25 últimos veranos 14
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Cuando llegué a mi casa, me detuve frente al espejo de cuerpo entero que había en el pasillo, justo al lado del guardarropa, y me observé.

Despacio, de la cabeza a los pies, y luego me miré a los ojos en silencio y en profundidad.

Estar ante mí mismo se había convertido en un ritual cuando intentaba comprender lo que la vida tenía planeado para mí en ese momento.

Como si saliera de mi propio cuerpo, separado de los pensamientos, fijándome en la situación desde fuera.

Distanciarse de uno mismo un rato nunca lo he considerado una huida, sino un cambio de perspectiva que aporta claridad.

En casa de mis padres ya había un espejo con un gran significado para mí.

Aunque era mucho más pequeño y estaba colocado en la puerta del baño, reflejaba ni más ni menos que mis sueños y esperanzas juveniles.

Me debatía entre ser una estrella del pop o un tenista profesional, y por las tardes, después de clase, o daba un concierto o jugaba la final de Wimbledon.

Me pasaba horas cantando canciones de Queen con la música a todo volumen, disfrazado de Freddie Mercury, sosteniendo en la mano un rizador de pelo de mi madre como micrófono.

Me imaginaba a mis fans llenando estadios, aplaudiendo al ritmo de la música o moviendo de forma romántica los encendedores al son de canciones de amor.

O me ponía a imitar a mi ídolo, Boris Becker, y caía como él de rodillas después del punto decisivo, triunfante.

Había ensayado la escena hasta el más mínimo detalle, solo que bajo mis pies no estaba el césped sagrado de Wimbledon, sino las frías baldosas.

Por supuesto, me hice muy famoso, las mujeres de todo el mundo le ponían mi nombre a sus recién nacidos y querían abandonar a sus maridos por mí, pero yo por aquel entonces estaba con Julia Roberts.

Y ahí me encontraba yo, muchos años después, con la chaqueta todavía sobre los hombros, pero esta vez no se trataba tanto del delirio de grandeza de un adolescente, sino más bien del repaso de un adulto.

Esa mañana me había sentido como en un vuelo de larga distancia.

Agobiado, pálido, extenuado. Ahora, en cambio, me sentía como después de una escapada de fin de semana.

Enriquecido, emocionado por todas esas nuevas sensaciones en solo unas pocas horas, recordando con nostalgia el chiringuito de la playa al que acababa de decir adiós.

Salí del pasillo, entré sin hacer ruido a la cocina, me tomé un vaso de agua y me senté en la mesa.

En la madera aún se veía la salpicadura seca de una salsa roja y los restos de parmesano rallado, rastros de la deliciosa pasta con tomates frescos y mucho queso que habíamos comido juntos aquí la semana pasada.

Nuestro plato familiar. Cuando volvía tarde a casa, me encantaba adivinar qué habían cenado esa noche por lo que dejaban en la cocina.

Me transmitía cotidianidad, que formaba parte de algo especial.

Un cuenco sobre la encimera era como un sudoku para mi alma.

No podía acostarme sin más después de un día así.

Me acordé de que llevaba semanas pensando en dormir al aire libre bajo nuestro tilo.

En una tumbona acolchada que había comprado especialmente para eso.

Si no lo hacía en ese momento, entonces ¿cuándo?

Cogí un cojín y la manta del sofá, y abrí la puerta de la terraza. Hacía una noche agradable, no me iba a congelar. Me quité los zapatos, los calcetines y el pantalón, y me tapé bien.

«Veinticinco veranos».

Una palabra, un número; menuda magnitud. Nunca había pensado en ello de esa manera.

Todo estaba en absoluto silencio cuando cerré los ojos.