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—Antes de que te hable de Mohamed, tenemos que intentar llevar a Fanny adentro y clasificar las patatas —dijo Karl.

Salimos de la biblioteca, cruzamos el jardín que estaba justo detrás de la casa y entramos por una puerta lateral a un establo en el que antes debían de haber vivido animales.

No fue el olor a estiércol que parecía llevar allí años lo que me llamó la atención, sino una mezcla tenue de arrullos y gemidos que provenían de detrás de una caballeriza marrón.

Karl señaló con la cabeza en dirección a los ruidos mientras con todo su cuerpo empujaba a un lado la pesada puerta de hierro.

El suelo estaba cubierto de heno fresco, pero en lugar de un hermoso caballo de pura sangre, me esperaba una cuna para muñecas con flores y las patas cortadas.

Karl se llevó el dedo índice a los labios para indicarme que nos acercáramos al armazón de madera de la forma más silenciosa posible.

Como dos trapecistas, caminamos de puntillas y echamos un vistazo a la cuna.

Había cuatro gatitos negros y su madre. Estaban tan pegados los unos a los otros que tardé un momento en distinguirlos y contarlos.

Mi hija no habría podido contener un «¡Qué monos!

» a voz en grito. Yo, en cambio, levanté cuatro dedos sin decir nada.

Sin embargo, Karl negó con la cabeza, extendió la mano entera y susurró «Cinco» en mi dirección, mientras señalaba con el pulgar hacia la derecha.

En un rincón de la caballeriza había una caja roja y negra de Nike, junto a la cuna de juguete, ambas convertidas en una sala de maternidad para gatos en un establo del norte. Nadie podría habérselo imaginado.

—Esa es Fanny —susurró Karl mientras sacaba de la caja a la gatita que parecía tener solo unos días de vida y me la pasaba con cuidado.

Al mismo tiempo que acariciaba con suavidad al animal en mis brazos y me preguntaba por qué tenía un pelaje claro con rayas finas y no oscuro como los demás, Karl sacó un biberón con leche que estaba escondido en el heno.

Se sentó en el suelo, apoyó la espalda en la pared de madera, cruzó las piernas, volvió a coger a la gatita y le dio el biberón.

Fanny tomó un sorbo tras otro con el cuerpo protegido, los ojos cerrados, y algo de líquido le goteó de la boca sobre su suave pelaje.

Como siempre se quedaba dormida mientras bebía, darle de comer no solo requería dedicación, sino también tiempo y paciencia.

Karl permaneció «en su tranquilidad», como diría la profesora de yoga de nuestra oficina cuando intentaba en vano llevarnos de la tensión a la plena conciencia durante la pausa del almuerzo, entre sillas y escritorios.

Después de que Fanny comiera, Karl puso a la gatita dormida de nuevo en su pequeña caja de cartón.

Se detuvo un instante en la puerta del establo, cogió un lápiz que estaba en un travesaño de madera y escribió su nombre y la hora en un papel que colgaba de la pared donde había dibujada una tabla.

Como hacían los empleados de la limpieza en los espacios públicos.

—¿Qué acabas de apuntar? —le pregunté al salir.

—Pues mira, a Fanny la rechazó su madre justo después de nacer, no sé por qué —me explicó— e intentamos criarla con biberón.

Tenemos la esperanza de que su madre la acepte de nuevo en algún momento.

Nos repartimos el trabajo entre nosotros, también por la noche, y, gracias a la lista, sabemos quién la ha alimentado en qué momento.

—Cerró la puerta y suspiró—. El viejo beduino tenía otra vez razón.

—¿Qué beduino?

—Pues Mohamed, del que te quería hablar. Ven, sentémonos un momento en la hierba —propuso—. Al fin y al cabo, en el desierto no hay sillas.

Karl había viajado hacía muchos años por Israel y Jordania.

Había sido poco antes de tener que decidir si quería comprar la parcela de tierra en la que ahora estábamos sentados.

Quería deambular por el mundo una vez más sin expectativas antes de que su radio se redujera a unas cuantas hectáreas en los años siguientes.

Uno de los lugares que anhelaba, además de Jerusalén y Petra, era Wadi Rum, un desierto único de Jordania.

Como allí te perdías fácilmente, pero Johanna y Karl soñaban con caminar varios días en la inmensidad infinita, buscaron a un guía que conocía el lugar y que, después de una breve negociación, aceptó acompañarlos.

Se llamaba Mohamed y era un nómada del desierto.

Llevaba una túnica blanca hasta los tobillos con mangas anchas y un pañuelo a cuadros rojos y blancos sujeto a la cabeza con una cuerda de pelo de cabra.

No reveló su edad, pero debía de tener unos cincuenta años.

Hablaba poco, pero cuando lo hacía, era muy claro.

Los tres pasaron días inolvidables, subieron dunas y bajaron rocas, cavaron profundos agujeros en la arena para hacer fuego con palos y asar pollos a la brasa.

Por la noche, Johanna y Karl buscaban juntos su futuro en un cielo estrellado tan hermoso como si no fuera de este mundo.

Y mientras Mohamed permanecía en silencio la mayor parte del tiempo, filosofaron durante horas sobre si la granja era adecuada para ellos o no.

Llegó un momento en el que Karl se esforzó por explicarle al hijo del desierto la difícil decisión que tenían que tomar, porque quería preguntarle qué haría él en su lugar.

Mohamed lo miró como si pudiera ver el fondo de su alma y después, en vez de darles una respuesta rápida, les hizo a cuatro preguntas bien meditadas:

Primero: ¿Te da paz y amor ?

Segundo: ¿Te da alegría y energía ?

Tercero: ¿Te da libertad y autodeterminación ?

Cuarto: ¿Te da tranquilidad y estabilidad ?

—Para Mohamed, esos eran los elementos fundamentales de la vida que siempre tenía en cuenta antes de emprender un nuevo camino.

Recuerdo como si fuera ayer cuando me escabullí de la tienda de campaña bien entrada la noche para volver a repasar todos los puntos yo solo.

Y allí, en pleno desierto de Jordania, todo me quedó claro: ¡Nos quedábamos con la granja!

Sabía que Johanna ya había tomado una decisión al respecto.

Y así, esa noche, Karl eligió convertirse en su propio jefe, organizarse el día como mejor le pareciera y según lo que la situación requiriese.

Sin duda no sería una tarea fácil, eso lo tenía claro.

Pocas vacaciones, mucho trabajo duro (sobre todo, físico), pero viviría en armonía consigo mismo, con sus valores y con mucho aire fresco.

Y aunque las patatas lo limitaran en cuanto a espacio y a tiempo, siempre estaría moviéndose, tanto física como mentalmente.

—Hasta hoy, las cuatro preguntas de Mohamed son mi punto de apoyo y orientación cuando la vida me depara un cambio de rumbo —dijo Karl.

Tuve que reflexionar un rato sobre su experiencia y me quedé en silencio durante mucho tiempo.

Me costaba saber en qué criterios me había basado para tomar mis decisiones hasta ahora.

Nunca me había parado a pensar en ello. No había tenido un hilo conductor que me permitiera tejer de forma consciente lo que se acabaría convirtiendo en el patrón de mi vida.

Siempre había intentado actuar desde la situación en cuestión.

Sin un plan concreto, en constante comparación conmigo mismo, con mis amigos y con mi familia, cuyo consejo siempre había valorado mucho.

Y, probablemente, los factores externos y las expectativas de los demás jugaban un papel tan importante como la intuición propia.

Repetiría muchas de esas cosas, ya que hasta ahora la vida me ha ido bastante bien.

Pero, a pesar de todo, me hubiera gustado haber conocido antes la caja de herramientas de Mohamed.

¿Qué decisiones habría tomado si me hubiera hecho estas preguntas?

Quizá me habría ahorrado un par de cosas.

Conceptos como paz, estabilidad o libertad nunca habían desempeñado un papel importante en mis decisiones.

La seguridad, el interés, el miedo y el estatus estaban en la lista de los criterios decisivos.

Pero por alguna razón no me atreví a decirlo en voz alta.

Como si Karl me leyera el pensamiento, habló en mitad del silencio:

—Ahora suena todo demasiado fácil. No es que la seguridad financiera no fuera importante para mí.

De hecho, incluso era primordial, lo que me hizo pasar muchas noches sin dormir.

En especial cuando mis hijos eran pequeños.

Pero, al fin y al cabo, se puede decir que en la vida no existe lo correcto o lo incorrecto.

La decisión que debes tomar es ser tú mismo —dijo Karl.

—Seguro que tienes razón —estuve de acuerdo—, pero lo que aún no entiendo es qué tiene que ver Mohamed con Fanny.

—¡Ah, sí! —recordó Karl enseguida—. Durante nuestro viaje por el desierto, aprendí otra cosa de Mohamed.

Cada vez que Johanna y yo queríamos saber qué teníamos planeado para el día siguiente, qué ruta íbamos a hacer o qué cocinaríamos, Mohamed respondía con cuatro palabras: «Today, today, tomorrow, tomorrow».

Al principio, no sabía qué quería decirnos exactamente con eso, pero al cabo de unos días lo entendí: vive el presente y no te preocupes tanto por el mañana.

De todos modos, todo saldrá distinto a como lo hayas pensado.

Acepta lo que no puedes planificar. Y eso mismo ocurrió con Fanny.

Nació justo el día en el que quería ocuparme de la cosecha.

Desde entonces, soy más padre gatuno que agricultor.

Por eso no es el desierto el que te envía hoy, sino el cielo: puedes ayudarme a clasificar las patatas.

Y quizá hasta me cuentes la historia de algún viaje que te cambiara.