaba comunicarse conmigo.
Allí estaba de nuevo, mi vida ajetreada.
Como un soplo frío de otro mundo. Rechacé la llamada y apagué el teléfono.
Karl sonrió y luego me preguntó con cautela:
—¿Qué relación tienes con los libros, la música y todo eso?
Habría deseado una respuesta más versátil, pero la realidad a veces es más cruda de lo que uno espera.
—Es como cuando has pasado unos días inolvidables en una islita encantadora en algún lugar del mar Mediterráneo, pero ya no puedes volver allí por falta de tiempo.
Después de leer la primera página de un libro, me quedo dormido en la cama por la noche.
Cuando tuve delante de mí a la Mona Lisa, estaba negociando un contrato por teléfono, en voz baja, en lugar de dejarme cautivar por la mujer más famosa del mundo.
Y la música a menudo interrumpe mi urgente necesidad de tranquilidad.
Por un momento dejé que lo dicho surtiera efecto, después me levanté del césped y comencé a colocar los cuadros con cuidado uno sobre el otro.
—¿Qué haces? —quiso saber Karl.
—A ti te ha ayudado el arte, a mí me va bien el movimiento. Te propongo que demos un paseo —contesté.
—Pero eso va en contra de las reglas de un domingo haciendo el vago —intentó contener mi entusiasmo repentino.
—Acabo de enterarme de que no te gustan las normas —me reí—. ¡Venga!
Se levantó despacio, se puso dos cuadros bajo el brazo y me dijo:
—Está bien, porque eres tú. Pero solo si puedo llevar el rojo más hermoso del mundo a nuestra excursión.