8
Regresamos a la granja como dos perros callejeros que no anhelan volver a casa, sino que los impulsa el apetito, pero en lugar de aparcar el tractor en el granero, Karl lo dejó en la entrada sin previo aviso, enrolló la lona de plástico de la cabina del conductor y gritó con voz potente:
—¡Oda! ¡Oda!
Tras un breve instante, una niña rubia de unos diez años salió corriendo de la casa.
—Es mi nieta —me informó Karl—. Quédate sentado, ella se ocupa ahora de esto.
Como dos experimentados capitanes de avión que cambian de asiento de forma rutinaria después de aterrizar, Karl bajó y Oda subió a mi lado, sin apagar el motor.
Me saludó con un tímido «hola», después se sentó al volante —demasiado grande para la pequeña— y estiró todo el cuerpo de tal manera que los pies apenas rozaban los pedales.
Con toda su fuerza, empujó la palanca de cambio hacia delante, puso la primera marcha y arrancó con una ligera sacudida.
Fue entonces cuando me di cuenta de que acababa de secuestrarme una niña.
Oda dio un gran giro, luego se detuvo de golpe y, sin previo aviso, puso la marcha atrás.
No había rastro de Karl por ninguna parte.
Su nieta echó un vistazo en todas las direcciones y fue hacia el granero.
Mientras intentaba, nervioso, secarme las manos sudorosas en el pantalón, Oda ni siquiera se dio la vuelta.
Su mirada concentrada iba a derecha e izquierda entre los dos espejos retrovisores al tiempo que nos acercábamos metro a metro al cobertizo de madera marrón.
Se detuvo justo delante de la puerta, miró hacia atrás, pensativa, me miró a mí con complicidad, y después nos paramos con confianza y precisión entre una carretilla y dos bidones de gasolina.
Si aquella situación se hubiera dado en el programa ¿Qué apostamos? , habría ganado.
—¡Bravo!
Karl de repente apareció por el lateral aplaudiendo, levantó los brazos y sacó a su nieta de la cabina.
Ambos caminaron de la mano hacia la casa, luego se detuvieron y desde lejos vi cómo Karl sacaba algo negro de su bolsillo y se lo entregaba a Oda.
La niña le dio las gracias con un beso en la mejilla y se fue alegremente.
Mientras bajaba del vehículo, me invadió la curiosidad y me pregunté qué habría sido aquella misteriosa entrega.
—¿Qué le has dado? —le dije a Karl.
—Regaliz —me respondió—. Veo a muchos adultos siempre pendientes de sus hijos, quieren controlarlo todo y enseguida intervienen cuando hay una pequeña amenaza.
La protección está bien, pero nunca he creído en la vigilancia como método educativo.
Y por eso el premio gordo que le he dado.
Les pongo a los niños tareas que deben hacer solos, de forma independiente, con todo el apoyo y la confianza.
Cuido de los pequeños, pero dejo que ellos lo hagan.
Más adelante en la vida, también tendrán que valerse por sí mismos.
Y, como recompensa, tienen golosinas. ¡Funciona de maravilla!
Me quedé boquiabierto mientras procesaba mentalmente el aventurado aparcamiento. Y en mí se despertó una necesidad.
—Oye, Karl, me gustaría llamar a casa un momento.
—¡Claro! Mientras tanto voy a preparar algo bueno para comer.
Me rugieron las tripas como si lo hubieran oído y ambos nos reímos.
Caminamos por la granja hacia la casa, me senté en un banco junto a la puerta de entrada y marqué el número de teléfono de mi mujer.
Para mi alegría, lo cogió enseguida y le conté con la voz algo entrecortada lo que había experimentado ese día.
Al principio, me dio la impresión de que no me creía del todo, que pensaba que otra vez estaba exagerando, pero conforme pasaban los minutos, escuchaba con más curiosidad y expectación.
Cuando colgué, me dirigí a la cocina. Había vapor y burbujeo, y olía a una mezcla mágica de aceite de oliva, hierbas y especias que hervía y silbaba. Alguien me tendió la mano entre la niebla.
—Hola, soy Johanna. ¿Puedes abrir, por favor, la ventana para que así podamos vernos? Cuando Karl cocina, siempre se forma mucho vapor por aquí.
Poco a poco se fue aclarando la vista y apareció la esposa de Karl delante de mí.
No pude evitar pensar en Heidi, la heroína de los libros de mi infancia.
Quizá fueron sus mejillas coloradas, sus ojos risueños y su encanto natural.
Una mujer como un prado de flores, fresca, floreciente y alegre.
Me llegó al corazón al segundo. Llevaba un vestido camisero azul, con los tres botones superiores desabrochados, y una cinta de pana naranja le recogía con maestría el pelo castaño, canoso y ondulado.
En los pies, unos zuecos marrones que podrían contar medio siglo de vida en la granja.
Y, como si la visita espontánea fuera tan habitual como un autobús de línea que pasa con frecuencia, dijo:
—¡Qué bien que hayas venido! Así pones conmigo la mesa.
—La comida estará lista en dos minutos —anunció Karl desde los fogones.
Johanna extendió con destreza un mantel a cuadros blancos y rojos, y me pasó los platos y los cubiertos mientras Karl colocaba la comida en unos cuencos sobre la larga mesa de madera.
Ante mis ojos hambrientos se abrió el cielo de la comida casera: había hamburguesas alemanas acompañadas de patatas asadas, queso fresco con hierbas, una ensalada mixta con queso de oveja y una hortaliza naranja a la que llamaban «la zanahoria de la felicidad» y que, según describía Karl, era una composición de zanahorias ralladas, cebolla, aceite de oliva, mucho curry y una generosa cantidad de crema agria que había salteado durante un ratito en una gran sartén.
—Nuestros hijos le pusieron ese nombre al plato porque las zanahorias saben tan bien que uno no puede evitar sonreír mientras las come —me explicó Johanna, contenta, y antes de que yo pudiera decir «No, por favor», Karl ya me había servido un vaso de vino tinto hasta el borde.
No sé si fue por nadar esa mañana, por la gran cantidad de aire fresco o por la maravillosa comida en sí, pero no recordaba cuándo había comido con tanto apetito y, sobre todo, tan a gusto. Sin mencionar que a mediodía se puede disfrutar de una copa de vino con más alegría, como un vividor.
Para mí también la alimentación se había convertido en una religión en los últimos años: copos de avena con leche de almendras para desayunar; ensalada con quinoa para el almuerzo; entre horas, como mucho, frutos secos o una manzana; y por la noche preferiblemente verduras y pescado.
El menú de las supuestas personas modernas: buena salud en lugar de disfrute, control en lugar de calorías.
El cuerpo como una preciada pieza de exposición en un museo construido por uno mismo.
Para rematar, tenía una lista de flexiones que había creado en el móvil y que seguía de manera estricta para cortar de raíz cualquier exceso culinario: harina blanca, 25 flexiones; carne, 50; alcohol, 75; azúcar, 100.
Y aunque la comida de ese día había obtenido la máxima puntuación, pregunté si podía servirme una tercera hamburguesa y, por qué no, una cuarta.
Johanna y Karl se alegraron y se asombraron por mi pregunta a partes iguales.
—Hacía mucho tiempo que no cocinábamos así —dijo Johanna—. Nuestros invitados de la ciudad, por decirlo con tacto, casi siempre son un poco «complicados» a la hora de comer.
—¡No te lo vas a creer! —exclamó Karl—. Hace poco estuvo aquí la madre de un niño que monta a caballo y se negó a comer la insuperable pasta al pesto casero de Johanna, porque acababa de hacer Slow Car o algo así.
—Low Carb —le corrigió Johanna con una sonrisa—. Es cuando se consume la menor cantidad de carbohidratos posible.
Y luego añadió, negando con la cabeza, que los términos «flexitariano» y «estevia» ya formaban parte del vocabulario básico de los niños y niñas de cuatro años, como antes el queso, el cacao o la carne. Me quedé en silencio por prudencia y me sentí aliviado cuando Karl anunció el postre.
Se levantó, cogió unas manzanas que estaban en una caja de madera en el suelo junto a los fogones, las peló con esmero, les quitó el corazón y las partió en trozos alargados.
Después calentó mantequilla en una sartén, le añadió miel, caramelizó todo y removió las rodajas de manzana cuidadosamente hasta que se doraron.
Para terminar, espolvoreó todo con canela, colocó las rodajas de forma bonita en una fuente grande, sacó de la nevera un yogur griego con al menos un diez por ciento de grasa y vertió una cucharada generosa por todas partes.
Luego puso la cafetera al fuego. Muchos «Mmm, qué rico» más tarde, estábamos todos contentos allí sentados frente a unos platos en los que no quedaban ni las migas.
Me recosté en la silla y me fijé en un maletín junto a la puerta de la cocina. Karl siguió mi mirada.
—Está ahí desde hace días. ¡Johanna se va a Islandia la semana que viene!
La mujer comenzó a hablar como una niña que se preparaba para su primer viaje de estudios.
Nos contó que el mayor sueño de su vida era montar a caballo en la isla volcánica del extremo norte.
A lomos de un equino islandés, durante diez días, con viento y lluvia, pernoctando en cabañas y con solo un guía, dos amigas y aquellas extensiones casi interminables.
Había ahorrado durante cinco años para esa aventura, depositando cada euro que podía en una cuenta bancaria especial y renunciando a todo lo que para ella significaba un gasto sin sentido.
—¿Para qué necesito comprarme otros vaqueros si en unos días voy a estar bañándome en aguas termales?
—dijo Johanna—. Además, he aprendido a apreciar de nuevo lo valiosos que son los deseos que no se pueden cumplir de inmediato.
Se tienen que entrenar la paciencia, la austeridad y la privación como si se tratara de un músculo que no se ha ejercitado durante mucho tiempo, precisamente en un mundo en el que todo parece estar siempre disponible en el acto.
Karl resumió con un orgullo evidente lo de su mujer:
—¿No es bonito tener todavía sueños?
Nos levantamos, contentos y saciados, y recogimos los platos, pero Karl se detuvo de nuevo y, mientras los colocaba en el lavavajillas, me hizo una pregunta que me catapultó de vuelta a mi silla:
—¿Cuál es tu mayor sueño?
Para ganar un poco de tiempo, repetí su pregunta en voz alta y añadí:
—Necesito pensarlo un momento.
Mientras la cocina estaba cada vez más ordenada, yo experimentaba un caos mental.
Busqué en mi cabeza una respuesta adecuada, como cuando uno busca un lápiz en un cajón grande entre miles de papeles y de notas.
Lo que me asustó no fue lo que se me ocurrió, sino lo que no se me ocurrió.
No tenía respuesta para la pregunta de Karl.
No había ningún país a la vista que deseara visitar, como Johanna.
Ningún instrumento musical que me muriera por aprender a tocar.
Nada material que pudiera mejorar mi vida.
Y que mi familia tuviera buena salud y que mis amistades perduraran no era un sueño, sino un deseo.
Fuera por el motivo que fuera, me había acostumbrado a no soñar.
Karl me sacó de mi mutismo:
—Es una pregunta muy difícil. Dejémosla para otro rato. A lo mejor te viene la respuesta mientras duermes. Es hora de la siesta diaria.
—¿Dormir a plena luz del día? —Hice un gesto negativo con la mano—. No lo he podido hacer nunca.