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Aquella mañana perdí el sentido del espacio y del tiempo.
Hablamos. Callamos. Era un silencio que no era incómodo.
Todo lo contrario. Simplemente estaba allí sentado, con un café en la mano.
El sol brillaba y una brisa cálida entraba por la ventana abierta.
En algún lugar cantaba un gallo y a lo lejos oí las campanas de la iglesia.
Me sobresalté un poco cuando miré el reloj que colgaba sobre la puerta de la cocina: era casi la una del mediodía.
Debía de hacer una eternidad que no pasaba tanto tiempo sin mirar el teléfono, que no estaba tan presente en el aquí y el ahora.
Por lo general, siempre tenía algo que hacer, era más bien inquieto, impaciente, mis pensamientos siempre estaban preparados para cambiar de dirección de un segundo a otro.
Y aunque en el campeonato mundial de engañarse a sí mismo sin calentamiento previo habría ocupado uno de los primeros puestos, admití sin rodeos que era adicto al móvil.
Un sms aquí, un correo electrónico allá…
Incluso mientras removía la salsa de tomate con una mano, sostenía con la otra el teléfono para leer algo deprisa mientras tanto.
Notaba que no me sentaba bien.
Sabía que no haría nada al respecto.
Una noche con unos amigos me quedó claro una vez más y dudo que lo olvide fácilmente.
Habíamos quedado en un restaurante y poco después de sentarnos, alguien del grupo propuso que silenciáramos los móviles y los dejáramos apilados a un lado de la mesa.
Queríamos comer como antes, sin distracciones, relajados, concentrados los unos en los otros.
Se oyeron murmullos del tipo «Qué buena idea, pero mi hija quería que…
», «¿Y si lo hacemos más tarde…?», etcétera, pero al final todos accedimos.
Fue una noche terrible. No solo para mí, sino para todos, como admitimos con franqueza cuando trajeron la cuenta.
Habríamos pagado una ronda en el bar por un breve vistazo al teléfono, habríamos lavado los platos de la cocina para ver qué nos estábamos perdiendo.
Sin embargo, esa mañana estaba siendo la tranquilidad en persona, desde el momento en que había conocido a Karl hasta el último bocado que le di al pastel de mantequilla.
El carácter equilibrado de aquel hombre, esa forma tan ilustrativa de narrar, sus pausas largas y bien meditadas entre las frases y la hospitalidad que me había ofrecido sin esperar nada a cambio me habían hecho centrarme en ese instante.
Todo eso me había ido muy bien. La última vez que me había sentido tan relajado debió de ser semanas atrás, en un prado, cuando me quedé dormido en el regazo de mi esposa.
Y, aun así, me oí decir, como si fuera un acto reflejo, desde el mundo de los plazos:
—¡Ay, ya es mediodía! Tengo que irme.
Aquella fue la segunda vez esa mañana en la que nuestros caminos se habrían separado para siempre, después de nuestro primer encuentro en el lago y la invitación espontánea de Karl a tomar un café.
Me habría ido, habría bajado la ventanilla del coche y habría gritado un «adiós», con la cabeza ya en otro lugar.
Si le hubiera contado más tarde a mi familia el extraordinario comienzo de aquel día, quizá también me habría vuelto a acordar a la semana siguiente, entre obligación y obligación.
Un niño habría exclamado tras esas pocas pero intensas horas: «¡Karl es mi mejor amigo!
Mañana quiero ir otra vez a jugar con él».
Emocionado, sin prejuicios, con el corazón bien abierto.
Pero, como muchos otros, yo tampoco sé cuándo tiré por la borda esa curiosidad infantil hacia otra persona al convertirme en adulto.
—¿Sabes lo que leí hace poco en el periódico y me pareció interesante? —preguntó Karl, y dio la respuesta de inmediato.
Me contó que unos científicos habían pedido a unos sujetos que cerraran los ojos y pensaran en una persona a la que apreciaran, pero a quien no hubieran visto desde hacía mucho.
Después debían preguntarse cuánto tiempo pasaban con esa persona al año.
Si durante cuarenta años quedaran una vez a la semana una hora para tomar café, al final serían ochenta y siete días juntos.
Si lo hicieran solo una vez al mes, en total serían veinte, y si fuera una vez al año, sumarían dos días.
Los investigadores compararon esa cifra con otra: según ellos, el alemán pasa una media de diez horas diarias delante del ordenador, el teléfono móvil o la televisión. En cuarenta años, eso da un total de dieciocho años.
—Muchísimo más tiempo del que se suele pasar con un ser querido —dijo Karl, y dejó aquel estudio en el aire sin hacer más comentarios.
Por supuesto, yo sabía lo que quería decirme en el fondo. Su mensaje estaba envuelto con mucho cuidado, pero al mismo tiempo era encantador y desafiante. Karl me sonrió con ternura.
—Ven, voy a enseñarte mi campo de patatas.