25 últimos veranos 13
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—Que pueda estar aquí sentado contigo —le dije a Karl—, que nos hayan regalado una vida nueva, es casi un milagro por el que estoy infinitamente agradecido.

Karl y yo nos levantamos y nos abrazamos sin mediar palabra.

Estaba acostumbrado al silencio en situaciones como esta.

¿Qué más se podía añadir aparte de lamentarse?

Los pocos que conocían mi historia no querían decir algo inoportuno en su consternación, pero Karl reaccionó de manera muy distinta y se me quedó mirando.

—Tú te consideras a ti mismo un hombre con miedo, pero para mí eres un héroe.

Que te hayas visto en una situación así dos veces es, por supuesto, una locura.

O el destino. O lo que sea. Pero en lugar de callarte, te has abierto, y te admiro por ello.

Nadie sale ileso de esta vida. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro —me alegré de su reacción.

—¿Has vuelto alguna vez al pueblo aquel de las montañas o a esa isla?

—Sí y no.

Hace treinta años, de manera intencionada, paré con un amigo en aquel pueblo durante un viaje por las montañas.

La escuela estaba en el mismo lugar y había niños jugando en el jardín.

Le pregunté a una monitora desde la verja si Elisabeth todavía trabajaba allí.

Pero no, se había jubilado y vivía cerca, en un piso con geranios en el balcón.

Fui a su casa y me puse a buscar su nombre en los buzones.

Y ahí estaba: E. Pichler. Hice el amago de mover la mano, pero tanto la mente como las piernas dieron marcha atrás.

No quería ninguna compensación, ninguna disculpa. Quería seguir adelante.

Me detuve un instante y entonces se me ocurrió algo.

—Lo que me ha ayudado más ha sido lo que me dijo el vendedor de una tienda de productos para animales.

—Vale, ahora siento curiosidad —dijo Karl.

—Me contó que no se debe mantener a los periquitos enjaulados durante mucho tiempo, porque se vuelven miedosos y llega un momento en el que ya no se atreven a salir de la jaula.

Karl apoyó el brazo en mi hombro y me preguntó:

—¿Qué te parece si terminamos el día como lo empezamos?

Poco después fuimos en bicicleta (a mí me la había prestado Karl) en dirección al lago, con una suave brisa vespertina de cara.

Cuando sentí el camino forestal bajo mis pies y olí el agua, comprendí la magnitud de aquel día.

Nuestras conversaciones habían sido tan especiales, tan conmovedoras, que el día entero parecía de otro mundo.

El mundo de Karl, en el que me había metido esa mañana porque se me ocurrió actuar de forma espontánea.

Y ahora estaba de nuevo con él en el lago.

Lo vi dirigirse al banco donde nos habíamos encontrado por primera vez esa mañana, desvestirse y sumergirse en el agua sin pronunciar una palabra.

Ya no hacía falta que me animara a nadar.

Me quité la ropa e hice lo mismo. Dimos en silencio una gran vuelta, buceamos un poco y nos dejamos llevar por la corriente con la vista clavada en el cielo.

Ya no recuerdo si el agua me pareció fría o caliente, pero sí sabía muy bien cuándo había sido la última vez que había nadado hasta tan tarde.

Fue en la piscina de mi ciudad natal. Nos colamos por una valla, cuatro chicas y tres chicos, poco antes de terminar el bachillerato.

Algo así se te graba en la memoria. «¡Cread recuerdos para la vejez!

», nos decía nuestro sabio profesor de alemán, y nosotros nos lo tomamos en serio.

No reanudé nuestra conversación hasta que salimos juntos del lago y vi la misma cara sonriente de por la mañana en el banco de madera en el que Karl se había sentado.

—Tus buenos deseos de hoy a primera hora se han cumplido también para mí —le dije señalándolo—. Ha sido un día maravilloso.

Esta vez fui yo quien se agachó para recoger unas piedras y unos palos con los que crear una sonrisa radiante.

—Si es doble, dura más tiempo.

Karl me miró.

—Y si me fijo en ambos, diría que nos quedan seguro aún veinticinco veranos más.