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Con cinco panecillos de semillas de amapola, tres cruasanes y esa sensación que no se puede cocinar ni comprar, me dirigí a la granja en la bicicleta plegable que me habían prestado.

Salí a buen ritmo desde nuestro jardín. En pantalones cortos y con una camisa que se agitaba al viento, atravesé estrechos caminos de arena y puentes de madera, y pasé junto a un campo de trigo que parecía no tener fin.

Por un instante, me vino a la cabeza Huckleberry Finn de camino a casa de su amigo Tom Sawyer.

Ningún otro libro me había conmovido tanto en mi juventud.

«Dale a cada día la oportunidad de convertirse en el mejor día de tu vida» era la frase clave.

Un patrón simple que debería haber intentado trazar de forma mucho más clara.

Al mismo tiempo, el malestar aumentaba a cada pedaleo.

Al principio pensé que era cansancio, pero entonces me di cuenta de que tenía miedo de jugarme lo que había aprendido a lo largo de los años: autoprotección y control.

Establecer límites, consolidar el propio espacio, estar alerta, en especial cuando se trata de heridas y sentimientos.

Las riendas en la mano, las cartas lo más cerca posible del cuerpo.

¿Y si me había imaginado el día anterior?

¿Y si Karl me había invitado a su casa por cortesía?

¿Y si yo le había dado más importancia que él?

En el peor de los casos, incluso le molestaría, porque al fin y al cabo era domingo.

Una persona nueva significa inspiración, otros pensamientos, perspectivas desconocidas, expansión.

Pero siempre implica también la posibilidad de rechazo, decepción, discordia, fugacidad…

Como la primera nevada que nos sorprende y cubre ligeramente las calles, pero que puede derretirse tan rápido como llegó durante la noche.

Toqué el timbre de la puerta principal.

Al cabo de un instante, Karl apareció frente a mí: descalzo, con un pijama a rayas azules y blancas, todavía sin peinar, con el pelo sin saber en qué dirección ir. Me sorprendió verlo así, pero allí estaban de nuevo sus brazos extendidos y su bondad.

—¡Qué bien, has vuelto! Tenía la esperanza de que vinieras otra vez —me envolvieron sus palabras de bienvenida—. Como ves, he elegido ya entre el campo y hacer el vago. Pero el hambre dificulta ambas cosas. ¿Has desayunado?

Le di la bolsa de la panadería.

—¡Eres un enviado del cielo! —se alegró—. Pasa. Mejor a la biblioteca. Ahora llevo el resto.

Me senté en el sofá, aliviado. «¿Por qué no puedo limitarme a desconectar una mitad del cerebro como un gorrión durante el vuelo?», dije para mis adentros. Entonces, habría dejado de lado con tímido escepticismo e infundada preocupación la posibilidad de que tal vez no les cayera bien.

Karl tenía el apetito de un león y entró con una generosa bandeja repleta de delicias.

Dos cuencos de mermelada de fresas y arándanos casera, miel del vecino, un plato con jamón recién cortado y salami con nueces y pistachos, tres trozos de queso de oveja en aceite de oliva, dos huevos pasados por agua con cebollino, mantequilla salada, un puñado de higos y café aromático.

Solo había una única incongruencia culinaria: un vaso enorme de crema de cacao y avellanas.

Lo colocó todo con cuidado en una mesa de centro y se sentó frente a mí.

—Los domingos desayunamos a lo grande y no en la cocina. Un cambio de escenario y de mentalidad. ¡Que aproveche!

—¿Johanna no desayuna con nosotros?

—Está ya montando a caballo. Yo he dormido demasiado. Lástima que no os hayáis visto.

Permanecimos en silencio lo que duraron los panecillos y luego quise saber qué quería decir con hacer el vago en domingo.

—Hace muchos años que practico ese concepto —me aclaró Karl.

Como agricultor, no tenía horario de trabajo fijo, pero siempre había algo que hacer.

No había fines de semana en los que la oficina estuviera cerrada, ni solicitudes de vacaciones que se pudieran presentar.

Pero la rutina diaria necesita una estructura, el cuerpo necesita descanso, la mente necesita variedad y una forma de vida distinta, algo que no sea agricultura.

Y como Karl estaba de un lado para otro todo el día, tampoco tenía que ir corriendo al gimnasio en su día libre.

—Solo si mis patatas me lo piden con mucha insistencia, hago una excepción y voy al campo el domingo.

Se levantó, fue al escritorio, cogió una postal que estaba apoyada en una lámpara verde, me la pasó y se limitó a decir:

—Mis palabras para el domingo.

En la foto se veía a una mujer con gafas de sol oscuras y un vestido de flores de los años sesenta, que estaba sentada de forma desenfadada en un balancín naranja, y debajo había escrito en mayúsculas: «¿Cuántas desgracias se han evitado solo por no hacer nada?».

—Un enfoque relajado —bromeé—. Y ¿cómo regulas tu propio dinamismo?

—Muy fácil —respondió Karl—, dejando a un lado el mundo exterior y bajando el ritmo.

Sin noticias, sin internet, sin teléfono, sin televisión, nada que te distraiga.

Lo que necesitas es soñar despierto, mirar por la ventana, dar una vuelta por el jardín, reflexionar, comer bien y echarte la siesta sin remordimientos.

Intenta estar solo veinte minutos sin leer nada, sin jugar a nada, sin ordenar nada ni escuchar nada.

Con el tiempo, el ser generoso y el no hacer nada hay que aprenderlo bien, te lo digo.

Es así como las cosas más maravillosas se van creando poco a poco.

—¿A qué te refieres? —quise saber.

—A componer una canción, modelar cerámica, investigar una planta rara, el nacimiento de un gran amor… Todo eso requiere tiempo. Solo quien reflexiona llega a algo realmente nuevo. La creatividad surge de la empatía y del aburrimiento. La belleza no se consigue deprisa.

Partió un cruasán en dos mitades, untó una de ellas con mucha mermelada y colocó encima un trozo de queso de cabra.

—¿Y sabes qué otra cosa me ha llamado la atención?

—continuó con la boca medio llena—. Que la gente pacífica suele ser más reflexiva.

El caos lo crean los que toman decisiones rápidas.

Una de estas empresas emergentes con sus ideas vertiginosas casi me hizo perder mi credibilidad la última Nochevieja.

La historia de Karl ocurrió el 31 de diciembre hacia las siete de la tarde.

Los preparativos para Fin de Año estaban listos, la mesa estaba puesta y la sala decorada, cuando decidió dar una última vuelta por el estanque del pueblo.

El cielo estaba despejado, aparte de Karl no había nadie en la calle, en algún momento lanzaron un cohete y la mirada se le fue al cielo.

Los fuegos artificiales no se veían, pero descubrió algo extraordinario.

En el firmamento había una llamativa serie de puntos luminosos, alineados como con regla y a intervalos regulares.

Se movían en la misma dirección y se elevaban despacio. La procesión entera duró unos minutos.

Karl insistió en que no era propenso a las teorías conspiratorias, pero nunca había visto algo así antes y no pudo evitar pensar en el ataque de ovnis de galaxias lejanas.

La brillante caravana desapareció al cabo de un rato y regresó a casa alterado.

Por supuesto, le contó a todo el mundo enseguida su experiencia.

Las reacciones fueron miradas escépticas y teorías descabelladas sobre estrellas fugaces.

De hecho, un pariente le preguntó por qué se había emborrachado tanto antes de medianoche siendo el anfitrión.

Pero Karl no quería ignorar lo que había visto y se puso a investigar al día siguiente.

Al principio no encontró nada y entonces, dos días más tarde, resolvió el enigma en la caja del supermercado.

Lo vio en un titular en la portada del periódico local: «Despliegue de platillos volantes».

En realidad, no se trataba de la invasión de los marcianos, sino de una serie de satélites de una empresa estadounidense que se había propuesto nada menos que proporcionar internet de alta velocidad a todo el mundo.

Los objetos voladores se lanzaron en lotes de sesenta unidades cada uno en un cohete común, y orbitarían la Tierra uno tras otro.

Los astrónomos se mostraban preocupados en el artículo por el aumento del tráfico aéreo en el espacio y temían colisiones como las de nuestras autopistas.

La luz solar que reflejan los satélites dificulta cada vez más a los investigadores ver las estrellas.

Se está presenciando una transformación sin precedentes, dramática y puede que irreversible del cielo nocturno.

En 2030 habrá unos setenta y cinco mil objetos voladores.

—Mientras el mundo necesita de forma urgente una desaceleración, en el cielo ponen el turbo. En mi opinión, alguien debería pulsar el botón de pausa lo antes posible —dijo Karl.

Asentí en señal de aprobación.

—La verdad es que es una pasada de historia. Pero puedo decirte por propia experiencia que bajarse del carrusel más alto, más grande y más rápido en plena marcha no es nada fácil.

—Sí, me imagino que debe de ser difícil.

Cogí la mitad del cruasán que había dejado y rebañé con ella la miel de mi plato.

—Así es, no es nada fácil. En absoluto. Pero si lo pienso bien, ya lo he conseguido antes.

Y después empecé a hablar sobre cuánto me apasionaba el tenis de niño.