10
—Pues sí estabas agotado. —Karl se me quedó mirando con los ojos muy abiertos y, como un cuidador cariñoso, me entregó una taza de café recién hecho y una galleta de chocolate.
—Debo de haberme quedado dormido —respondí un poco avergonzado y me levanté despacio.
—No tienes que disculparte por nada. En muchos países, echarse la siesta con amigos es un signo de gran aprecio.
Demuestra que uno se siente cómodo y seguro —me dijo mientras se sentaba en una silla delante de mí—.
¿Te apetece contarme algo de tus padres?
Lo que habías mencionado antes —me preguntó con curiosidad.
Me quedé sentado en el sofá y empecé a hablar poco a poco mientras el café hacía su efecto.
Recordaba muy bien la conversación con mi hermana.
Habíamos quedado para cenar la semana anterior después de mucho tiempo sin vernos.
Por desgracia, no vivíamos en la misma ciudad, pero intentábamos tener contacto con frecuencia.
No tengo más hermanos y ella lo es todo para mí.
Por supuesto, llegó un momento en el que nos pusimos a hablar de nuestros padres.
Cómo les iba, qué vacaciones estaban planeando…
Lo que se suele mencionar. Al llegar al postre, de repente surgió la pregunta de si ambos conocíamos bien tanto a nuestra madre como a nuestro padre.
No recuerdo quién de los dos la formuló, pero sí me acuerdo perfectamente de que nos dejó muy descolocados que nuestra respuesta fuese un no rotundo.
¿Cómo se puede pasar por alto algo así? ¿Cómo habíamos permitido que pasara tanto tiempo sin percatarnos de algo tan importante?
No se trataba de dónde habían nacido, qué habían hecho en su vida profesional, cuáles eran sus aficiones o qué les gustaba comer.
No, nos referíamos a algo más serio. Cuáles eran sus valores y sus deseos, sus recuerdos, sus opiniones, sus secretos y sus sentimientos.
Aunque se suponía que nos conocíamos bien y estábamos muy unidos, no teníamos respuestas para muchas preguntas.
En nuestra conversación, mi hermana y yo nos dimos cuenta de que no nos interesaba nada más que saber quiénes eran de verdad.
Karl me escuchó con atención, tomó un último sorbo de su taza y dijo:
—Interesante observación.
Sin estar seguro de si nuestra tardía conclusión le parecía demasiado simple, le pregunté con cautela:
—¿Comprendes lo que pensamos mi hermana y yo?
—¿Que si lo comprendo? —repitió Karl, quien se puso derecho en la silla al decir, sin duda afectado—: Ojalá hubiera tenido esta conversación contigo hace unos años.
Mis padres ya han fallecido y me doy cuenta de que también sabía muy poco sobre ellos, de que no pasamos juntos tiempo suficiente.
Ahora es demasiado tarde para hacerles todas las preguntas que me hubiera gustado que me respondieran.
Y ya nunca volveré a tener esa oportunidad.
—Lo siento —contesté—. Pero ¿cómo habrías empezado esa conversación? Mi hermana y yo no encontramos una respuesta esa noche. Temíamos que mis padres se sintieran desconcertados si aparecíamos en su casa y les decíamos: «Nos gustaría saber un par de cosas de vosotros».
Karl se concentró mucho.
—Déjame pensar. No pude conocer mejor a mis padres en vida, pero tal vez pueda ayudaros a tu hermana y a ti a lograrlo —dijo.
Se levantó, caminó por la habitación y pasó los dedos por el estante, como si la respuesta estuviera entre aquellos libros.
Al cabo de unos minutos, se volvió a sentar y me hizo una propuesta—.
¿Qué te parece si cogemos papel y lápiz y anotamos todas las preguntas que tienes sobre tus padres?
De mis libros he aprendido que, a menudo, escribir facilita profundizar y expresarse.
—Sí, buena idea. Pero ¿qué haremos después? —quise saber.
—Apuntad tu hermana y tú todas las preguntas que se os ocurran en un cuaderno o en un libro decorado con cariño para regalárselo a vuestros padres por su cumpleaños, por ejemplo, o por Navidad.
Solo las preguntas. Solo eso. A ser posible con mucho espacio para escribir.
El gran libro de las preguntas familiares, por así decirlo.
Es probable que el mismo regalo os lleve a una conversación, por lo especial que es, y me sorprendería que no los conmoviera.
Sonaba bien y asentí despacio.
—¿Empezamos ya? —soltó Karl de repente.
Y aunque yo todavía tenía mis dudas, murmuré «Si quieres» mientras Karl ya había sacado papel y lápiz.
Si se pudiera jugar al pimpón con las palabras, Karl y yo habríamos montado una mesa allí mismo.
Una vez él, una vez yo. Nos reíamos a carcajadas y reflexionábamos en voz baja.
Cada pregunta tenía su justificación, le respondí a unas cuantas y ningún tema quedó fuera.
Y siempre intentábamos no traspasar la delgada línea entre la curiosidad y la intimidad.
Después de tres cuartos de hora, habíamos reunido más de cincuenta preguntas.
—Tengo que enviárselo a mi hermana ahora mismo —exclamé, emocionado.
—Seguro que será una bonita sorpresa —se alegró Karl.
—Me queda una pregunta —me acordé—. ¿Quién es Mohamed?