12
Salimos del jardín como dos adolescentes que habían faltado a clase por puro deseo de libertad.
Y antes de poder responder que no fue el desierto, sino las montañas y el mar los que influyeron profundamente en mi vida, me impresionó otra fuerza de la naturaleza: la máquina clasificadora de patatas de Karl.
Era de un cálido tono verde y estaba algo escondida al fondo de un cobertizo, enmarcada por una pared de ladrillo rojo a un lado y muchas cajas marrones al otro.
Más larga que ancha, con el tamiz en un marco de madera y el motor pequeño y potente.
«Qué invento más importante para este país», pensé para mis adentros.
Poca gente sabría cómo es y mucho menos cómo funciona.
Si no fuera una máquina, el presidente de Alemania debería invitarla a tomar café y pastel por su carrera profesional.
Olía a una mezcla polvorienta de tierra, suciedad y plantas.
—Después de Johanna, es la mujer más importante en mi vida —dijo Karl—.
El fabricante se llama Amazone. Es una empresa tradicional de maquinaria agrícola, y le pusieron ese nombre cuando la fundaron en referencia a los mitos y leyendas griegos, por los pueblos en los que el sexo femenino se unía a la batalla como los hombres.
La máquina es un tesoro histórico, pero políticamente hablando es más moderna que nunca.
Karl me explicó por qué siempre había tenido una mejor sensación cuando eran las mujeres, y no los hombres, quienes reordenaban el futuro.
—No hay ninguna mujer dictadora en el mundo. Eso lo dice todo —concluyó.
Mientras Karl colocaba las patatas en la cinta transportadora, reflexioné un breve instante sobre qué herramienta de trabajo me había entretenido más.
No me vino a la cabeza ninguna mujer a caballo, solo el logotipo de una manzana mordida que me acompañaba en mi teléfono móvil veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
Por la noche, incluso se iluminaba junto a mi cama.
Y si me la hubiera dejado en algún lugar, habría perdido todas mis direcciones y habría tenido que buscarme un círculo de amigos totalmente nuevo.
En cuanto a mi smartphone, ahora pensaba menos en el progreso social que en el estado del mundo.
Y mi vida emocional en él: irregular, inquieta, impulsiva.
Precipitada por las presiones interiorizadas de las que ni siquiera era consciente.
Mientras me paraba a pensar sobre la posibilidad de contarle a Karl que el aparato más importante de mi vida no era una mujer, sino una fruta peligrosa, un fuerte estruendo me devolvió a la realidad analógica. Karl había encendido el motor, lo que provocó un temblor en la mitad del cobertizo.
Karl me explicó, más gritando que hablando, la lógica de las patatas:
—Es muy sencillo: las grandes van al saco y se venden.
Las pequeñas se vuelven a plantar hasta que crecen lo suficiente.
A veces, a pesar de la gran cantidad que hay, tengo la sensación de hablar con cada una de ellas o, al menos, de tocarlas.
Casi ninguna se descarta, todas pasan por este proceso.
Buen lema, por cierto. Oye, mientras las clasifico, dime, ¿también has hecho algún viaje que te haya marcado?
No me hizo falta pensar mucho qué experiencias quería contarle a Karl, pero sí me costó encontrar la forma de empezar, y en lugar de una ligera introducción, me lancé directo a la oscuridad:
—Estábamos en un pequeño pueblo austríaco cuando Elisabeth me encerró en la habitación.
Aunque la máquina estaba en pleno funcionamiento, sin duda mi frase sacudió a Karl mucho más de lo que se movían sus patatas.
—¿Qué dices que pasó? —me preguntó con una mirada seria, y en ese mismo instante apagó la máquina.
—Lo siento, no quiero distraerte mientras trabajas. Pero no iba a hablarte de sol y playa cuando se trata de algo muy distinto que me ha tenido preocupado durante muchos años. Esta historia solo la conocen mi familia y un par de amigos —vacilé.
Karl salió de detrás de la máquina, juntó dos cajas y se limitó a decir:
—Mejor vamos a sentarnos.
Entonces me puse a contarle la primera vez que fui —a los cuatro años— con mi familia de vacaciones en invierno.
Nos alojamos en el Tirol, en un bonito hotel en la falda de la montaña, y, como a diferencia de mi hermana mayor yo nunca había esquiado, tuve que apuntarme a clases.
Durante los primeros años de mi vida estuve muy protegido por mi madre, me crie con mis abuelos y no había ido a la guardería, por lo que pisaba terreno pedagógico desconocido.
No había estado nunca bajo el cuidado de una persona extraña.
Pero como era un niño alegre y abierto, mi madre no se preocupó demasiado y me llevó a la escuela de esquí el primer día, justo después del desayuno.
Más tarde me contaron que había muchos niños de todas partes, que mi profesor se llamaba Franz, había buen ambiente y todo parecía tranquilo y bien organizado.
Estaban especializados en que los niños de los turistas extranjeros pasaran un bonito día de vacaciones en la montaña.
Después de la bienvenida y una breve introducción, todos se fueron por su lado y me quedé solo.
No recuerdo exactamente qué pasó luego. Solo lo sé por lo que me ha contado mi familia.
Antes siquiera de ponerme las botas de esquí, según le dijo Franz a mi padre, me puse a llorar a moco tendido.
Empecé sollozando y luego pasé a llamar a mi madre a pleno pulmón.
Por lo visto, no podía calmarme y, a su vez, todos los demás niños estaban impacientes por subir al telesilla.
En algún momento, Franz se fue con mi grupo y me dejó allí con Elisabeth, una monitora que atendía a los más pequeños que aún no podían subir a la montaña.
Entretanto debí de armar tal escándalo que Elisabeth no vio más opción que agarrarme y encerrarme en un cuarto.
No sabemos cuánto tiempo intentó que me tranquilizara en aquella habitación.
Solo sé que a partir de ese momento se inició mi recuerdo.
Estaba muy oscuro, tan solo entraba un poco de luz por debajo de la puerta y distinguía una escoba y un cubo.
Hasta la fecha, jamás había experimentado una sensación de pánico tan abrumadora y no se me olvidará en la vida. Se me grabó a fuego.
Más tarde me di cuenta de que me había metido en el cuarto de la limpieza.
Mi madre sigue maldiciendo aquel día. Cuando me recogieron aquella tarde, yo era otro niño.
Estaba asustado y me sentía vulnerable. Al volver a casa, de la noche a la mañana ya no podía dormir solo en mi cama.
Tenían que dejarme encendida la luz del pasillo y enchufaban una lamparita en mi cuarto para ver en caso de emergencia.
Durante toda la primaria, no me olvidé nunca de recordarle al conductor del autobús que no me dejara solo a mediodía.
El cumpleaños de mi amigo Matthias se convirtió en un fiasco cuando me quedé llorando debajo de un escritorio porque no me atrevía a decir que no quería jugar al «escondite en la oscuridad».
Por aquel entonces, no se iba al psicólogo.
No les he reprochado nada a mis padres, pero ojalá hubiera podido borrar ese día, porque se me quedó ahí para siempre, aunque con los años poco a poco fui mejorando.
Sin embargo, no podía dejar de sentir cierta ansiedad, sobre todo cuando viajaba, porque pensaba que algo malo iba a pasar.
Días antes ya empezaba a no poder funcionar por la tensión.
A menudo no disfrutaba del viaje hasta después de mirarlo en retrospectiva, desde el refugio de mi hogar.
Luego sí podía hablarles a mis amigos con ilusión de aquellos países extranjeros y aquellas ciudades fascinantes.
No obstante, hubo otro viaje en el que ocurrió algo que no solo provocó los conocidos miedos, sino que desató auténtico pánico.
Mi esposa y yo acabábamos de conocernos y me propuso ir a Tailandia en Navidad.
En nuestro primer viaje juntos, queríamos conocernos mejor y al mismo tiempo encontrar el descanso que ambos necesitábamos.
Mi mujer no sabía nada de mis miedos en ese momento.
Ignoraba que prefería estar en casa, en el sofá junto al árbol de Navidad, en lugar de frente a un plato de Tom Kha Gai.
Yo, por mi parte, quería mostrarme como un hombre de mundo, fuerte y atractivo.
¿A quién le gusta un gallina? Así que luché contra mis emociones, a nueve mil kilómetros de mi «Noche de paz».
—Era 2004, y lo que pasó entonces no hace falta que te lo explique.
Karl lo supo de inmediato:
—El tsunami por el terremoto en el océano Índico. No me digas que estuviste allí…
Mientras yo hablaba, había estado con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo, pero en ese instante levantó la cabeza y me tendió las manos en silencio.
—Era una mañana espléndida, el cielo estaba azul y el agua, en calma como una balsa, se extendía frente a nuestro bungalow en la playa.
Lo recordaba todo con tal claridad que parecía haber sido ayer.
Se me había grabado a fuego. No nos sorprendió que nos arrastrara un poco la marea cuando fuimos a nadar por la mañana.
Estábamos tomando un té antes de desayunar cuando distinguí una espuma blanca en el horizonte.
Como hijo de la costa del mar del Norte que era, le dije a mi mujer: «Mira cómo espumea el agua ahí al fondo, debe de haber un banco de arena».
Luego sucedió todo muy rápido. Un turista de la cabaña de al lado echó a correr histérico por la playa gritando a pleno pulmón en todas las direcciones: «Tsunami, tsunami, run, run!
». Como se supo después, era un profesor de geografía de París y sabía que el peligro se avecinaba.
Nosotros nunca habíamos oído el término «tsunami» y nos fuimos a la habitación a buscar en internet.
Cuando nos dirigimos a la recepción con la información amenazante, oímos que los empleados del hotel también gritaban «Big wave» y se dirigían hacia el centro del pueblo junto con otros turistas.
Sin saber muy bien qué estaba pasando, también echamos a correr, con los bañadores mojados y en chanclas.
Como era una isla muy pequeña, no tardamos en encontrarnos frente a un supermercado en medio de una multitud procedente de todas partes del mundo.
Un par de daneses nos explicaron que había unas cien personas armando un gran alboroto, todas llamando por teléfono como locas a sus países.
Una enorme ola se abalanzaba sobre el territorio, habría muchos muertos, pero de momento no se sabía nada más, tan solo que nuestra isla se había librado hasta entonces de la agitación del mar.
Nos llegaban nuevas noticias a cada minuto, poco claras, difíciles de clasificar y, en conjunto, cada vez más preocupantes.
Después de unas tres horas de caos, un anciano tailandés se subió de repente a un carrito de la compra y habló a la multitud en un inglés impecable con acento asiático.
Era el alcalde. Un desastre de proporciones épicas había azotado el país, en las próximas horas se esperaban más olas, aún más grandes, y esta vez también nos afectarían.
Había dos posibilidades: intentar remar por nuestra cuenta hasta la costa, que estaba a la vista, en uno de los barcos que había amarrados en el puerto, o buscar refugio en un bosque cercano que quedaba un poco elevado en una colina.
Fuera cual fuese nuestra decisión, solo pensábamos «Que Dios nos proteja».
Hasta ese momento había conseguido de algún modo mantenerme bajo control.
La situación era tan surrealista que no me daba cuenta del peligro en el que estábamos.
Dos días después de Navidad, cuatro días antes de fin de año, en un mundo totalmente nuevo para mí, con una mujer que en esa época ni siquiera conocía demasiado bien.
Y entonces llegó el pánico, después de más de veinticinco años, de un segundo a otro. Como si hubiera estado escondido en alguna parte de mi cerebro, detrás de una sinapsis, esperando con paciencia el momento adecuado. Mi propio cuerpo, el enemigo dentro de mí.
Cuando el alcalde bajó de su podio, me desmoroné.
Empecé a llorar, el cuerpo se me retorció como si me doliera el estómago y apenas podía hablar.
Después de años de ausencia y represión, de pronto me hallaba de nuevo en la habitación oscura.
Solo, abandonado, muerto de miedo. Mi mujer, que en ese momento no tenía idea de la historia que había precedido a mi colapso durante años, casi no pudo calmarme.
Decidió por mí y nos dirigimos al bosque con unos cincuenta veraneantes y veinte lugareños.
Todavía en bañador, esperando nuestro destino anunciado.
Pasaban las horas, escuchábamos el mar rugir amenazadoramente, y con la llegada del anochecer también llegó el frío.
Me apoyé en silencio en un árbol, con las piernas rectas por la tensión, la parte superior del cuerpo temblando, la mirada fija y sin apenas poder pronunciar una palabra.
Cuando las cosas se ponen serias de verdad, es como en el cine: participas en la película, pero no es tu historia.
Los rescatistas llegaron caídos del cielo, con chaquetas de aviador grises con parches de colores.
Fueron pilotos del ejército tailandés quienes nos envolvieron en mantas y nos aseguraron que ya no había peligro.
Por motivos inexplicables, la ola había pasado de largo por nuestra isla y podíamos regresar a nuestros bungalows.
Habíamos tenido muchísimo miedo mientras esperábamos lo peor y, al final, una suerte increíble.
Como la red telefónica había caído en todo el país, durante días no pudimos informar a nuestras familias y amigos de que estábamos vivos.
Nuestros padres se quedaron sentados en casa frente al televisor, preocupados al ver miles de muertes.
Le conté a mi mujer que Elisabeth en las montañas me había encerrado en un cuarto oscuro, el miedo que pasé y el ataque de pánico que me entró, y que había revivido aquella angustia en el paraíso. No encontramos el descanso que buscábamos, pero no podríamos habernos conocido mejor.