25 últimos veranos 15
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Mientras me despertaba a cámara lenta, traté de recordar por qué estaba en esa tumbona, sacudí la manta y a su vez me sacudí también yo mismo.

Me dolía todo un poco, la ropa estaba incómodamente húmeda y el torbellino de pensamientos en mi cabeza se reactivó de inmediato.

Sentía remordimientos sin saber muy bien por qué.

¿Quizá por vivir mucho el día anterior y muy poco en la vida en general?

Recogí la manta y el cojín y regresé algo perdido a la casa.

Puse a cargar el móvil, me senté en una silla de la cocina y le escribí a mi mujer.

Me echaría de menos. Había pasado un día desde la última vez que habíamos hablado.

Su respuesta llegó enseguida y sus palabras me calaron: «¡Mi amado esposo!

No sé por qué dormiste en el jardín ni qué has estado haciendo, pero seguro que me lo contarás todo esta noche.

Estoy ansiosa. Hoy es mi último día en el curso.

Espero que puedas descansar un poco. ¡Te quiero! ».

Los mensajes de mi mujer eran para mí literatura universal.

Estaban pegados a la mantequera, al llavero, a la entrada del baño…

y solían decir cosas como: «Se ha acabado la leche.

¿Podrías traer dos litros? LECHE ENTERA.

¡Te quiero!». O «Estoy en el cine con Jule.

He cogido de tu cartera dinero para las palomitas.

¡Te quiero!». Hubo una nota que descubrí durante un viaje, en un hotel, cuando abrí la maleta una noche a altas horas: «Vuelve pronto.

Te echo de menos. ¡Te quiero mucho!». Eran mensajes simples del día a día, pero me hacían sentir parte de algo más grande, de una familia real.

Mi mujer y yo coincidíamos en que amar y ser amado lo es todo.

Al despedirse Karl, después de nadar en el lago por la tarde, no me había dejado una nota, pero sí una invitación. «Puedes quedarte la bicicleta todo el tiempo que quieras, pero si la traes mañana, nos vemos un rato. Es domingo. Estaré en el campo o descansando».

Tenía por delante un día sin nada programado.

Podría irme a la cama, responder más tarde los correos electrónicos acumulados y prepararme para la semana.

Sin embargo, de pronto me acordé del texto que había en el baño de Karl.

La promesa a mí mismo de valorar el presente.

Me había jurado hacía años que mi trabajo y mis obligaciones jamás me harían perder el interés por los demás.

Puse la cafetera italiana al fuego y me preparé un baño. ¿Debía llevarles panecillos a Karl y Johanna?