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Poco después estaba sentado al lado de Karl en su tractor, que, tras un primer vistazo, parecía más adecuado para un museo de historia que para la carretera, y salimos de la granja petardeando.

Él al volante, yo a su izquierda en el asiento del copiloto, con un cojín amarillo desgastado de Hello Kitty debajo de mí.

—¡Ahora vamos a hacer trabajo de campo! —gritó Karl alegremente entre el traqueteo y las sacudidas del motor.

Pensé que las cosas pueden ser muy simples y miré a Karl, que conducía su tractor como Lucas el maquinista. Le tenía un poco de envidia. Para mí era algo emocionante, para él, algo cotidiano.

Fue por calles grandes y pequeñas antes de que, al cabo de un rato, nos desviáramos a la izquierda por un camino forestal y el intermitente parpadease a lo loco más que brillar de forma acompasada.

Seguimos avanzando, contentos, cuando de pronto Karl quitó el pie del acelerador y nos detuvimos frente a una casita blanca con techo de paja que estaba un poco escondida detrás de un seto.

—Dame cinco minutos y enseguida continuamos —me dijo, y se levantó del asiento del conductor.

Cruzó por la hierba alta a grandes zancadas, sacó una navaja del bolsillo delantero del pantalón, cortó con cuidado unas flores silvestres y ató los tallos hábilmente con una brizna de hierba.

Era un ramo tan hermoso y sencillo que no se podría comprar ni con todo el dinero del mundo en Nueva York o Londres.

Luego fue directo a la puerta de la casa, se puso erguido de un modo que llamaba la atención, se pasó las dos manos por el pelo y tocó el timbre.

Al cabo de un rato, una mujer mayor abrió la puerta, con un rostro elegante, el cabello gris recogido hacia atrás en una trenza, un delantal encima de un vistoso vestido cruzado y un cucharón de madera en la mano.

Un breve intercambio, dos rostros radiantes y un respetuoso abrazo de despedida.

—Perdona —se disculpó Karl mientras volvía a subirse a la cabina del conductor—.

Era Hilde, la conozco desde hace siglos.

Antes siempre tenía una cola de admiradores esperándola, y hoy cumple ochenta y seis años.

—Y, mientras volvía a arrancar el motor, añadió—: Cuando era boy scout, aprendí que hay que hacer una buena acción al día.

—Continuamos traqueteando campo a través y detrás de un bosque de abedules volvió a despejarse la vista—.

Ya hemos llegado —dijo Karl al sacar la llave del contacto, y enseguida el ruido se convirtió en silencio.

Frente a nosotros había un campo estrecho, de unos quinientos metros de largo y cuarenta de ancho, bordeado por setos y arbustos en flor.

No era un terreno que se extendiera hasta donde alcanzaba la vista, más bien una elegante alfombra en el amplio pasillo de una casa.

Cientos de verdes plantas de patata asomaban de la tierra, bien ordenadas en hileras, y una corneja andaba por allí sola como un árbitro en medio del campo de juego.

—Esta es mi tierra prometida —dijo Karl—. Aquí juego a ser Dios.

Caminamos con cuidado por el campo como si fuera un lugar sagrado y, después de una larga pausa, comenzó a hablar con un tono de voz que parecía referirse a un gran amor más que a una planta autóctona.

—La patata y yo nos conocimos hace más de treinta años. En realidad, fue por azar, en un seminario sobre plantas solanáceas durante mis estudios.

Y, así como los músicos quieren saber todo sobre el sonido de las notas o los estudiantes de medicina, todo sobre el latido del corazón, Karl no pudo dejar de pensar en la patata.

Se agachó, apoyado sobre la rodilla derecha, escarbó con ambas manos en el suelo con fuerza, sacudió como un arqueólogo la tierra y la suciedad de un tubérculo del tamaño de una piedra con forma alargada y ovalada, y levantó el brazo en el aire:

—¡Te presento a la primera patata temprana del año!

Me entregó su hallazgo polvoriento como un minero que, tras varios días, por fin encuentra un trozo de oro.

Admiré la patata por todos los lados y luego le pregunté:

—¿Y nunca has cultivado otra cosa en todos estos años? ¿Lechuga, verduras o algo por el estilo?

—No, ni una sola vez. Solo cambio de campo —respondió Karl—.

¿Sabes? La granja es como la vida. Existen infinitas posibilidades.

Puedes criar vacas, cultivar fruta o vender paja.

Lo que sea. Cada persona te da un consejo diferente, todo el mundo tiene una idea para ti y todo suena al principio bien, lógico y con buena intención.

Y la frase de no poner todos los huevos en una misma cesta aquí es muy acertada.

En definitiva, uno debe decidir por sí mismo.

En algún momento supe que no quería exigirme demasiado, que debía concentrarme en lo esencial, en una cosa que de verdad me interesara, que me hiciera feliz y que yo entendiera.

Algo que no estuviera sujeto a las modas pasajeras, que no se quisiera hoy y se olvidara mañana, y con lo que pudiera vivir modestamente, pero con seguridad.

Pues bien, así fue como llegué a la patata.

—¿Y no te ha parecido poco en todos estos años?

Karl no relativizó ni edulcoró su respuesta, como acostumbraba a hacerse en mi mundo, donde siempre estaba la carrera de los modelos de vida emocionantes y la comparación de biografías.

Una vez estuve en una cocina en una fiesta de cumpleaños y entablé una conversación con otro invitado que aún no conocía. Un breve «Hola, encantado de conocerte» y luego el hombre de la tabla de quesos me llevó sin más preámbulo a una entrevista de trabajo:

—Soy apoderado en una empresa de logística. ¿A qué te dedicas tú? —quiso saber de mí desde el primer minuto.

Como acababa de terminar un trabajo para reorientarme, respondí con sinceridad:

—La verdad es que a nada. Estoy mirando a ver qué hago.

Jamás olvidaré su reacción. Cruzamos dos frases más y después se marchó.

—¿Sabes? No soy una persona a la que le guste competir y mucho menos ser el centro de atención —explicó Karl con sinceridad—.

Trabajar con frecuencia, en paz y al aire libre me ha dado tranquilidad, claridad y fuerza.

Saber cuál es mi tarea, cuál es mi futuro y cuál es mi hogar.

Para mí, las cosas van bien cuando arriba está el cielo y abajo, el campo.

¡Menuda frase! ¿En qué punto me encontraba entre el cielo y el campo? Mientras que Karl parecía muy arraigado a la tierra, yo muchas veces me sentía como si me acabaran de arrancar del suelo.

Seguimos recorriendo juntos su terreno, nos deteníamos aquí, cavábamos allá, y Karl me contaba todo lo que, en su opinión, debía saber sobre las patatas: que les gustaba solidarizarse con el rábano picante; que el tomate era su tío, pero que la batata ni siquiera era una hermanastra; y por qué su origen no se encuentra en Potsdam con el Viejo Fritz, sino en los Andes con los incas.

Que cada año producía unas 77000 plantas en su terreno, que daban 770770 patatas.

Y que el ritual más importante de Karl tenía lugar en su cumpleaños, el 30 de abril.

Después de soplar las velas de la tarta, se dirigía solo al campo, recorría una fila tras otra y le hablaba a cada mata con cariño, pero con exigencia.

Les decía que ese año tampoco podían dejarlo colgado, que debían vencer a los hongos y a las malas hierbas en la lucha desinteresada de planta contra planta en el campo.

Que, aunque con gran pesar tuviera que venderlas poco después de nacer, las quería mucho.

—La negociación de los salarios y la reunión anual con los empleados, por así decirlo —Karl me guiñó el ojo y terminó la ruta didáctica con la siguiente invitación—. Bueno, ha sido mucha información para el primer día de clase. Tengo un hambre canina.