9
Consciente de que no tenía sueños y de que no estaba acostumbrado a descansar, salí con Karl de la cocina perdido en mis pensamientos, más preocupado por digerir las conversaciones que la comida.
Caminamos en silencio por el pasillo hasta que él se detuvo, al cabo de pocos metros, ante una vieja puerta de madera blanca.
La pintura se había levantado un poco, estaba agrietada, y el tirador, desgastado, revelaba el constante vaivén de la vida.
Karl me miró como si fuera Alí Babá y susurró con tono misterioso:
—Detrás se encuentra mi cámara del tesoro.
Como si no hubiera experimentado ya en las últimas horas más cosas enigmáticas que en los últimos meses, entramos en la habitación.
Si me hubieran llevado con los ojos vendados y me hubieran preguntado quién vivía allí al abrirlos, habría respondido: «El premio nobel de literatura en persona».
Hoy en día no sabría decir cuántos libros, cuadernos y escritos llenaban la habitación.
¿Mil? ¿Tal vez dos mil? Estaban tumbados, de pie o apoyados por todas partes.
En los estantes de aluminio que llegaban hasta el techo, en los alféizares, en las mesitas auxiliares barrocas y en las sillas tambaleantes, en montones en el suelo y en el escritorio grande al fondo a la derecha.
Entre ellos había artículos de periódico arrancados, revistas ligeramente amarillentas y un batiburrillo indefinible de hojas sueltas.
Al igual que al entrar en una iglesia o en un bosque, me sentí de repente humilde y reverente.
—No tengo palabras —le susurré a Karl.
—Da igual, aquí hablan los libros —me respondió.
Y después añadió con modestia—: Yo soy un campesino, pero también tengo mis reflexiones e intento ser permeable a los sentimientos de mi entorno.
Johanna es la mujer con la que puedo robar estrellas todos los días, porque la patata me garantiza un buen sustento.
Y este es mi intento de entender un poco mejor el mundo.
Los libros son para mí los mejores terapeutas.
Las palabras pueden consolar, las frases pueden dar esperanza.
De repente, sentí la necesidad de formular con palabras una emoción.
—No entiendo nada —dije—. Hoy a primera hora, éramos el uno para el otro una hoja en blanco. Luego, nos hemos bañado juntos en el lago, hemos visitado tus tierras y hemos comido con tu mujer. Y ahora estamos aquí entre todos tus libros, tan a gusto, como si nos conociéramos de toda la vida.
Karl me miró con atención y luego me respondió con su habitual estilo cálido:
—En realidad, es bastante normal. Un extraño solo se convierte en un amigo cuando mostramos un interés sincero y escuchamos sin juzgar.
Al sentirse alguien comprendido, se mueven muchas cosas.
Para mí, la vida vale la pena cuando uno se pone en el lugar de otra persona e intenta establecer una conexión. Lo mejor siempre es el otro.
Traté de recordar cuándo me había abierto de esa manera a otra persona por última vez y solo me vino a la cabeza esa mañana en el lago.
Para mí no era nada fácil confiar de ese modo, mostrarme tan vulnerable.
Y respecto a que lo mejor siempre es el otro, bueno, había tenido otras experiencias en mi día a día, pero sabía que esa relación que habíamos establecido era valiosa.
—¿Cómo es que eres tan abierto? —le pregunté—. Probablemente a mí ni siquiera se me habría ocurrido invitarte a tomar café por la mañana.
Karl no tardó en responder:
—Tal vez sea cuestión de práctica, por las experiencias que se van acumulando. Cuanto más te atreves, más notas lo bien que te sienta. Y, también, siempre saco un poco de provecho de las personas que aparecen en los libros que leo. Con ellas he recorrido muchos caminos.
Se levantó y cerró las ventanas.
—Por algo se le llama a este momento «la hora de la siesta» —dijo recostándose en uno de los dos sofás que se encontraban en medio de la habitación, uno enfrente del otro.
Se envolvió las piernas en una manta de lana marrón y se colocó un cojín verde debajo de la cabeza—.
¡A pesar de relacionarme con el mundo, estar un rato no disponible es maravilloso!
Te recomiendo que lo pruebes. Coge un libro o túmbate en el sofá, como prefieras.
Miré sin dar crédito cómo se preparaba. Por lo visto, se iba a poner a dormir allí mismo.
Y tenía en mente que yo hiciera lo mismo que él en el sofá de enfrente.
En casa, habría vencido el cansancio que empezaba a surgir con una mezcla de mala conciencia y mucha cafeína.
En cambio, allí decidí relajarme y dejar los libros en el estante.
Me quité los zapatos antes de tenderme a lo largo, un poco tenso.
—Ponte cómodo —me dijo Karl mientras bostezaba—. Pero antes te quiero preguntar una cosa y luego ya te dejo en paz: ¿Qué te ha removido algo por dentro en los últimos días?
—¿Por qué me preguntas eso? —quise saber.
—Durante el fin de semana, siempre intento asimilar cómo me ha ido de lunes a viernes para crear un orden interno —me explicó.
Revisé mentalmente los últimos días y luego me acordé de la conversación que había mantenido con mi hermana el miércoles por la noche sobre mi madre y mi padre.
—He estado preocupado por mis padres —respondí—. ¿Y tú?
—Por Mohamed —murmuró, se puso de lado, cerró los ojos y se quedó dormido al instante.
Estaba allí tumbado, con aquella cara agradable y contenta, la respiración regular y una mano extendida como si incluso en sueños quisiera seguir conectado conmigo.
Una paloma de la paz con cabello ondulado y gris.
Y antes de que pudiera terminar de pensar que nunca alcanzaría esa serenidad y bondad, me quedé dormido.